Diario de un
viaje a Egipto. Febrero de 2026
A todos los que me habéis acompañado
en estos días inolvidables
A Ana MM, porque la echamos de menos
“El recuerdo de un viaje es todavía un
viaje.”
Gustave Flauvert
Los viajes se viven tres veces: al
soñarlos, al vivirlos y al recordarlos.
Podría haberlo dicho yo mismo
Habíamos pensado
desplazarnos a Madrid por tren y ya teníamos los billetes sacados antes de la
tragedia de Adamuz. Andando los días nos dimos cuenta, por un lado, de que
nuestro tren a Madrid podría no salir nunca, o podría salir a una hora que
convirtiera en intempestiva la hora de nuestra llegada al hotel de Madrid; y,
por otro lado, parecía que, en el mejor de los casos, nuestro viaje contendría
la incomodidad de un desplazamiento de una hora y media en autobús para superar
el bypass que había causado el accidente de Adamuz entre Córdoba y Villanueva
de Córdoba. Creo que todos nos convencimos de la necesidad de buscar un
transporte alternativo y el traslado en nuestros coches particulares parecía la
opción más conveniente, por precio y comodidad. Para ello, teníamos que encontrar
dónde dejar nuestros coches durante los ocho días del viaje. El hotel previsto
para nuestra estancia de una noche en Madrid fue la mejor opción. Nos cobraron
61€ por dejar el coche ocho días.
La excursión a Madrid
comenzó para todos en el Carrefour de Camas poco después de las 10:30 h y,
pocos minutos antes de las 13 h estábamos en Trujillo, donde habíamos reservado
para comer en el restaurante El Medievo, en la misma Plaza Mayor. Este
restaurante está regentado por un tipo algo picajoso con los trámites de la
reserva, pero no tenemos queja del servicio prestado y la calidad de la comida
nos pareció aceptable y a un precio normal para los tiempos.
La parada en Trujillo
resultó perfecta, aunque empañada por una horrible plaza de toros portátil de
metal, colocada en el mismo centro de la plaza, que estropeaba por completo el
disfrute de la contemplación de ese lugar tan hermoso.
Llegamos al hotel
Sercotel Madrid Aeropuerto sobre las 18:30. El hotel se encuentra próximo al
aeropuerto y junto a la zona residencial de la Alameda de Osuna. Los trámites
de guarda de los coches en el parking y de check-in en la recepción
transcurrieron sin problemas y subimos a las habitaciones que nos causaron una
agradable sorpresa, por su amplitud y comodidad.
Algunos decidimos dar
un breve paseo por el barrio. Tan sin interés que alguno se sintió en la
necesidad de hacer un comentario elogioso al pasar por una simple
panadería-cafetería, en la que en unas pocas mesas concurridas se solazaban
algunos clientes.
Al llegar de nuevo al
hotel nos encontramos con Cristina y Américo, que habían llegado ya de Lisboa,
desde donde se habían desplazado en coche, como el resto de la tropa.
A las 20:30 quedamos
todos en la cafetería para tomar algo antes de dormir. El día terminó allí
sobre las 10:30, tras una animada charla entre todos y un piscolabis de
discutible calidad.
Los coches que nos
trasladarían al aeropuerto debían recogernos a las nueve de la mañana. El día
comenzó con un desayuno en el hotel sin nada digno de reseñar, ni a favor, ni
tampoco en contra, todo hay que decirlo. Cuando llegamos al aeropuerto encontramos
una gran cola en los mostradores de facturación de nuestro vuelo. Cuando
pasamos los controles de seguridad hacia las puertas de embarque comprobamos
que los paneles anunciaban un retraso del vuelo de 35 minutos. Finalmente, el
retraso fue de poco más de una hora. Mientras esperábamos en la cola de facturación
Paco Otal nos iba advirtiendo de los riesgos de entregar nuestros equipajes a
unas desaprensivas empresas del handling aeroportuario, capaces de desviar a
Antofagasta u Honolulú una maleta con destino a Luxor. Sus prédicas surtieron
efecto en algunos pasajeros, pero no en otros, ya veremos con qué resultado.
Cuando escribo estas líneas debe faltar como una hora para que aterricemos en
Luxor, así que ya seguiré contando cómo será la llegada a la tierra de los
faraones.
En la cola de
facturación en el aeropuerto de Madrid
Finalmente
aterrizamos en Luxor sin contratiempos y allí nos estaba esperando un
representante de la agencia, que nos recogió los pasaportes para que nos
sellaran el visado y nos advirtió de que, tras la recogida de los equipajes
(pese a las premoniciones de Paco Otal no hubo que lamentar ninguna pérdida),
nos estaría esperando nuestro guía para todo el viaje.
Nuestro guía (Wagdy)
resultó ser un chico simpático, que a mí me pareció como de treinta y pocos
años. Luego resultó que tenía 10 años más. Es prematuro que diga nada de él por
el momento. Sólo que será un guía exclusivo de nuestro grupo de 20 personas.
Wagdy nos condujo al autobús que nos llevaría al barco. Todos los traslados que
hicimos a lo largo del viaje los hizo nuestro grupo en exclusiva, acompañados
de Wagdy.
El trayecto entre el
aeropuerto y el barco, aunque nocturno, nos permitió tomar un contacto inicial,
debo decir que algo impactante, con la realidad egipcia, al menos de la zona
próxima a Luxor. El guía nos iba poniendo al corriente de las peculiaridades
del caótico tráfico viario, en el que por una carretera apenas iluminada
circula toda clase de vehículos motorizados, cruzándose a toda velocidad;
bueno, a la velocidad que permite el estado de la vía y la potencia del
vehículo. La mayoría de ellos circula con las luces apagadas, que sólo
encienden a ráfagas cuando quieren advertir de su presencia a otros vehículos
que circulan invadiendo el carril contrario en dirección opuesta, bien porque
estén adelantando o simplemente porque sí.
La llegada al
embarcadero donde estaba atracado nuestro barco la hicimos por una calle
terriza de aspecto deplorable que salía perpendicularmente de la carretera que
nos traía del aeropuerto. El aspecto del embarcadero no era menos deplorable,
pero lo pasamos por alto, ya que teníamos prisa por llegar al barco, para lo
que tuvimos que atravesar previamente otro que se encontraba atracado en
paralelo al muelle.
El barco era la típica motonave del Nilo que ya habíamos visto en fotos y vídeos antes de llegar a Egipto. La primera impresión fue favorable. La entrada se produce a un lobby más o menos circular en el que hay algunos sillones, el mostrador de recepción, los pasillos a las habitaciones y del que salen escaleras hacia las plantas de arriba, donde está el resto de las habitaciones y la cubierta superior; y hacia la planta de abajo, donde se ubica un amplio y agradable comedor. Nada más llegar entramos inmediatamente al comedor para la cena.
Después de la cena
recogimos nuestras maletas (que habían sido descargadas del autobús por los
maleteros del barco) en el lobby y nos dirigimos a las habitaciones.
La primera impresión
de la habitación también fue positiva. Por su aspecto y tamaño se asemeja más a
la habitación de un hotel que al camarote de un barco. Tienen un amplio
ventanal practicable que ocupa casi todo el fondo de la habitación frente a la
entrada, una cama queen size, un armario y un cuarto de baño con ducha. Nada es
demasiado grande ni demasiado pequeño. Sabemos por referencias que algunos
pasajeros disfrutaron de habitaciones tipo suite, que disponían de una estancia
más amplia contigua al dormitorio. Ignoro cuál es la política de distribución
de habitaciones de nuestra agencia o la del propio barco, pero quienes
disfrutaron de semejante privilegio afirmaban haber pagado lo mismo que
nosotros por sus pasajes. A lo largo del crucero tuvimos ocasión de hacer
bromas relativas a la supuesta diferente condición de los ocupantes de las
suites, pasajeros de primera, respecto del resto, pasajeros de segunda.
Las comidas en el
barco fueron suficientemente variadas a lo largo de los días, pero la calidad
culinaria era muy desigual. En general, la ternera estaba muy dura, las
verduras rehogadas y el pescado nos gustaron casi siempre, el pollo dependía de
su preparación, como el arroz y las patatas. Yo sufrí la limitación, supongo
que como casi todos, de no tomar alimentos crudos, lo que vedaba el acceso a
las ensaladas, fruta cortada y demás. No probé ningún dulce en el barco que
mereciera la pena, y había variedad. Las bebidas fueron muy poco variadas y
caras: una cerveza egipcia a siete suros por medio litro y una botella de agua
de un litro y medio 2,5 euros.
Como nos había
anunciado el guía, nos llamaron a las 4:30 de la madrugada para iniciar la
jornada.
Tras el desayuno, a
las 5:30 h de la madrugada nos subimos al autobús que nos llevaría a diferentes
puntos de una intensa jornada faraónica. Yo había hecho lo posible por
colocarme en la primera fila de asientos del autobús, con el fin de contemplar
privilegiadamente el panorama que fuéramos encontrando a nuestro paso. El
comienzo de la ruta de ese día consistió en una vertiginosa carrera por una
suerte de camino de sirga asfaltado, que transcurre paralelo a un canal cuyas
orillas se encuentran repletas de inmundicias. A esa hora, casi los únicos
transeúntes del camino de sirga son numerosos carros ocupados por una o dos
personas, que circulan al lento galope de un pollino sin ninguna luz ni ningún
otro artefacto que avise de su presencia. El autobús sortea estos carros a la
endiablada velocidad de 110 km/h, que solo reduce para franquear los diversos
badenes que sin señalización alguna salpican nuestro itinerario cada quinientos
o mil metros. Tras la experiencia de ese primer día no volví a sentarme en el
mismo asiento. El temor a presenciar en primera fila un grave siniestro de
tráfico me animó a esconderme en las filas postreras del autobús. No tan
apropiadas para satisfacer el voyerismo del turista, pero más resguardadas y
seguras.
A unos 20 minutos de
trayecto desde el barco, antes del amanecer, clareando el día, nos topamos con
nuestra primera experiencia faraónica: los Colosos de Memnón. Reconozco que la
contemplación de estas enormes estatuas sin cara a la extraña luz de esa hora
del día me produjo un cierto sobrecogimiento.
Los colosos de Memnon
El silencio del
desierto al amanecer tiene una densidad casi sólida, una quietud que parece
aguardar algo que ocurrió hace tres mil años. Para el viajero que llega por
primera vez a la orilla occidental de Tebas, el encuentro con los Colosos de
Memnón no es solo una parada turística, es un rito de iniciación.
Antes de que el sol
rompa el horizonte, las estatuas son solo dos sombras ciclópeas que emergen de
la bruma. No hay muros, no hay templos que las rodeen. Solo están ellos,
sentados en sus tronos, vigilando una entrada a un mundo que ya no existe.
A medida que la luz
comienza a teñir el cielo de un rosa eléctrico y azafrán, el efecto es
transformador. El viajero se siente repentinamente minúsculo. Al pie de sus
pedestales, la estatura humana apenas alcanza el tobillo de estas moles de 18
metros. Representan no solo a un faraón, sino el concepto mismo de la eternidad
frente a lo efímero.
Para el viajero, este
es el choque con la realidad faraónica. No es un museo, es la tierra misma la
que ha parido estas figuras. Mientras el sol termina de iluminar sus rodillas
de piedra, queda claro que uno no ha venido a ver ruinas, sino a presenciar la persistencia
absoluta.
Detrás de ellos, el
Valle de los Reyes permanece en sombras, esperando. Los colosos son los
centinelas que te dan permiso para pasar de la luz de la vida a los misterios
de la otra vida.
Tras los colosos
llegamos al Valle de los Reyes. Desde la puerta exterior del recinto al área en
la que comienzan los accesos a las tumbas visitables hay una breve distancia de
unos 500 metros, en una ligera pendiente, que nos ayuda a cubrir una flotilla
de vehículos eléctricos de unas 8 o 10 plazas, como los que se utilizan en los
campos de golf. Nuestro programa incluía la visita a tres de las tumbas cuyos
nombres no puedo recordar. Sólo visité dos de ellas. Si los metadatos de las
fotos que hice en cada una son correctos, las tumbas que visité fueron las de
Ramsés III y Ramsés IX.
