La monarquía. Si no fuera
español, yo no sería monárquico. La monarquía es una forma de Estado irracional, porque no es racional que el sustituto del titular de un cargo
público sea su hijo, ya se trate de la máxima magistratura de la nación o del
bedel de un colegio de enseñanza primaria.
Un país sano necesita que algunas
de sus instituciones sean neutrales: la jefatura del Estado, la justicia, el
banco central y los demás reguladores, la universidad y la escuela, el tribunal
de cuentas, etc.
Los casi 50 años de democracia me
han convencido de que España padece una incapacidad esencial para dotarse y
mantener en el tiempo instituciones neutrales. El mes pasado, el gobierno desnaturalizó
la última institución en la que todavía no había podido meter sus sucias manos.
Tras el cese de su presidenta por haber finalizado su mandato y el nombramiento de una paniaguada
como sustituta, la Agencia Independiente de Responsabilidad Fiscal (AIREF) ha
dejado de ser una institución independiente, pasando a ser controlada por el
gobierno.
En este escenario, la jefatura
del Estado es la única institución que permanece neutral. Y, si es neutral, es
porque nuestra forma de Estado es la monarquía. Yo no sé quién sería el jefe
del Estado si España fuera una república, aunque me temo lo peor. Pero, de lo
que sí estoy seguro es de que el nombramiento del presidente de la república
sería el resultado de un cambalache político, como los que dan lugar al nombramiento
de los jueces, y de que, en consecuencia, no sería neutral.
Por eso, a regañadientes y con
cierta rabia, digo que, porque soy español, soy monárquico.
El Rey Juan Carlos. Que ha
sido uno de los principales artífices de los 50 años más brillantes de la
historia contemporánea de España es algo que solo lo niegan hoy quienes no
quieren que España siga existiendo o quienes no saben siquiera lo que es
España.
Es verdad que ha tenido una
conducta fiscal muy poco edificante. Pero, en su descargo habría que decir que
los sucesivos gobiernos de la nación han tolerado dicha conducta y son, por
tanto, corresponsables.
Que yo sea monárquico no quiere
decir que profese un respeto ciego a los reyes. Son cargos públicos obligados a
una conducta ciudadana intachable. El rey no puede injuriar a un ciudadano ni
causarle lesiones, ni puede robar y, por el mismo motivo, no puede defraudar al
fisco y todo indica que el rey emérito ha hecho esto último y se ha zafado del
castigo por la famosa inmunidad.
Ahora bien, dicho todo lo
anterior, estoy totalmente en contra de que el rey emérito permanezca
desterrado de su patria. No solo es una injusticia que no merece, a pesar de
sus pecados. Es que no la merecemos nosotros. Por todo lo que Juan Carlos I
representa en la historia reciente de España, permitir que permanezca
desterrado y que muera fuera de España (Portugal tampoco es España) es un modo
de impugnar, e incluso de repudiar lo mejor de nuestra nación, que son los últimos 50 años.
La foto. El pasado domingo el rey emérito asistió a la que es probablemente la corrida más importante de la temporada taurina de Sevilla. El público que asistía a la corrida, entre los que me encontraba, no es, con seguridad, una muestra representativa de la sociedad española. Ni siquiera de la sevillana. Pero yo me alegré del cariñoso recibimiento, en forma de una estruendosa ovación, que le brindamos la mayoría de los presentes. Creo que se lo merece. Y, como dije antes, nos lo merecemos también los españoles que queremos seguir siéndolo.