Según nuestro guía,
la tumba de Ramsés III es una de las de mayor calidad artística del Valle de
los Reyes. Las paredes están cubiertas por relieves pintados en bastante buen
estado, con colores aún vivos: azules profundos, rojos intensos, amarillos y
verdes. El acceso a esta tumba es bastante cómodo y a esa hora (serían las 7 de
la mañana, si no antes) el Valle de los Reyes aun no ha sido invadido por la
turbamulta. Un profano en iconografía y mitología del antiguo Egipto, como yo
lo soy, no es capaz de sacar provecho de la abigarrada decoración de los
monumentos funerarios de los faraones. Y casi hay que agradecer que casi todos
los visitantes sean como yo, pues, en caso contrario, sería imposible visitar
estos lugares. Tampoco los guías entran, ya que resulta imposible o muy
perturbador que un grupo de personas interrumpa el flujo de visitantes,
mientras atiende a las prolijas explicaciones que serían necesarias para
desentrañar el significado de todas las figuras representadas. A pesar de esta
notable limitación, disfruté de la visita a esta tumba e hice numerosas
fotografías de recuerdo. Yo mismo me retraté delante de un relieve pintado de
la diosa Hathor.
Interior de la tumba
de Ramsés III
La segunda tumba no
me produjo la misma impresión que la primera. Para empezar, su acceso es algo
más penoso que la anterior, más pendiente y más profundo. Y su decoración más
pobre y quizá peor conservada o con menor colorido, aunque también interesante.
La tercera tumba de
nuestro programa tenía ya una gran cola de visitantes a la entrada, de modo que
decidí ir a la cafetería a tomarme un café. Quienes la visitaron de los
nuestros nos contaron que su decoración era más parecida a la primera que a la
segunda tumba. La verdad es que no lo lamento. Yo recomendaría a quien quisiera
visitar con provecho el Valle de los Reyes, que estudie previamente la tumba de
Ramsés III y luego se detenga en algunas de las inscripciones y figuras de los
relieves pintados en las paredes, apreciando su belleza y significado.
Este templo fue
construido para la faraona Hatshepsut, una notable monarca, de las pocas de su
género que gobernó en el antiguo Egipto. La visita está organizada de modo que
el visitante va acercándose poco a poco al conjunto arquitectónico.
Primeramente, lo contempla desde lejos y, según va acercándose se va percatando
de cómo su diseño en terrazas escalonadas, conectadas por rampas y alineadas
con la pared rocosa del acantilado crea un volumen integrado armoniosamente con
el paisaje. En cierto modo, podría decirse que estamos contemplando un
escenario teatral perfectamente encajado en la roca.
Templo de Hatshepsut
Los viajeros
discutimos acerca de la perfección geométrica de los bloques de piedra
empleados en la construcción del templo. Algunos de nosotros pensamos que la
alineación de sus cantos, sin apenas imperfecciones, hacía inverosímil que se
tratara de piezas originales, pues creíamos inexplicable que la erosión de
miles de años no les hubiera afectado. No profundizamos más en ello, de modo
que se trata de una pregunta sin respuesta.
Lo primero que me
sorprendió del templo de Luxor fue su proximidad a la vida cotidiana. Cuando
nos acercamos al centro de la ciudad y entre coches, tiendas y gente pasando, de
pronto, se vislumbra la grandiosidad del templo, que rodeamos en el autobús hasta
acercarnos a su fachada. Probablemente sea la fachada más espectacular de todos
los templos que hemos visitado. La componen un grandioso pilono,[1] un enorme obelisco y seis
estatuas gigantescas de Ramsés II, que son la carta de presentación de este
monumento. Si contemplas esta fachada justo desde enfrente, donde termina (o
empieza, que no lo tengo claro) la Avenida de las Esfinges, te percatas
enseguida de que en el lado derecho del pórtico de entrada se echa en falta
otro obelisco simétrico al que se yergue en el lado izquierdo. Ese obelisco
faltante es precisamente el que luce en la Plaza de la Concordia de París.
Templo de Luxor
Por primera vez
vivimos el carácter colosal de los templos faraónicos. Caminar entre las enormes
columnas alargadas, con los capiteles decorados y restos de policromía te
empequeñece y te produce la sensación de estar paseando por un espacio pensado
para impresionar.
Wagdy nuestro guía se
esforzaba en explicarnos el significado de los diferentes espacios del templo
que íbamos recorriendo, de las figuras representadas en las estatuas y en los
relieves dibujados en las paredes. Aunque estaba al principio de mi aventura
egipcia, ya desde esos momentos iniciales sentía vívidamente la carencia de
unos mínimos conocimientos sobre la historia y la cultura de los distintos
períodos faraónicos. Carencia que se extiende al sentido y significado de sus
símbolos, dioses y creencias. La sensación que uno se lleva después del viaje
es la de una borrachera de nombres, imágenes y símbolos que no ha podido
encajar en su acervo cultural preexistente. Apenas he conseguido retener una
idea: la obsesión acerca del viaje hacia el más allá de los faraones; obsesión contagiada
al limitadísimo estrato privilegiado del resto de la sociedad egipcia del
momento y que constituye una de las claves que permite entender el programa
arquitectónico, pictórico y escultórico de tres mil años de historia egipcia. A
esa obsesión por el tránsito hacia el más allá se subordina todo un programa
arquitectónico y artístico que constituye lo más conocido y mejor preservado a
lo largo de los siglos de la cultura faraónica.
En el Templo de Luxor
Wagdy nos señaló los restos de una pintura mural de la época romana que aún se
conserva en la parte alta de una de las paredes del monumento. No puedo negar
que nos sorprende, porque rompe la expectativa puramente faraónica del lugar. En
la escena se distinguen varias figuras humanas alineadas, con rostros
realistas, miradas frontales y un estilo claramente distinto al arte egipcio
clásico. No aparecen de perfil ni con las proporciones simbólicas típicas del antiguo
Egipto. Según la interpretación de Wagdy, estas pinturas son una muestra de la
política de Roma, de manifestar su autoridad integrando al emperador dentro del
marco sagrado tradicional de Egipto. En definitiva, se trata de asociar el
poder romano con la legitimidad divina de los antiguos templos. En otras
palabras: Roma no destruyó el prestigio religioso egipcio, sino que se apoyó en
él para legitimarse. Lo verdaderamente fascinante de esta imagen es que es un
ejemplo perfecto de superposición de civilizaciones: sobre una base faraónica se
produce una reutilización romana y un posterior uso cristiano. En definitiva, esta
pintura simboliza cómo el Imperio Romano se apropió de un templo sagrado
egipcio para presentarse como heredero legítimo del poder divino, mezclando
política, religión y propaganda.
En otras de las
escenas en las que se detuvo el guía aparece representado en varios relieves un
faraón realizando ofrendas a un dios en posición itifálica.[2] Wagdy nos aclaró que, en
el arte egipcio antiguo, la representación itifálica no tiene una connotación
erótica, sino simbólica y sagrada. La erección representa el poder creador y la
fertilidad.
Al salir del templo
de Luxor nos adentramos apenas unos pocos metros en la Avenida de las Esfinges,
un antiguo camino ceremonial de unos 3 kilómetros que conecta el Templo de
Luxor con el Complejo de templos de Karnak. Cuando fue construida estaba
flanqueada por más de 1.000 esfinges alineadas a ambos lados, de las que se
conservan muchas de ellas. La avenida tenía un profundo significado religioso,
constituía un camino sagrado, la vía procesional utilizada durante las grandes
festividades religiosas. También tenía un sentido político, pues se constituía
en la senda por la que el faraón era aclamado y por la que hay que imaginar que
desfilaría ataviado con los elementos que lo vinculaban con la divinidad.
Tras salir del Templo
de Luxor nos dirigimos al Templo de Karnak en autobús. A la llegada, Wagdy nos
dio unas someras explicaciones sobre el monumento a la vista de una expresiva
maqueta en la que pudimos comprobar que se trata de un enorme complejo
religioso (de hecho, está considerado el templo más grande de Egipto y uno de
los conjuntos sagrados más impresionantes del mundo antiguo), compuesto de
diversos pilonos, capillas, patios, obeliscos y otros elementos.
La construcción de
este complejo se prolongó a lo largo de más de 2.000 años, con aportaciones de
numerosos faraones, lo que hace que el visitante recorra literalmente la
historia de Egipto mientras avanza por el recinto.
Una avenida de
esfinges con cabeza de carnero da la bienvenida al visitante antes del primer
pilono y marca el camino ceremonial que conectaba Karnak con el templo de Luxor,
tal y como indicamos anteriormente.
La imagen icónica de
Karnak es su gigantesca sala hipóstila[3] de más de 5.000 m² con 134
columnas monumentales cubiertas de relieves e inscripciones; las columnas
centrales se elevan hasta unos 23 metros de altura, creando un bosque de piedra
que impresiona a simple vista. Algunas columnas son tan anchas que varias
personas juntas apenas las rodean. Anduvimos entre las columnas de este bosque
y, como si se tratara de un bosque real, algunos de los viajeros perdieron
contacto con el grupo momentáneamente, mientras Wagdy se detenía en
explicaciones sobre algunos de los relieves de las columnas.
Sala hipóstila del
Templo de Karnak
A medida que se
avanza en la visita, se atraviesan pilonos, patios a cielo abierto y salas más
oscuras, un recorrido que simboliza el paso del mundo terrenal a la esfera
divina.
En el corazón del
recinto se encuentra el lago sagrado, un gran estanque de unos 120 metros de
largo, alimentado por el Nilo, donde los sacerdotes se purificaban antes de los
rituales.
Junto al lago se ve
un gran escarabeo[4]
de piedra, que la costumbre turística moderna ha convertido en un pozo de la
suerte, al que muchos visitantes (entre ellos, algunos de nosotros) dan siete
vueltas alrededor o tocan el escarabeo mientras piden un deseo, esperando
atraer buena fortuna para el futuro.
Y aquí terminaron las
visitas de nuestro primer día faraónico. Acabé el día cansado, con la cámara
llena y la cabeza saturada, pero con esa sensación única de haber caminado,
aunque sea por unas horas, dentro de una civilización que pensaba en términos
de eternidad.
A esa hora del día,
serían las 13:30 aproximadamente, teníamos calor. Quizá fue el día más caluroso
de todo el viaje, aunque la temperatura no debió de superar los 26 o 27 grados.
Pero se apreciaba una intensa calima en la atmósfera que, si no aumentaba la
temperatura, sí incrementaba la sensación de calor.
Al llegar al barco pasamos
al comedor para el almuerzo y comenzó casi de inmediato la navegación. Desde
nuestra llegada la noche anterior el barco había permanecido atracado en el
mismo sitio, en Luxor.
Después de comer subí
a la cubierta superior que aún no conocía. Era un lugar muy amplio dividido en
dos partes. En una de ellas, quizá la más extensa, había mesas con sillones
cómodos protegidas del sol bajo unos toldos, como para 30 o 40 personas. En la
otra parte había una pequeña piscina y, a su alrededor, un cierto número de
tumbonas. Entre estos espacios y la barandilla de la borda de la embarcación quedaba
sitio suficiente para deambular o pararse a contemplar tranquilamente las
orillas del Nilo, las islas que nos íbamos encontrando u otras embarcaciones
con las que nos cruzábamos.
Primer día de
navegación
Creo que pasé todo el
resto de la tarde en la cubierta de la motonave, a la que se fue incorporando
poco a poco casi todo nuestro grupo. Diferentes barcos de diverso tipo
deambulaban por allí durante nuestro paso. Entre ellos merecen destacarse unos
de cuya existencia ya habíamos tenido referencia por viajeros precedentes,
tripuladas por chicos jóvenes, algunos casi niños, que se acercaban a los
barcos de crucero con el fin de tratar de vender sus mercancías a los
pasajeros. Maniobraban peligrosamente en las cercanías de la motonave hasta que
lograban asirse a ella lanzando unos cabos mediante los que conseguían dejar sujeta
la chalupa al crucero a cierta distancia. Desde allí intentaban que los
pasajeros les atendieran, a través de las ventanas de sus camarotes. Si no lo
conseguían, interpelaban a quienes los observaban asomados a la borda de la
cubierta. Desde allí se podía entablar un intercambio que consistía, más o
menos, en lo siguiente: el vendedor mostraba su mercancía desde el bote,
desplegando cuanto podía el mantel, la túnica o lo que fuera que vendiese y la
lanzaba hacia arriba con fuerza metida en una bolsa, recogiéndola el presunto
comprador, si el tino del lanzador era perfecto. En otro caso, la bolsa
aterrizaba en la cubierta, en una cubierta inferior e incluso, en algún caso,
en la piscina. Si el comprador aceptaba el género, colocaba el precio acordado
en una de las bolsas de los artículos que no aceptaba y la devolvía lanzándola
hacia la chalupa del vendedor, confiando en que cayera sobre la borda y no en
el agua. Si ningún observador de la cubierta mostraba interés en las
mercancías, los tripulantes de las chalupas lanzaban igualmente las bolsas con
los artículos mostrados, por ver si alguien picaba. De la generosidad de los
observadores dependía que los artículos no solicitados y rechazados volvieran a
su propietario. Cuando esto ocurría, el receptor lo agradecía ostentosamente,
como tuve ocasión de comprobar personalmente. Entre nosotros, Cristina, que
pareció observar con interés el género de los comerciantes, acabó
convirtiéndose en un imán que atrajo el furor comercial de los chicos de las
chalupas. Esto lo comentamos con regocijo quienes la acompañábamos en ese
momento, que vimos cómo las bolsas con los artículos a la venta volaban
incesantemente sobre su cabeza y que ella recibía con una mezcla de sorpresa y
estupor. Finalmente, se animó a comprar algunos manteles.
Como esos días
anochecía sobre las seis de la tarde, las últimas horas de navegación fueron de
noche. Nuestro barco navega río arriba, alejándose de la desembocadura
mediterránea y ascendiendo hacia Aswan, y en ese trayecto se encuentra con el
obstáculo del azud[5]
de Esna. El modo de superar esta presa es atravesando una esclusa que actúa
como un ascensor hidráulico, elevando el barco varios metros.
Yo tenía mucho
interés en contemplar desde la cubierta del barco esta maniobra de la esclusa,
que consiste, más o menos, en lo siguiente:
Cuando se aproxima
desde aguas abajo, el barco se acerca a la esclusa, colocándose alineado con la
bocana inferior. A continuación, se abren las compuertas del lado bajo de la
esclusa y el barco entra lentamente en la cámara, cerrándose completamente las compuertas
de aguas abajo, quedando la cámara en la que se encuentra el barco (realmente,
el paso de la esclusa la hicimos dos barcos a la vez) sellada respecto al tramo
inferior del río. A continuación, se abren las válvulas conectadas al tramo
superior del río y el agua entra de forma progresiva en la cámara. El nivel
sube y el barco asciende con él unos nueve metros, hasta que el nivel de la
cámara se iguala con el nivel del curso superior del río. Cuando el nivel de la
cámara coincide con el del tramo alto del Nilo, se detiene el flujo y se
produce la apertura de las compuertas de aguas arriba, reiniciándose la
navegación hacia el sur y camino de Aswan.
Habíamos sido
advertidos por Wagdy de la incertidumbre acerca de la hora de paso por la
esclusa, debido al gran embotellamiento de cruceros que se produce en ese
cuello de botella de la navegación por el Nilo. Algunas referencias que
conocimos de viajeros precedentes decían haber tenido que esperar varias horas,
realizando el paso de la esclusa a altas horas de la madrugada. De hecho, al
llegar la hora de cenar, nos encontrábamos fondeados, a la espera de que nos
dieran paso para superar la esclusa. Por eso, decidimos bajar al comedor,
pensando que el paso de la esclusa se produciría más tarde. Apenas 15 minutos
después, cuando estábamos terminando de cenar, nos dimos cuenta de que el barco
estaba avanzando lentamente. Pensando que el barco se estaría aproximando a la
esclusa, Pablo y yo subimos rápidamente a la cubierta superior. Cuando llegamos
arriba (era completamente de noche) vimos a gente agolpada en la proa del barco
y hacia allí corrimos. Para nuestra frustración, en el instante en el que nos
asomábamos por la borda de proa, lo que vimos es cómo estaban abriéndose las
compuertas de la bocana superior de la esclusa. Es decir, nos habíamos perdido
completamente la maniobra. Minutos más tarde, la motonave atracó en un lugar
próximo a la ciudad de Esna.
Poco después, algunos
de nosotros nos reunimos en el salón-cafetería que se encuentra inmediatamente
debajo de la cubierta, donde parecían divertirse otros pasajeros, algunos de
ellos vestidos con túnicas, chilabas u otros atavíos más o menos egipcios. La
carta de bebidas de la cafetería era tan reducida que ofrecía poco más que
café, Coca Cola y cerveza, limitado incentivo para prolongar la velada.
Cuando estábamos allí
Wagdy se acercó al grupo para plantearnos un par de cosas. En primer lugar, nos
dijo que ya se conocía la hora de salida de nuestro vuelo Aswan-El Cairo, que
despegaría a las ocho de la noche. En vista de ello, Wagdy nos proponía mover
del jueves al viernes la visita a Abú Simbel y adelantar al jueves por la tarde
la visita al Templo de Philae, prevista para el viernes por la mañana. Este
cambio de planes tendría la gran ventaja de que el día de Abú Simbel nos
podríamos levantar a las seis y media de la mañana, en lugar de a las dos de la
madrugada, como estaba previsto. Como es lógico, la sugerencia fue aprobada por
unanimidad de los presentes.
Además, Wagdy nos
propuso una actividad opcional para el jueves por la tarde, al precio de 20 €
per cápita, consistente en visitar una mezquita, una fábrica de esencias de
perfume y el mercado de Aswan, incluyendo un té en una cafetería del mercado. También
nos pareció bien esta idea y le pagamos todos el precio extra convenido.
Aun quedaba un asunto
más que vivir en este primer e intenso día egipcio, que fue el partido Benfica
vs. Real Madrid, que se jugaba esa noche, a las 22 horas de Egipto. Durante
toda la tarde, Paco Otal había estado intentando camelarse a un camarero, para
que comprobara si era posible ver el partido en una enorme televisión que
presidía una salita amueblada con sillones que había detrás de la barra del
salón-cafetería. Nuestro grupo era tan singular que teníamos forofos de ambos
equipos; no hace falta decir quiénes eran los tiffosi del Benfica. En la
reunión que tuvimos con Wagdy, a la que me acabo de referir, le pedimos que se
interesara por el asunto de la retransmisión del partido y prometió hacerlo.
Finalmente, un chico que se dedicaba a tomar imágenes en vídeo de los pasajeros
por todo el barco, que disponía de un monitor de televisión en la zona de las
tiendas del barco, para editar los videos, parece que se responsabilizó de
sintonizar una emisora que retransmitiera el partido y de intentar que se viera
por esa pantalla. Finalmente, quienes de los nuestros que estaban interesados
se aprestaron a ver el partido sentados en el suelo, que era el único modo que
tenían a su alcance. A la mañana siguiente nos contaron que solo habían podido
ver algunos minutos interrumpidos del primer tiempo y, al llegar al descanso,
decidieron acostarse. Nada diré del resultado del partido, por respeto a los damnificados.
DÍA 18: Esna-Edfú-Kom Ombo-Aswan.
En algún momento,
desde la noche anterior, en que atracamos en Esna, el barco navegó hasta Edfú,
donde se iniciaba nuestro siguiente día turístico por Egipto.
Sobre las siete y
media de la mañana estábamos subiéndonos al autobús, para recorrer el trayecto
que nos separaba del templo de Edfú, que distaba alrededor de 5 minutos desde
el barco.
El autobús atravesó
lo que parecía la única calle asfaltada de esta población, cuyo aspecto general
me pareció francamente deprimente. La mayoría de las calles transversales, si
no todas, eran de piso terrizo. El estado de muchas de las casas era deplorable,
mostrando desnudas los ladrillos con los que estaban construidas, pues los
muros perimetrales carecían de cualquier revoque o aplacado. Numerosas
construcciones parecían abandonadas; otras, era notorio que no estaban
terminadas, mostrando al aire la ferralla de los pilares inacabados de la
planta superior. Las calles estaban repletas de mugre: papeles, cartones,
plásticos, restos vegetales y de comida se agolpaban en sus bordes. Wagdy, el
guía, que se percataba de la patente suciedad, no sé si intentando una
disculpa, no sé si en broma o en serio, dijo que los empleados de la limpieza
viaria empezaban su jornada ya de buena mañana. Como queriendo decir que, una
vez que realizaran su tarea, las calles ofrecerían un mejor aspecto. Pasamos
junto a un mercado compuesto por un dédalo de abigarrados y cochambrosos
puestos cubiertos por unas lonas negras que los protegerían, si acaso, del sol
y de poco más. No era un lugar que a uno le apeteciera conocer, si no es por un
interés meramente antropológico.
Las calles de Edfú
estaban repletas de un sinfín de calesas que circulan en todas direcciones,
tiradas por unos jamelgos, todos ellos, sin excepción, de aspecto famélico y
harapiento. Al parecer, hasta hace poco, este era el único medio de transporte
en la localidad. Cuando llegamos a la entrada del Templo de Edfú, los autobuses
debían parar y aparcar en una superficie terriza, mientras las calesas disponían
de un aparcamiento con solera de hormigón y espacios sombreados, en el que
había no menos de treinta de estos singulares vehículos.
La entrada al templo
está dispuesta de modo que obliga al visitante a recorrer una galería de
puestos de artesanía y otros productos, cuyos vendedores te salen al paso
ofreciendo su mercancía con mayor o menor insistencia. También hay que sortear a
numerosos niños y niñas que ofrecen imanes, marcadores para libros hechos de
papiro y otras baratijas. Esta estrategia de las galerías comerciales de paso
obligado se repitió en otros muchos lugares a lo largo del viaje. No recuerdo
en qué momento del viaje se acercó a mí uno de los infinitos niños que se
acercan a los turistas ofreciéndome un pliego que contenía 4 o 6 marcadores de
libros, hechos de papiro, por 1 euro. El niño no tenía más de 10 u 11 años y
tenía una cara dulce, que más que pedir o insistir ofrecía con timidez su
mercancía. Yo le di un euro sin que él me diera nada a cambio. A los pocos
minutos, me alcanzó, me tiró del brazo y me regaló uno de los marcadores con
una cara de agradecimiento que no olvidaré.
Templo de Edfú
El Templo de Edfú,
dedicado al dios halcón Horus, es uno de los mejor conservados de todo Egipto.
Su fachada, formada por un monumental pilono de 36 metros de altura, es una
verdadera valla publicitaria del poder faraónico y la devoción religiosa de la
época ptolemaica (siglos III al I a.C.). Las figuras grabadas en relieve en
estos muros son imponentes, no solo por su tamaño, sino por el mensaje que
transmitían a quienes se acercaban al recinto sagrado.
La escena principal,
que ocupa casi toda la superficie inferior de ambas torres del pilono, muestra
al faraón Ptolomeo XII (padre de la famosa Cleopatra) en una pose clásica de la
iconografía egipcia. El rey aparece en una escala colosal, sosteniendo por el
cabello a un grupo de prisioneros arrodillados que representan a los enemigos
de Egipto. Con el otro brazo levantado, el faraón empuña una maza, listo para
asestar el golpe mortal.
Acompañando al
faraón, pero situados frente a él, se encuentran las deidades principales a las
que se rinde honor en el templo: Horus, al que se le reconoce fácilmente por su
cabeza de halcón y la doble corona de Egipto, que es el receptor simbólico de
la victoria del faraón; y Hathor, que aparece con forma humana, luciendo un
tocado con cuernos de vaca y el disco solar.
En el centro de la
fachada, sobre el pórtico de la entrada, aparece un gran disco solar. A ambos
lados se despliegan alas extendidas, talladas con plumas perfectamente
delineadas. Flanqueando el conjunto aparecen dos cobras erguidas, también
coronadas, que refuerzan la idea de protección.
En la explanada que
se encuentra frente a la fachada que acabamos de describir se encuentran
alineadas un gran número de sillas, dispuestas como las de un cine de verano,
que invitan al visitante a contemplar la fachada con la calma que requiere la
lectura comprensiva de todo el programa iconográfico que se muestra a la vista,
del que he descrito solo sus partes principales.
El templo se
encuentra intensamente decorado en su interior. El guía se detuvo en algunos de
sus elementos que no puedo recordar; pero sí recuerdo que nos hizo ver unas
sutiles diferencias respecto de los templos que habíamos visitado el día
anterior, de época más antigua. El Templo de Edfú es particularmente
interesante porque, aunque fue construido durante la dinastía ptolemaica (de
origen griego), su decoración mantiene una apariencia profundamente tradicional
egipcia. Sin embargo, bajo esa estética clásica, se perciben determinados matices
que revelan la influencia helenística a los que se refirió nuestro guía. Se
mantiene una fidelidad consciente al canon faraónico, pues las figuras
mantienen la Ley de frontalidad (rostro y piernas de perfil, torso frontal), la
jerarquía de tamaños (el faraón más grande) y las posturas rígidas y
simbólicas. Esto no es casual, pues los Ptolomeos adoptaron deliberadamente el
estilo faraónico para legitimarse como reyes de Egipto. No obstante, en Edfú se
aprecia un tallado más limpio y preciso, unos contornos más marcados y un mayor
detalle en pliegues de vestiduras y musculatura y otros elementos anatómicos:
Wagdy nos señaló diversas imágenes de personajes representados con el torso
desnudo, en las que se veía representado el ombligo, colocado en el centro de
un vientre ligeramente redondeado. En definitiva, aunque el estilo es egipcio
en apariencia, se puede apreciar un mayor naturalismo sutil; sin romper el
canon, algunas figuras muestran anatomías ligeramente más modeladas, un detalle
más minucioso en rasgos faciales y cierta suavidad en los contornos. No es
naturalismo griego pleno, pero sí una mayor sensibilidad volumétrica.
Tras la visita al
Templo de Edfú volvimos en autobús al barco, donde iniciamos una breve
singladura hasta el nuevo destino que nos esperaba: el Templo de Kom Ombo.
Desde el propio barco
podíamos vislumbrar el Templo de Kom Ombo, que se encuentra situado en una
colina muy cerca de la orilla izquierda del Nilo. Después de comer salimos a
pie, ya que el templo distaba apenas 5 min desde el barco.
Para llegar a Kom
Ombo es necesario subir unas escaleras para alcanzar la colina en la que se
encuentra situado. Se trata de un templo doble simétrico, consagrado a dos
divinidades. A un lado, el halcón Horus; al otro, el dios cocodrilo Sobek. Esa
dualidad se percibe en todo: dos entradas, dos ejes paralelos, dos santuarios.
Las columnas
conservan capiteles decorados con motivos vegetales, suavizados por el tiempo.
A esa hora, cuando el sol comenzaba a caer, la piedra tomaba unos tonos dorados
y anaranjados, y las sombras se alargaban entre los relieves. En las paredes
aún pueden distinguirse escenas rituales y jeroglíficos delicadamente tallados.
Recuerdo dos en los que se detuvo nuestro guía. Uno de los relieves comentados
representa instrumentos quirúrgicos. Se trata de una imagen sorprendente que
sugiere el conocimiento médico del antiguo Egipto. En la piedra tallada se
puede ver una silla de parto, instrumentos de cirugía, forceps, una sierra para
huesos o amputaciones, sondas, espéculos…y todo con 2.000 años largos de
antigüedad.
El otro panel al que
se refirió Wagdy también me resultó sugestivo. Se trata de una tabla de
ofrendas a los dioses con cantidades detalladas. A la derecha aparecen las
figuras divinas (en este caso formas asociadas al ámbito de Hathor, reconocible
por el disco solar y cuernos de vaca). A la izquierda de esas figuras, como una
faraónica hoja de cálculo pétrea Excel, se organizan diferentes columnas con
celdas expresadas en lenguaje jeroglífico: en una columna la descripción de la
ofrenda en texto; en otra columna la representación del producto en imagen (panes,
aves, recipientes, etc.); y, finalmente, una columna numérica vertical con las
cantidades.
Esta última columna es
la que más me llamó la atención, ya que nos permitió acceder a una suerte de introducción
a la aritmética faraónica. La aritmética del Egipto antiguo era decimal, como
la contemporánea, pero, al contrario que esta, que es posicional (el valor de
una cifra depende del lugar que ocupa), la egipcia es una aritmética aditiva (las
cantidades se forman sumando símbolos).
Hoja de cálculo
pétrea de ofrendas al dios Hathor
Según Wagdy, lo que
vemos en el panel de ofrendas de Kom Ombo son rayas verticales (|), que
significan la unidad (tres rayas = 3); U invertida (∩), que significa la decena
(tres U invertidas = 30); y espiral/rollo de cuerda (que aquí parece un círculo
simple por la erosión causada por el tiempo) significa la centena. Así, si una
línea muestra ○ ∩∩ ||||, eso sería 100 + 20 + 4 = 124.
Wagdy nos llamó la
atención sobre un pozo que se encuentra en el lado oriental del templo, entre
el monumento y el Museo de los Cocodrilos, cuya función era (y supongo que
seguirá siendo) medir las crecidas del Nilo. Su posición cercana al río no es
casual, ya que debía estar en contacto directo con el nivel del río para medir
sus variaciones. El llamado nilómetro de Kom Ombo tiene forma de pozo
cilíndrico excavado en piedra, conectado al Nilo mediante un canal subterráneo
que permitía que el agua entrara y subiera o bajara según el nivel del río. Es
un pozo profundo de sección circular, con una escalera interior en espiral o
adosada al muro construido en bloques de piedra arenisca. El nilómetro servía
para medir el nivel de las crecidas anuales del Nilo, fundamentales para la
agricultura egipcia y su función era triple: agrícola, para determinar si la
inundación sería insuficiente (riesgo de hambruna), excesiva (destrucción de
cultivos) u optima (cosecha abundante); fiscal, ya que los impuestos se
calculaban según la previsión de la cosecha, que dependía directamente del
nivel del agua medido; y religiosa, puesto que la crecida estaba vinculada al
dios del Nilo (Hapi) y, en Kom Ombo, al culto de Sobek. Un buen nivel era visto
como bendición divina.
En uno de los
laterales del recinto del templo se encuentra el pequeño museo de cocodrilos
momificados, testimonio del culto a Sobek. Ver esos animales preservados
recuerda hasta qué punto el Nilo marcaba la vida y la espiritualidad de quienes
levantaron este lugar durante la época ptolemaica. La verdad es que no le
presté especial atención a este museo y nada reseñable puedo contar de él.
Tras la visita a Kom
Ombo, inmediatamente después de llegar al barco, empezó la más agradable
jornada de navegación que disfrutamos durante el viaje. Yo la pasé, como el día
anterior, en la cubierta superior, esta vez en compañía de casi todo el pasaje.
Sobre las cuatro de
la tarde, el barco invitó a té o café con pastas y otros dulces de más dudoso
interés, reclamo al que fuimos acudiendo poco a poco una parte del pasaje.
Un grupo de nosotros
decidió pasar el rato jugando a las cartas, mientras que el resto nos fuimos
uniendo a una tertulia alrededor de una mesa que hubo que ir ampliando para dar
cabida a nuevos miembros.
Como dije,
disfrutamos de esas horas de navegación, contemplando el paisaje que se nos
mostraba a ambas orillas. La motonave, unas veces navegaba más cerca de una
orilla, otras más cerca de la opuesta y otras por el centro del cauce. La
actividad naval era intensa. En algunos momentos llegamos a navegar en paralelo
hasta cuatro motonaves, durante las maniobras de adelantamiento de unas a
otras. Los cruceros turísticos como el nuestro navegaban todos río arriba. Pero
nos cruzamos con numerosas embarcaciones mucho más pequeñas, navegando río
abajo casi todas ellas, cuya peculiaridad era que la mayoría iban remolcadas
por otro barco más pequeño que tiraba de ellas a una distancia considerable.
Según nos contó Wagdy, se trataba en su mayoría de cruceros turísticos de alto
standing y la distancia que guardaban los remolcadores respecto de las naves
remolcadas estaba motivada por la necesidad de no enturbiar el bienestar del
selecto pasaje de estos últimas con el enojoso ruido de los motores. Algunas de
estas embarcaciones navegaban con el foque desplegado, sin necesidad de
remolcador.
Sobre las ocho
bajamos a cenar y, al terminar la cena, algunos subimos de nuevo a la cubierta
y nos dimos cuenta de que habíamos llegado a Aswan. Después de la cochambre que
habíamos visto hasta ese momento, la ciudad ofrecía un aspecto un punto
deslumbrante. A toda la orilla del Nilo se asomaban edificios de cierta altura,
iluminados o con letreros luminosos y se vislumbraba una actividad propia de
una ciudad bulliciosa. Es verdad que de noche todos los gatos son pardos y la
verdadera índole de Aswan no podríamos comprobarla hasta verla de día a la
mañana siguiente, pero esa fue la agradable sensación que nos alcanzó a todos
en ese momento.
A las siete y media
de la mañana estábamos subiéndonos a una vieja faluca a pocos metros de donde
estaba atracado nuestro barco. La faluca se aproximó al muelle por un estrecho
canal que se abría entre dos hileras de, al menos, cinco cruceros abarloados.
En ese canal no solo se encuentra nuestra faluca, sino otras muchas
embarcaciones, por lo que la maniobra de ciar hacia el centro del río se
convierte en una vorágine de voces en árabe (o quizá nubio, quién lo sabe),
ligeros golpes de unas embarcaciones contra otras, tirones, empujones…
Finalmente salimos a río abierto.
Durante la navegación,
los tripulantes de la faluca pusieron algo para comer, no recuerdo muy bien qué,
quizá frutos secos, quizá aceitunas. Siguiendo estrictamente las
recomendaciones de las guías, en todo momento del viaje me abstuve de comer
nada que no estuviera cocinado. Y después, extendieron sobre la cubierta todo
su género de baratijas, más o menos artesanales, más o menos egipcias, nubias o
quién sabe qué. Muchos de nosotros aprovechamos para proveernos de regalos para
parientes y allegados.
Paseo en faluca por
el Nilo cerca de Aswan
También pusieron a
todo volumen una música, al principio vagamente oriental, luego ya más
internacional y nos animaron a bailar. Casi todo el pasaje se unió a la fiesta,
a pesar de que, como denotó Javier, las ocho y media de la mañana era una hora extraña
para bailar.
El paseo en faluca
parece que tenía la gracia de que experimentáramos la navegación por el Nilo en
una embarcación a vela, porque la faluca no podía llevarnos hasta el poblado
nubio, debido a que, según nos dijo Wagdy, había que navegar por estrechos
canales y algunos rápidos, para lo que necesitábamos un barco a motor. Por eso,
tuvimos que hacer un trasbordo en mitad del río desde la faluca a otro barco a
motor no menos viejo que la faluca.
En la motora se
reprodujeron el aperitivo, el mercadeo de baratijas y la música bailable, mientras
atravesábamos uno de los brazos del Nilo que nos llevaría hasta el poblado nubio.
En las orillas, Wagdy nos señalaba la ubicación de diversos hoteles, el
Mausoleo del Aga Khan, el Jardín Botánico de Aswan, distintos monasterios
cristianos y tumbas de nobles egipcios. Una vez que dejamos atrás la Isla
Elefantina llegamos al poblado nubio.
Vista del poblado
nubio desde el barco
Rápidamente tras
desembarcar nos subimos de cuatro en cuatro en unos motocarros de tres ruedas,
cuya caja descubierta posterior disponía de dos asientos laterales,
emprendiendo una alocada ascensión por un camino de tierra lleno de baches
hacia un mirador (según Google Maps, el AbDogo Panorama Nile View) desde el que
había unas impresionantes vistas de Aswan, las islas y los brazos del Nilo e
incluso se vislumbraban las dos presas de Aswan. Aunque el día era soleado, la
atmósfera no era clara y, por tanto, el disfrute visual y fotográfico no fue
pleno. Aún así, merece la pena subir hasta ese paraje y hacerlo en esos
vehículos fue algo emocionante.
Mirador del Nilo
Bajamos a la misma
velocidad hasta el poblado nubio y, rápidamente, Wagdy nos introdujo en una
escuela ubicada en el centro del poblado, en la que ese día, por ser el primer
día del Ramadán y, por tanto, festivo, no había niños. En la escuela, como
alumnos aplicados, nos sentamos en un aula donde inmediatamente llegó un
maestro con una vara con la que señalaba en el encerado los diferentes
caracteres que representaban los números y las letras del alfabeto árabe. El
maestro nos guió en la realización un ejercicio de pronunciación de todos los
números y letras árabes, ejercicio que cada cual pasó como pudo. A continuación,
nos preguntó a cada uno nuestros nombres y los transcribió al árabe en la
pizarra con una bonita caligrafía. Cuando terminó de escribir los nombres leyó
cada uno de ellos y pudimos comprobar que el árabe contiene toda la fonética de
nuestro idioma, puesto que nuestros nombres, dichos en árabe, suenan igual que
dichos en castellano o portugués.
Aprendiendo árabe en
una escuela nubia
A continuación,
subiendo por un callejón terrizo (todas las calles del poblado eran de tierra),
visitamos una vivienda del poblado. La vivienda era una casa nubia llena de
dibujos y símbolos de vivos colores en sus paredes, sobre un fondo azul intenso.
La casa tenía una especie de porche cubierto con asientos corridos, donde nos
sirvieron un aperitivo compuesto por una especie de crema de turrón, un queso y
aceitunas, acompañadas de un té egipcio. Tomé el té, que se dejaba beber y
decliné el sólido, siguiendo una vez más las recomendaciones sobre qué ingerir y
qué no en Egipto y en qué condiciones.
En el mismo lugar
apareció una mujer dispuesta a pintar tatuajes temporales a quien estuviera
dispuesto, con Henna o dios sabe qué otro tinte o ungüento. Tres chicas de
nuestro grupo se animaron y comprobaron que los tatuajes resultaron ser unos
trazos gruesos y borrosos que vagamente se asemejaban al modelo que la mujer
había presentado en un pliego para que las interesadas eligieran el que fuera
de su agrado.
Después se presentó
una niña que no tendría ni diez años, con una cría de cocodrilo con la boca
sujeta con una cuerda. El cocodrilo pasó de mano entre algunos de nosotros, que
pudieron comprobar lo frío que estaba el bicho y no sé si experimentar alguna otra
sensación telúrica, quizá una comunión con el dios Sobek,[6] que probablemente los
observaba con una ceja de saurio levantada.
Tras la visita a esta
casa tomamos el camino del embarcadero, atravesando varias calles del poblado llenas
de tiendas de souvenirs, a las que ninguno les prestamos demasiada atención.
Embarcamos en la
misma motora que nos había traído y unos minutos después desembarcamos en una
playa. Wagdy nos animó a bañarnos en aquella tranquila playa que contaba con
una arena fina y dorada, pero nadie venía preparado para ello. La verdad es que
el objeto de la parada era convertirnos en presas de los vendedores de los
puestos de baratijas artesanales que había en la misma playa. Esta vez piqué y
compré una colorida caja de lápices de madera pintada, como si fuera una casa
nubia. No mucho más tarde volvimos a embarcar y llegamos a nuestro barco poco
después de las doce del mediodía.
Volviendo al barco
desde el poblado nubio
Comimos a la hora
acostumbrada y, después de comer, volvió a servirse café y té con pastas en la
cubierta. Yo esta vez no disfruté de esta atención del barco, porque a las
cuatro de la tarde teníamos prevista la salida en autobús en dirección al
Templo de Philae.
El autobús nos llevó
hasta un embarcadero, donde tomamos una motora que nos llevó hasta la Isla Agilkia,
a los mismos pies del Templo de Philae.
El templo se
construyó originalmente en la isla de Philae, más al sur, en el Nilo, cerca de
Aswán. A comienzos del siglo XX, tras la construcción por los ingleses de la
presa baja de Asuán (1902), el templo quedó parcialmente sumergido gran parte
del año. Con la construcción posterior de la gran presa, el riesgo de
desaparición total era real. Por ello, bajo la coordinación de la UNESCO —la
misma campaña internacional que salvó templos como los de Abu Simbel— el
complejo fue desmontado piedra por piedra, numerado cuidadosamente, trasladado
a la cercana isla de Agilkia y reconstruido allí respetando la orientación y
disposición original. La nueva isla incluso fue remodelada para que su silueta
recordara lo más posible a la antigua Philae.
Este templo es de
época tardía y su estructura es algo distinta a la de los templos faraónicos
que habíamos visitado hasta el momento. Antes de llegar al gran pilono de la
fachada principal se atraviesa una especie de patio porticado o columnata que
funciona como espacio de transición. El templo que vemos hoy fue construido en
época ptolemaica y romana (siglos IV a.C.–II d.C.). En ese periodo, la
arquitectura egipcia ya había incorporado influencias helenísticas.
No obstante, el
pilono de la fachada recuerda vívidamente la del pilono del Templo de Edfú que
habíamos visitado el día anterior. Aunque uno está dedicado a Horus y el otro a
Isis, los pilonos principales de ambos templos son sorprendentemente similares.
Se trata de dos grandes torres trapezoidales simétricas, con una puerta central
monumental entre ambas. Los relieves, a su vez, tienen la misma iconografía
tradicional. En ambos casos aparece la escena típica del faraón agarrando a los
enemigos por el cabello y a punto de golpearlos fatalmente, ante la divinidad
titular: en Edfú, ante Horus y en Philae, ante Isis. Los dos pilonos dominan el
conjunto desde lejos. Son el elemento visual más potente de la fachada y marcan
claramente el paso al recinto sagrado. Ambos templos fueron construidos en
época ptolemaica, lo que explica la uniformidad, aunque, como hemos dicho, en
el de Philae es más notoria la influencia de culturas posteriores, de lo que
son muestra, la columnata a la que nos hemos referido y, sobre todo, la
presencia, a escasa distancia del templo, del llamado Kiosko de Trajano, del
que hablaré después.
No recuerdo los
comentarios de Wagdy a la decoración de este templo. La afluencia de turistas a
esa hora era tan masiva que costaba trabajo prestar atención, no sólo a las
explicaciones, sino a los propios relieves de las paredes. Sí recuerdo la
curiosidad que me causaron unas inscripciones en francés grabadas en la piedra
de una pared del templo, atribuidas a las tropas napoleónicas. Quizá el espacio
más sugerente del interior del Templo de Philae es el sanctasanctórum, la
cámara más sagrada del templo, que cuenta con densos relieves representando a
los faraones haciendo ofrendas a Isis, Osiris, Horus y otras deidades. En el
centro de esta cámara hay un pedestal o altar central de piedra de color oscuro,
donde se colocaba la barca sagrada.
Kiosko de Trajano
junto al Templo de Philae
Cuando terminaron sus
explicaciones, el guía nos dio una media hora de tiempo libre. Tal era la
masificación de turistas en ese momento que perdí de vista al grupo por
completo. Por eso decidí dirigirme al templete que me había llamado la atención
al llegar al monumento, el llamado Kiosko de Trajano. Se trata de un templete muy
fotogénico, ligeramente separado del núcleo principal del templo, abierto al
Nilo. Llama la atención su ligereza, pues no tiene muros cerrados como el
templo principal, sino una sucesión elegante de columnas altas con capiteles
florales que sostienen lo que queda de la estructura superior. A esa hora, el
sol entra lateralmente entre las columnas y proyecta sombras largas y
perfectamente definidas sobre el suelo de piedra. Aproveché el tiempo haciendo
una foto de 360º del interior del templete y recreándome con la vista del Nilo
que se podía contemplar desde allí.
Volví a mirar hacia
las masas que entraban y salían de las salas del templo, pero seguía sin ver a
nadie del grupo, de modo que me dirigí a la cantina (llamarlo cafetería
resultaría pretencioso), imaginándome que allí me encontraría a alguien
conocido. La cantina tenía un espacio superior cubierto y una terraza sobre el
Nilo en la que decidí sentarme acompañado de un café. Pensaba solazarme con la
contemplación de las aguas del Nilo, a poca distancia de mi butaca. Pero por
allí vivaqueaba una colonia de gatos que tenía casi tantos miembros como turistas
pululaban por el templo. No padezco una fobia específica hacia los gatos, pero
verme rodeado de decenas de aquellos bichos polvorientos no fue una situación
demasiado reconfortante, de modo que, en cuanto terminé el café, me levanté.
Esto de los animales
callejeros en Egipto merece un comentario aparte. Por donde quiera que vayas
encuentras perros callejeros. En unos casos se mueven en bandadas que, a veces,
sufren crisis momentáneas con carreras y ladridos que duran apenas unos
segundos. En otros casos, es frecuente encontrar perros que yacen desparramados
sobre el suelo, con las extremidades laxas y el cuello torcido en un ángulo
extraño, dando la impresión de que la vida se les hubiera escapado de repente.
En todos los casos se trata de animales de tamaño mediano, de aspecto famélico,
de un color como de arena polvorienta, que parecieran haberse escapado de un
relieve faraónico desportillado.
Cuando terminó el
tiempo libre nos fuimos agrupando poco a poco en la salida del templo, bajamos
al embarcadero y tomamos el camino de la actividad extra que habíamos convenido
con el guía.
La primera estación
de la actividad extra fue una visita a una fábrica de esencias de
perfumes. Nos recibieron en una sala donde una chica en un español aceptable nos
dio algunas explicaciones y nos pasó a probar el aroma de algunas esencias.
Compramos cuatro botes pequeños de diferentes esencias que creo que nos
costaron cerca de 100 euros y lo que puedo decir tras volver a casa es que no
parecen tener la intensidad aromática que pregonaba la chica que nos atendió.
A continuación, nos
dirigimos a la Mezquita Tabea. Se trata de un edificio contemporáneo que
se asienta rotundo en una colina, y que puede verse de noche desde lejos,
debido a que sus altos minaretes se encuentran iluminados. Desde un punto de
vista histórico o artístico no nos llamó especialmente la atención. Lo más
notable de esta visita fueron las explicaciones sobre la práctica religiosa y
otras costumbres islámicas que en su interior nos brindó Wagdy, nuestro guía.
Con mis ojos europeos occidentales, de los comentarios que sobre la religión
había hecho Wagdy a lo largo del viaje había llegado a la conclusión de que, si
no era un piadoso musulmán, al menos, era un fiel practicante. La visión del islam
que nos transmitía rompía algunos de los tópicos que sobre la religión
musulmana y el islamismo tenemos en Europa; o al menos, de las ideas que yo
tengo sobre el asunto. Una de las afirmaciones más impactantes que pudimos oír
de su boca es que, según el Corán, para ser un buen musulmán, hay que amar a
judíos y cristianos. A mí me parecía que lo que pretendía transmitirnos era una
visión edulcorada de su religión. Y, además, lo hacía con inteligencia o, al
menos, con intención, porque sus comentarios solían dirigirse como proyectiles a
la línea de flotación de todos los tópicos que solemos manejar sobre el islam: el
sojuzgamiento de las mujeres, la poligamia, el odio al infiel… Al oírle perorar
sobre su religión cualquiera diría, no solo que no sabemos nada sobre los
musulmanes, sino que lo poco que sabemos es erróneo. Aquella noche en la
mezquita trató de explicarnos las razones por las que las mujeres rezaban
separadas de los hombres por un muro. En palabras de Wagdy, se trataría de
evitar la provocación que a los hombres les supondría contemplar a las mujeres
en la rendida postura que los fieles musulmanes emplean para rezar. Con lo
fácil que sería rezar de pie o sentado. Y, además y más importante: lo
relevante no es dónde y cómo rezan las mujeres en las mezquitas, sino las
escasísimas mujeres que acuden a los templos, fenómeno que no deja en buen
lugar a esta religión, se mire por donde se mire.
La última estación de
nuestra actividad extra del día fue la visita al Mercado de Aswan. El
guía le llamó a aquello mercado de las especias, pero, la verdad es que, ni se
trataba de un mercado, entendido como un recinto como los que nosotros
conocemos, ni era de las especias, a salvo de algunos (escasos) puestos o
tiendas de especias que vimos por allí. La actividad extra incluía la visita a
un cafetín que, por cierto, era de los locales con mejor aspecto que había en
aquella zona de la ciudad, en el que íbamos a ser invitados a un zumo. Wagdy
nos dio toda clase de garantías sobre la salubridad de las bebidas de aquel
local, de modo que rompí mi promesa y me zampé un zumo de fresas (deseando no
tener que lamentarlo) que sabía vagamente a lo que pregonaba. Tras los zumos,
Wagdy nos dio media hora para deambular por el mercado. Yo la dediqué a
recorrer la calle del cafetín, que parecía la principal de aquella zona
comercial (luego he visto en el mapa que se llama Al Hadadin), en busca de una
tienda de electrónica para comprar un cable para el cargador de mi cámara de
fotos, que había olvidado en casa. Cuando llevaba recorridos no menos de 500
metros de calle, sin que se vislumbrara su final, decidí dar la vuelta.
Una vez que estábamos
todos, tomamos el camino del autobús, que nos llevaría de nuevo al barco para
cenar y pasar la última noche a bordo.
Durante la cena se
corrió la voz de que esa noche habría en el barco una representación del baile
de la danza del vientre, a cargo de una danzarina autóctona, de modo que allí
nos dirigimos algunos.
Para nuestra
sorpresa, en lugar de una bailarina en paños menores, lo que apareció fue un
bailarín con una falda muy amplia y colorida que se abre formando un círculo
mientras gira continuamente sobre sí mismo, sosteniendo, además, discos
decorados con dibujos en espiral. La vestimenta y la danza recuerdan vagamente
a los derviches turcos, aunque en este caso con vivos colores, en lugar de la vestimenta
blanca de los turcos. Nadie nos explicó nada, pero era evidente que el derviche
estaba representando alguna clase de acción dramática, por sus gestos teatrales
y porque al final de su baile, algunos de los elementos que llevaba en las
manos se convirtieron en lo que parecía un bebé arropado, que le entregó a una
de las espectadoras, mientras el bailarín recorría las mesas de la cafetería
haciendo girar por encima de su cabeza y de la de los ocupantes de las mesas la
falda, que se había soltado de la cintura y revoleaba a toda velocidad.
Cuando terminó el
espectáculo del derviche entró en la sala un individuo vestido con ropajes
orientales indefinidos, que comenzó a hacer equilibrios con una vara en su
cabeza bastante aburridos, a los que invitó a algunos espectadores. La verdad
es que carecía del más mínimo interés. Finalmente, sí entró la bailarina de la
danza del vientre, que realizó sus insinuantes evoluciones por el pasillo del
salón y luego invitó a bailar con ella a los pasajeros que consintieron. Entre
los que accedieron debemos contar a Cristina y Américo y a Marcela, que
tuvieron aquella noche su momento de gloria.
Así terminó el último
día en el barco de crucero por el Nilo.
DÍA
20. Aswan-Abú Simbel-Aswan-El Cairo.
A las siete y media
de la mañana teníamos que estar listos para salir, con las maletas preparadas y
las bebidas pagadas en la recepción del barco. Salimos en autobús hacia Abú
Simbel, en un viaje que pensábamos que duraría más de cuatro horas, pero que al
final duró poco más de tres, incluyendo una parada técnica de la que hablaré
después. Que la duración del viaje fuera inferior a la prevista se debió sin
duda a que era viernes y, por tanto, festivo en Egipto. Por ello, el tráfico en
Aswan y en la carretera a Abú Simbel fue muy inferior al que habría habido en
un día laborable.
Cuando queda atrás
Aswan, el paisaje urbano desaparece y comienza la inmensidad. La carretera
hacia Abu Simbel es una línea recta que corta el desierto nubio como una
cicatriz perfecta. No hay curvas ni montañas que distraigan la mirada, solo
horizonte, arena dorada, piedra oscura y ondulaciones suaves. En paralelo a la
carretera discurre una línea de alta tensión con sus enormes postes de acero. De
vez en cuando, cerca de la carretera, se ve una aldeucha con media docena de chabolas
colocadas bajo los cables de alta tensión y con placas solares en sus tejados.
Mientras viajaba por
el árido e inclemente desierto que atraviesa esta carretera que une Aswan con
Abu Simbel echo de menos con temprana nostalgia las tres jornadas anteriores,
en las que nuestra vía de navegación había sido el caudaloso cauce que
atraviesa la feraz vega del Nilo.
Dentro del autobús
reina la calma. Algunos viajeros duermen con la cabeza apoyada en la ventana;
otros observan en silencio el árido paisaje. De vez en cuando, aparece un
puesto de control militar, recordatorio de que esta ruta fue durante años un
trayecto en convoy por seguridad. El conductor reduce la velocidad, intercambia
saludos breves, y el viaje continúa.
Cruzamos algunos
canales que transcurren perpendiculares al trazado de la carretera, alguno de
unos 50 metros de anchura y muy caudaloso. Esto explica la aparición de algunas
manchas verdes en el horizonte y de artefactos de riego por aspersión compuestos
por una sucesión de arcos que parecen las costillas de un animal prehistórico.
Se trata, según Wagdy, de una decidida política de desarrollo agrario
desplegada por el actual gobierno egipcio.
Cuando no llevamos ni
dos horas de travesía Wagdy nos anuncia una parada técnica. Nos bajamos en una
venta, el Sarab Cofee Shop, en el que pudimos tomar unos cafés de sabor más que
aceptable y pasar al baño. Debe de ser el único lugar en el que hacer una
escala, en los 280 kilómetros que separan Aswan de Abú Simbel.
A las tres horas y
veinte minutos aproximadamente llegamos al parking de autobuses de los templos
de Abú Simbel.
Wagdy había hecho
referencia en días anteriores a la iniciativa de la UNESCO para salvar, entre
otros, los templos de Abú Simbel. Hay que reconocer que esta circunstancia
cambia la manera de mirarlos: no están exactamente donde estuvieron siempre. En
los años sesenta, cuando la construcción de la Presa Alta de Aswán iba a anegar
toda esta zona bajo las aguas del lago Nasser, se organizó una campaña
internacional sin precedentes para salvarlos. Piedra a piedra, los templos
fueron cortados en bloques gigantes, trasladados unos metros más arriba y
reconstruidos con la misma orientación y la misma disposición que habían tenido
desde el siglo XIII a. C. Saber que lo que uno ve es original, pero a la vez
recolocado o reconstruido añade una capa de asombro: no solo son un milagro
antiguo, también lo son moderno.
Templo de Ramsés II
en Abú Simbel
Llegar a Abu Simbel
impresiona incluso antes de distinguir las figuras. El paisaje es seco,
abierto, casi lunar, y de pronto, como si emergieran de la propia montaña,
aparecen las fachadas talladas en la roca.
El templo principal,
dedicado a Ramses II, es sencillamente abrumador. Cuatro colosos sentados
custodian la entrada, cada uno de más de veinte metros, con esa expresión
hierática que parece desafiar al tiempo. De cerca, ya no son solo gigantes: se
ven los detalles de las coronas, los relieves en las piernas, las pequeñas
figuras a sus pies —reinas, príncipes, princesas— que, aun siendo de tamaño
humano, parecen miniaturas junto al faraón.
Al entrar, el
contraste es radical: del sol blanco del desierto a una penumbra fresca, casi
solemne. Las columnas con forma de Ramsés divinizado se alinean como una
guardia eterna. Las paredes están cubiertas de multitud de dibujos y escenas
bélicas y religiosas que resulta imposible retener y describir, algunas de una
rara perfección y belleza, que parece mentira que se hayan mantenido durante
tantos siglos y hayan resistido al traslado.
El sanctasanctórum al
fondo impresiona. Las estatuas de los dioses —incluido el propio Ramsés II deificado—
reciben, dos veces al año, un rayo de sol que penetra hasta el interior e
ilumina casi todas las figuras. Lo que resulta fascinante no es tanto pensar
que tras el traslado se haya logrado mantener ese fenómeno solar con una
precisión casi intacta; sino que los antiguos egipcios dispusieran de las
técnicas precisas para conseguir ese alarde arquitectónico, astronómico y
simbólico. Porque lo cierto es que ese rayo de luz, al iluminar a Amón-Ra,
Ra-Horajti y al propio Ramsés divinizado, convertía el fenómeno astronómico en
un mensaje político y religioso: el faraón no solo gobernaba Egipto, sino que
estaba en armonía con el orden cósmico. El universo confirmaba su legitimidad.
Y, además, que Ptah quedara en la sombra reforzaba aún más el simbolismo, ya
que era una divinidad vinculada al mundo subterráneo y a lo oculto; en definitiva,
al mal y a la oscuridad.
A pocos pasos del
Templo de Ramsés II, el templo dedicado a Nefertari tiene otra atmósfera. Es
más pequeño, sí, pero no menos impactante. La fachada muestra seis estatuas
colosales: cuatro de Ramsés y dos de Nefertari. Lo extraordinario es que la
reina aparece con un tamaño casi igual al del faraón, algo muy poco común en el
arte egipcio. Podemos decir que nos hallamos ante una declaración de amor
tallada en la roca.
El interior de este
templo es más delicado, aunque no de menor belleza y espectacularidad artística
que el anterior. Las paredes muestran escenas más íntimas y rituales, con
colores que, pese a los siglos, aún conservan intensidad en algunas zonas. Me
dio la sensación de estar en un espacio menos grandilocuente y más refinado,
como si el templo hablara más de devoción que de poder.
Al salir, decidí
acercarme al mirador que se asoma a la inmensidad del Lago Nasser. Con ello,
además, lograba contemplar las fachadas de ambos templos con perspectiva. Me
detuve a observarlos serena y tranquilamente, sin las urgencias con las que a
veces nos vemos obligados a movernos los turistas y quedé sobrecogido. No solo
por la monumentalidad, sino por la conciencia de estar ante algo que ha
sobrevivido a imperios, invasiones, arena, agua y hasta a su propio
desmantelamiento y traslado. Abú Simbel no es solo una visita arqueológica: es
una lección sobre la ambición humana, la memoria y la capacidad —antigua y
moderna— de desafiar al olvido.
Templos de Ramses II
y de Nefertari en Abú Simbel
Con esa conciencia me
dirigí sin prisas hacia la cafetería, paso previo a nuestro viaje de vuelta en
autobús, esta vez en dirección al aeropuerto de Aswan, desde donde nos
trasladaríamos a El Cairo, para la segunda etapa de nuestro viaje. Aquí, a
pocos kilómetros de la frontera de Sudán,[7] terminaba la abrumadora primera
etapa, en la que habíamos recorrido, por vía fluvial y terrestre, los 500
kilómetros del cauce del Nilo desde Luxor hasta Abú Simbel sumergiéndonos en el
arte y la cultura del antiguo Egipto hasta quedar cautivados.
Llevábamos unas
bolsas de picnic que nos habían dado en el barco para el almuerzo y decidimos hacer
un alto en el mismo lugar de la parada técnica que habíamos hecho en el viaje
de ida, para dar cuenta de las viandas. Cuando abrimos las bolsas recibimos la
desagradable sorpresa de la pobre (pobrísima) calidad del almuerzo que nos
habían dispuesto. Tomamos un café y volvimos al autobús para completar el
viaje. Al llegar al aeropuerto con tres horas de adelanto respecto de la salida
del vuelo supimos que llevaba una hora de retraso. Tener que pasar 4 horas de
espera en el aeropuerto de Aswan no es plato de gusto. No hay nada que hacer
allí, apenas hay tiendas y el único establecimiento de comidas de toda la
terminal sólo servía unas porciones de pizza perfectamente olvidables.
Al llegar a El Cairo,
mientras esperábamos los equipajes, Paco Otal se percató de que se había dejado
las gafas graduadas en el avión. Wagdy, que reside en El Cairo y hay que
suponer que tenía prisa por llegar a casa, ya que llevaba toda la semana fuera,
se movió a toda velocidad para recuperar las gafas. Y, menos de quince minutos
después estaban ya en poder de su propietario, entregadas por una empleada del
aeropuerto o de la compañía aérea. Cuento esta anécdota como una muestra de la
extrema eficacia que desplegó nuestro guía a lo largo de todo el viaje.
Debido a la oscuridad
de la noche y a la escasa iluminación poco pudimos concluir de lo que vimos
desde el autobús mientras recorrimos las autopistas y avenidas hasta nuestro
hotel, el Hotel Hilton Cairo Gran Nilo, un edificio de más de cuarenta plantas
con un restaurante circular en la cúspide.
El lobby del hotel es
impresionante y debió deslumbrar a los visitantes cuando se inauguró. Las
habitaciones son magníficas, de buen tamaño y gozan de excelentes vistas sobre
el Nilo, al menos la nuestra, pero necesitan una modernización, especialmente
su instalación eléctrica y su bañera.
Esa noche no teníamos
concertada la cena en nuestro viaje. No sé qué hizo el resto de la expedición,
pero yo solo tenía ganas de coger la cama, tras una jornada con pesadas esperas
y largos viajes en autobús, de modo que excusé la cena y me fui a dormir. Estábamos
citados, ya desayunados, a las siete y media del día siguiente, para una nueva
e intensa jornada turística.
DÍA
21. Giza-Pirámides-Gran Museo-Barrio Antiguo
Giza.
La Esfinge y las pirámides de Keops, Kefrén y Micerinos.
El área donde se
encuentran las tres grandes pirámides de Keops, Kefrén y Micerinos es un enorme
recinto que cuenta con un gran edificio de acceso, donde se forman unas ingentes
colas de visitantes, a los que se les exige acreditar que disponen de sus
entradas, pasar sus bolsos por un escáner, cruzar un arco de metales y ser
cacheados. Realmente nos encontrábamos ante uno de los lugares más famosos de
la tierra. Pocos sitios o monumentos son tan conocidos y constituyen tan extraordinario
icono de atracción turística universal como las pirámides de Giza, de modo que
no era de extrañar la impresionante aglomeración humana que allí se
concentraba.
En todos o casi todos
los monumentos que visitamos se repetían los mismos trámites del escáner y del
arco de metales. Nosotros nos divertíamos al percatarnos de que, casi sin
excepción, esos controles se habían convertido en algo tan rutinario que nadie
parecía prestarles la atención que se debe prestar a unas medidas de seguridad
que merezcan tal nombre. Reiteradamente, en la pantalla de los escáneres, o no
había nadie al cargo o quien lo estaba la miraba distraídamente, si es que la
miraba y, constantemente, los arcos de metales pitaban y mostraban luces rojas
al paso de las personas, sin que a nadie pareciera inquietarle. Wagdy, el guía,
repitió muchas veces durante el viaje que Egipto era un país muy seguro, y no
dudo de que así sea, pero no será por el rigor con el que se controlan los
accesos a los monumentos.
Por otro lado, fuera
de los distintos controles de carretera que pasamos no se ven por la calle
demasiados policías uniformados y los que se ven parecen aquejados de una
indolencia infinita que parece tenerlos adormilados. Sí hemos identificado lo
que hemos considerado policías de paisano. Siempre con el mismo patrón: un
chico joven con traje y corbata, bien peinado y rasurado y con un enorme
pistolón que le levanta por detrás el faldón de la americana.
Sea como sea, subjetivamente
nunca nos hemos sentido inquietados por ninguna circunstancia que afectase de
algún modo a nuestra seguridad.
Cuando pasamos los
controles del recinto de Giza nos volvimos a subir al autobús, que nos acercó a
las inmediaciones de la Esfinge. Desde lejos parece imponente, pero al
acercarte entiendes realmente su escala y su misterio.
Tallada directamente
en la roca hace más de 4.500 años, con cuerpo de león y rostro humano, parece
que representa al faraón Kefrén y transmite una mezcla de serenidad y poder.
La Esfinge de Giza
Me impresionó
especialmente verla con la Pirámide de Kefrén al fondo. Esa imagen, tan
icónica, cobra una dimensión distinta cuando estás allí en persona. Todo el
complejo de Guiza transmite grandeza y una sensación de conexión directa con el
Antiguo Egipto.
Es imposible no
preguntarse cómo pudieron construir algo así con los medios de la época. Te
quedas mirándola en silencio, intentando imaginar la vida hace milenios, los
rituales, el trabajo de los artesanos, la devoción de quienes la erigieron. La
Esfinge no solo es una maravilla histórica, es una experiencia emocional, te
hace sentir pequeño frente al tiempo, pero privilegiado por poder contemplarla.
A continuación, el
autobús nos dejó en un punto más o menos equidistante entre las dos grandes pirámides
de Keops y Kefrén. Nuestro tique de acceso nos permitía la entrada a una de las
pirámides, la de Micerinos. Realmente, según nos dijo el guía, nunca están
abiertas simultáneamente las tres pirámides, sino que se van turnando con una
finalidad de conservación.
Pirámide de Kefrén
Decidí no entrar en la
pirámide. Sinceramente, no me parecía que compensara la penosidad de avanzar
casi a gatas por pasadizos estrechos y calurosos para luego no ver gran cosa en
el interior. Prefiero admirarlas por fuera, donde realmente muestran su
grandeza.
Así que rodeé una de
las grandes —probablemente la Pirámide de Keops o la Pirámide de Kefrén;
confieso que allí todo parece tan colosal que cuesta distinguirlas con
seguridad— y caminar junto a esos bloques de piedra gigantescos fue
impresionante. Ver de cerca el tamaño real de cada piedra que compone la
pirámide cambia totalmente la percepción que uno tiene al verlas en fotos. Y
hace que te preguntes, como antes que tú millones de personas durante la
historia de la humanidad, cómo demonios fueron construidas.
Algunos de mis
compañeros de viaje sí entraron en la Pirámide de Micerinos, la más pequeña de
las tres, y salieron comentando el calor y lo estrecho del recorrido. Yo,
mientras tanto, aproveché para hacer fotos desde distintos ángulos, buscar
perspectiva alejándome un poco y contemplar el conjunto completo en el
horizonte del desierto.
Creo que fue la
decisión acertada para mí: disfrutar del exterior, rodearlas, sentir su escala
real y observar cómo cambian según la luz y la distancia. A veces no hace falta
entrar para sentir la magnitud de algo tan antiguo. Solo estar allí, caminando alrededor
de esas moles de piedra levantadas hace más de cuatro mil años, ya es una
experiencia que impresiona profundamente.
Pirámide de Keops
Al terminar la visita
a las pirámides el autobús nos llevó al cercano Gran Museo Egipcio, situado en
la misma meseta de Giza. Concebido como el mayor museo arqueológico del mundo
dedicado a una sola cultura, alberga decenas de miles de piezas del antiguo
Egipto y ha sido diseñado para estar a la altura simbólica y arquitectónica de
su contenido.
Su edificio, de
líneas geométricas contemporáneas, inspiradas en la forma del triángulo y la
piedra del desierto, combina vidrio, acero y alabastro en una estructura
colosal que dialoga visualmente con el horizonte de las pirámides. Desde el
vestíbulo y varias terrazas se contempla directamente la silueta de las
pirámides de Guiza, creando una continuidad emocional entre los objetos
expuestos y el paisaje original que los vio nacer.
Por tanto,
conceptualmente no se trata de un museo aislado en una capital moderna, sino de
un espacio integrado en el mismo entorno arqueológico. La experiencia es casi
ritual: el visitante contempla estatuas, relieves y sarcófagos sabiendo que, a
escasas decenas de metros se alzan las estructuras funerarias para las que
muchos de esos objetos fueron creados.
Esta instalación
había sido muy publicitada en los medios de comunicación en los últimos meses,
de modo que a todos nos embargaba un cierto estado de excitación cuando nos
dirigíamos a la entrada del museo. Sabía que se trataba de una exposición grandiosa
del arte del Egipto antiguo, con numerosas salas y espacios expositivos en los
que se muestran miles de piezas de inmenso valor histórico y artístico. Por
eso, además de la excitación, yo me sentía abrumado y un tanto perplejo pensando
que me enfrentaría a algo que requeriría muchas horas, quizá varios días para
su completo aprovechamiento. Y nosotros apenas íbamos a estar allí dos o tres
horas. Es cierto que tampoco me apetecería pasar, aunque pudiera, tanto tiempo
como el que sería necesario para conocer, aunque fuera solo lo más importante
del museo. De modo que entré con esas sensaciones encontradas, dispuesto a
sacarle el mejor provecho posible a la visita.
Estatua de Ramsés II
en el vestíbulo central del Gran Museo Egipcio
La entrada en el
recinto del museo se hace a través de un enorme patio, en el que se encuentra
un gran obelisco de Ramsés II, como suspendido sobre un templete de mármol
negro en el que se ha grabado la palabra Egipto en 72 idiomas, según Wagdy, con
el objetivo de dar la bienvenida a visitantes de todos los rincones del
planeta, subrayando que el legado de Egipto pertenece a toda la humanidad.
Wagdy se esforzó en
explicarnos algunas pocas cosas, tanto en la planta baja, como a lo largo de la
monumental galería central por la que se asciende a las plantas y salas
superiores, con gran comodidad, merced a unas plataformas mecánicas.
Dominando el
vestíbulo principal de la planta baja se alza la monumental estatua de Ramsés
II, de más de 3.000 años de antigüedad. Tallada en granito rojo y de
dimensiones colosales, representa al faraón como encarnación del poder y la
estabilidad del Estado.
Su ubicación no es
casual: el visitante entra bajo la mirada de uno de los soberanos más poderosos
del imperio egipcio. La escala de la escultura dialoga con la escala del
edificio, creando una experiencia de grandeza que recuerda la intención
original de estas obras: impresionar, legitimar y eternizar.
Desde el vestíbulo
parte una galería monumental ascendente, flanqueada por decenas de estatuas
reales, divinas y colosales. Este recorrido actúa como una procesión
museográfica: el visitante asciende simbólicamente a través de la historia
dinástica egipcia. La escalinata, por tanto, no es solo un elemento funcional,
sino narrativo. Conecta niveles cronológicos y ofrece perspectivas dramáticas
hacia el exterior, donde las pirámides reaparecen como telón de fondo. Wagdy se
detuvo en algunas de ellas, de Hatshepsut, Akenatón, Tutmosis III, Amenhotep
III…, en las que pudimos admirar su perfección artística y su excelente estado
de conservación.
Al llegar a la planta
superior nos detuvimos con interés a contemplar numerosas pequeñas esculturas
moldeadas en madera, barro y piedra, en las que se representan escenas de la
vida cotidiana, como amasar pan o abanicar el fuego. También había
representaciones de personajes menores de la vida egipcia, entre los que me
llamó especialmente la atención la estatua sedente con las manos extendidas,
probablemente de un escriba o funcionario de rango medio. El deterioro de esta
estatua permite conocer su modo de elaboración y lo más notable de la misma es
la intensa mirada que entabla el escriba con el espectador, a través de sus
ojos de vidrio incrustados.
Cabeza de la estatua
del escriba en el Gran Museo Egipcio
A esas alturas de la
visita ya empezaba a padecer un cierto embotamiento de piezas arqueológicas, de
modo que me pareció un buen criterio que Wagdy nos dirigiera hacia el tesoro de
Tutankamón, para terminar de emborracharnos con las riquezas y la enorme
variedad del arte egipcio antiguo.
Este es el punto
culminante del museo, la colección completa del tesoro de Tutankamón, expuesta
de manera integral por primera vez. Más de cinco mil objetos acompañaron al
joven faraón en su tumba: la célebre máscara funeraria de oro, auténtica Gioconda
del Gran Museo, el trono dorado, los sarcófagos encajados unos dentro de otros,
los carros ceremoniales, las joyas y toda clase de objetos cotidianos: sandalias,
guantes y prendas de lino, bastones y varas de paseo, juegos de mesa, cofres y
cajas personales, cosméticos y utensilios de tocador, armas y equipo de caza, alimentos
y vino, camas y otros muebles, etc. Cualquier cosa que uno pueda imaginar que pudiera
ser necesaria en el tránsito entre este mundo y la vida eterna.
Este conjunto no solo
deslumbra por el oro y la artesanía exquisita, sino porque ofrece una
instantánea intacta del mundo funerario real del Egipto antiguo. Es el relato
más completo que poseemos sobre la concepción egipcia de la muerte como
tránsito hacia la eternidad.
Para terminar nuestra
visita, nos dirigimos a una nave anexa del propio museo, en la que se exhibe una
de las piezas más extraordinarias de su colección, la barca solar de Keops,
hallada en 1954 enterrada en una fosa junto a la Gran Pirámide de Giza. Es una
embarcación de madera, desmontada en la antigüedad y cuidadosamente depositada
en más de mil piezas. Está fechada alrededor del 2.500 a.C., tiene una longitud
de unos 43 metros y está construida principalmente con madera de cedro del
Líbano y ensamblada con cuerdas y espigas, sin clavos metálicos.
Se interpreta como
una barca solar ritual destinada a acompañar al faraón en su viaje junto al
dios Ra por el cielo y el inframundo. La nave, por tanto, no es solo un objeto
náutico: es una máquina ritual para la eternidad. Algunos estudios sugieren que
pudo navegar realmente en el Nilo antes de su enterramiento ceremonial.
Máscara funeraria de
Tutankamón en el Gran Museo Egipcio
Cuando terminó la
visita al Gran Museo nos dirigimos a comer a un restaurante concertado por el
guía. Del tema gastronómico ya he hablado por encima, cuando me referí a la
comida del barco. Ninguna de las comidas del viaje ha tenido una calidad extra,
no hemos ido a ningún restaurante calificado. Todo han sido bufés con platos,
digamos, no demasiado étnicos. Este almuerzo fue uno más de ese tenor, aunque
quizá el de mejor calidad de los que tomamos durante el viaje. En cuanto a las
bebidas, en El Cairo y aunque parezca mentira, solo pudimos tomar cerveza sin
alcohol los dos días completos que anduvimos por allí. No sé si es la práctica
común o se debe a que estábamos en pleno Ramadán.
A la vuelta del
restaurante había una tienda de papiros en la que pudimos contemplar una
demostración de la elaboración de un papiro desde el tronco de la planta y
quien quiso pudo comprar papiros de recuerdo. Había una variedad verdaderamente
notable de colores, formas y tamaños. Había hasta un papiro con el escudo del
Real Madrid.
Volvimos al hotel
para descansar un rato antes de volver a tomar el autobús para una visita al centro
histórico de El Cairo, donde además cenaríamos. El autobús se iba acercando al
casco antiguo y ya vislumbrábamos desde la ventanilla su carácter y su enorme
extensión. Nos bajamos junto a una de las puertas de la muralla medieval, por
la que entramos sumergiéndonos en un formidable dédalo de calles, callejas y
callejones donde se sucedían tiendas, puestos de comida, pequeñas y grandes mezquitas,
que conservan la atmósfera medieval casi intacta.
Calle del casco
histórico de El Cairo
El centro histórico
de El Cairo, conocido también como El Cairo Islámico, es uno de los conjuntos
urbanos islámicos más importantes del mundo. Aquí nos topamos con minaretes, fachadas
de piedra tallada con inscripciones coránicas, celosías de madera, portales
monumentales de las épocas mameluca y fatimí.
Caminar por este
laberinto de estrechas calles vibrantes es como recorrer un museo al aire
libre. El barrio no es solo histórico, sino que está lleno de vida cotidiana: comerciantes
vendiendo especias, lámparas de latón y perfumes, talleres artesanales de cobre
y madera, cafés tradicionales donde los parroquianos fuman en narguile. El
bullicio es constante, en los sonidos de la calle se mezclan llamadas a la
oración, conversaciones en árabe, a veces altisonantes con los cláxones de
coches y motos que con aparente riesgo serpentean entre la masa de peatones que
deambula por las calles.
El centro histórico
de El Cairo es caótico pero fascinante, intenso, con tráfico, gente y comercio
constante. Aparentemente auténtico y lejos de la modernidad. Es un lugar donde
la historia no está aislada en monumentos, sino que forma parte del día a día.
Nos sentamos a cenar
en el restaurante Mamai, en una amplia terraza bajo una bonita arquería que
recordaba vagamente a la Mezquita de Córdoba, aunque los arcos eran ojivales y
no de herradura, como los califales. La terraza estaba amenizada, es un decir,
por un par de músicos que tocaban en directo desde una terraza en alto, a un
volumen algo desagradable. Nada puedo destacar de la comida. Solo la curiosidad
de que, para comernos un pegajoso pastel nos facilitaron a cada uno un
sobrecito con un par de guantes como los de las gasolineras, para no pringarnos
las manos.
Tras salir del
restaurante nos sentamos en un cafetín a tomar té o café egipcio en unas sillas
que de modo inverosímil ocupaban parte de una calleja transitada por centenares
de personas. Después, Wagdy nos llevó al bazar de Jordi, una tienda de
múltiples baratijas sin valor alguno, cuya peculiaridad consistía en que los
precios de los artículos eran fijos y no sujetos a regateo.
Tras salir de casa
Jordi nos encaminamos al autobús. Al arrancar, Wagdy nos advirtió de que las
emociones del día no habían terminado y de que nos preparáramos para vivir una
nueva experiencia singularmente cairota. Lo que ocurrió a continuación fue casi
una escena de realismo mágico egipcio sobre ruedas.
El autobús —un
vehículo de 50 plazas, alto, ancho y pensado para autopistas— se adentra con
parsimonia en una calle que, a simple vista, parece diseñada para peatones,
tenderetes y quizá alguna moto, pero no para semejante mole. Desde el
parabrisas se ve un río humano fluyendo entre puestos iluminados en verde,
mercancías colgando, mesas invadiendo el pavimento y una perspectiva que se
estrecha hasta lo improbable. El contraste es casi teatral, la tecnología del
panel digital y el interior climatizado frente a un zoco vibrante y ancestral.
Cuando el autobús
gira noventa grados a la izquierda la tensión aumenta. Ya no es solo avanzar,
es negociar cada centímetro. Maniquíes con vestidos rozando el cristal,
lámparas doradas reflejándose en las ventanas, telas, figuras, cestas… todo
expuesto literalmente a la altura del retrovisor. Los peatones no se apartan
del todo, simplemente se adaptan, como si el autobús fuera un elemento más del
mercado. Una niña con una bolsa camina ajena al desafío mecánico que tiene
lugar a escasos centímetros. Yo describiría la maniobra como una coreografía
milimétrica entre ingeniería moderna y caos medieval. Un ejercicio de precisión
quirúrgica en un entorno que parece negarse a admitir vehículos de ese tamaño. Un
elefante danzando en una tienda de porcelana, sin romper nada. Lo más
fascinante es la naturalidad del entorno, nadie parece sorprendido. El autobús
no irrumpe, se integra. Es como si esas calles del Cairo Islámico tuvieran una
lógica propia donde lo imposible simplemente se vuelve cotidiano.
Maniobra del autobús
en el casco histórico de El Cairo
Creo que casi aplaudimos
cuando terminó la maniobra. Seguimos pasando por calles y calles llenas de
gente por todas partes. No sé si habrá otra ciudad en el mundo con tanta gente
en la calle un día corriente a las once la noche. Finalmente llegamos al hotel
con la sensación, hablo de la mía, de que me había sabido a poco la visita al
casco histórico de El Cairo. Me quedé con la idea de transmitir esta sensación
a la agencia de viajes, para que lo tenga en cuenta en futuros programas.
El último día de turismo
en Egipto lo iniciamos precisamente visitando unos de los restos más antiguos
del Egipto faraónico. Probablemente los más célebres dentro de los más
antiguos. Y no me defraudaron.
Wazdy nos pidió que,
antes de fijarnos en la Pirámide Escalonada, nos centráramos en lo primero que
llamó nuestra atención, que fue una sala o patio de columnas, situada en la
entrada monumental del complejo funerario del faraón Zóser (III Dinastía, hacia
2667–2648 a.C.), diseñado por su arquitecto Imhotep.
Pirámide Escalonada o
de Zóser en Saqqara
Es un corredor
columnado que conduce al interior del recinto sagrado. Originalmente estaba
compuesto por 40 columnas acanaladas adosadas a muros laterales y marca la
transición de construcciones en adobe a estructuras permanentes en piedra. Allí
nos hicimos unas fotos, semiocultos cada uno tras una columna y un vídeo en el
que Wagdy nos pidió que nos ocultáramos completamente y diéramos un salto cuándo
él diera la orden y salió una bonita escena que nos hará sonreír en el futuro
cuando volvamos a verla.
Este corredor de
columnas forma parte del conjunto que incluye la Pirámide escalonada de Zóser,
considerada la primera gran construcción monumental en piedra de la historia de
la humanidad y el prototipo de todas las pirámides egipcias posteriores.
Como nos explicó
Wagdy, antes de Zóser, los reyes eran enterrados en mastabas (tumbas
rectangulares de adobe). El arquitecto real Imhotep tuvo la idea revolucionaria
de apilar mastabas una sobre otra y el resultado fue una pirámide escalonada de
unos sesenta metros de altura y seis niveles escalonados. La forma escalonada
probablemente representa una escalera hacia el cielo, la ascensión del faraón
hacia las estrellas. Más adelante, en la IV Dinastía, esta idea evolucionaría
hacia las pirámides perfectas como las de Giza, que sin la de Zóser no
existirían. Esta pirámide es, por tanto, el punto de partida de 1.000 años de
arquitectura piramidal.
La pirámide no es un
edificio aislado, sino que forma parte de un enorme recinto amurallado, que
incluye templos, mastabas, la sala de columnas de la que ya hemos hablado,
capillas rituales y todo ello rodeado por una muralla monumental no menos
fascinante.
Me detuve con
curiosidad a examinar los paños de esta muralla que aun sobreviven. La muralla
está construida con unos bloques poligonales con aristas perfectas, ensamblados
con piezas trapezoidales no menos perfectas. Tan perfectos nos parecieron los
bloques de piedra que componen la muralla, que dimos por sentado que se trataba
de bloques de mármol. Documentándome en Internet para escribir estas líneas he
podido concluir que esa construcción no está hecha de mármol, sino de una
piedra caliza particularmente dura. Pudimos comprobar que la perfección de los
bloques de piedra con los que estaba construida la muralla se extendía a su
propia ejecución, compuesta por entrantes y salientes perfectamente alineados.
Estamos hablando de una obra realizada hace más de 4.500 años.
El guía nos comentó
que todo el complejo funerario estaba conectado por cinco kilómetros de galerías
subterráneas y que bajo la propia pirámide de Zóser hay un complicado laberinto
subterráneo.
Decidí entrar en la
galería subterránea de la pirámide del faraón Unas, último rey de la V dinastía
(2.450 a. C., aproximadamente), que fue el primero en cubrir las paredes de su
pirámide con textos funerarios completos. Me animó a entrar que el recorrido
que había que hacer agachado era de solo 17 metros. Y me alegré; al final del
túnel se abre una sala en la que se puede contemplar de pie la abigarrada
decoración repleta de jeroglíficos que hay en el interior de esta pirámide.
Finalmente, visitamos
la mastaba de Ti, un alto funcionario de la V dinastía, supervisor de pirámides
y propiedades reales. Su tumba es famosa porque tiene algunos de los relieves
mejor conservados de todo Saqqara, que representan con enorme detalle la agricultura,
la pesca, la navegación, la ganadería y los talleres. En esta tumba aparecen
algunas de las representaciones más naturalistas de animales del arte egipcio
antiguo. Por razones personales que no vienen al caso, a mí me cautivó
especialmente un relieve en el que se representa a un cocodrilo atacando a una
hembra de hipopótamo que está pariendo un pequeño hipopotamito. Este relieve y
todos los de esta tumba, representando no sólo animales, sino las escenas a las
que antes me refería, además de estar magníficamente conservados, están
ejecutados con una gran maestría.
Relieve representando
a un cocodrilo acechando a una hembra de hipopótamo pariendo
Me parece digno de
reseñar el hecho de que hacia 2450 a. C., Egipto ya tiene escultores
profesionales, talleres estatales, un canon artístico establecido y relieves
narrativos complejos.
En ese tiempo, en Europa
occidental todavía están construyendo dólmenes y menhires y las manifestaciones
artísticas no pasan de representaciones rupestres esquemáticas y algunas
piedras talladas con espirales y otros símbolos abstractos. En Europa, algo
comparable en narrativa figurativa en piedra no aparece hasta más de 2000 años
después, con el arte griego arcaico (siglo VII–VI a. C.).
Es uno de los
monumentos más famosos de El Cairo. Su nombre oficial es Mezquita de Muhammad
Ali, y se encuentra dentro de la Ciudadela de Saladino, una fortaleza histórica
que domina la ciudad.
Fue construida entre
1830 y 1848 por orden de Muhammad Ali Pasha, el gobernante que modernizó Egipto
en el siglo XIX y con el diseño del arquitecto otomano Yusuf Bushnaq.
La Mezquita de
Alabastro de El Cairo
Muhammad Ali quiso
crear un templo monumental que simbolizara el poder de su dinastía y rivalizara
con las grandes mezquitas de Estambul. El nombre popular proviene de que gran
parte del interior y la parte baja de las paredes están recubiertas de
alabastro, una piedra clara y translúcida extraída en Egipto. Este material da
al edificio un aspecto luminoso y elegante.
Como he dicho, la
mezquita está inspirada en el estilo otomano, muy similar al de las grandes
mezquitas de Estambul. De hecho, su silueta de cúpulas y minaretes recuerda
mucho a la Mezquita Azul de Estambul y, cuando uno entra a su interior, resulta
imposible no recordar el interior de la iglesia de Santa Sofía de Estambul. Hoy
mezquita exclusiva, merced a la política de islamismo excluyente del actual
sultán de Turquía Recep Tayyip Erdoğan.
La gran cúpula
central tiene unos 52 m de altura y los dos minaretes unos 82 m. Admiramos el amplio
patio con arcadas y la elegante fuente de abluciones que se encuentra en el
centro. Como nos contó Wagdy, este tipo de fuente tiene una función ritual muy
importante en el islam. Antes de entrar a rezar, los fieles deben realizar una
purificación ritual que consiste en lavar manos, boca y nariz, cara, brazos, cabeza
y pies. La fuente es de forma octogonal y está cubierta por una pequeña cúpula
sostenida por columnas, creando un pequeño pabellón abierto en el centro del
patio.
En el mismo patio se
encuentra también una torre del reloj que fue un regalo del rey francés Louis
Philippe I al gobernante egipcio Muhammad Ali Pasha. A cambio, Muhammad Ali
envió a Francia el Obelisco de Luxor, que hoy se encuentra en la Plaza de la
Concordia.
En el interior de la
mezquita destacan las enormes lámparas circulares colgantes, la decoración con
motivos islámicos y caligrafía árabe y el cenotafio de Muhammad Ali.
Al estar en la
Ciudadela, la mezquita se encuentra en una posición elevada. Desde su patio se
obtiene una de las mejores vistas panorámicas de El Cairo. En días claros
pueden verse incluso las Pirámides de Giza a lo lejos. De hecho, el día de
nuestra visita, a pesar de una densa calima que había en el ambiente,
conseguimos vislumbrar dónde estaban las pirámides. Yo fotografié el lugar
donde parecían estar y, tras aplicarle algún filtro al resultado, las pirámides
estaban efectivamente allí.
Debo reconocer que
afronté la visita al Barrio Copto de El Cairo fuertemente influido por mi
convicción de que, en lo que se refiere a la convivencia entre las religiones,
los países islámicos, Egipto incluido, se encuentran aun en la Edad Media.
Wagdy el guía se había esforzado en sus comentarios en transmitirnos una visión
del islam que yo ya he calificado aquí de edulcorada, especialmente sobre este
asunto de las religiones. En conversaciones con él le había preguntado si tenía
amigos, que lo fueran de verdad y que fueran cristianos. Me dijo que sí y le
pregunté qué pensaban ellos de los ataques con bombas que, de vez en cuando,
sufren las iglesias cristianas. Su respuesta fue que esos ataques no eran
responsabilidad de musulmanes, sino de extremistas.
Pues bien, la misma entrada
al Barrio Copto ya trasmite la idea de que entra uno en un recinto, no solo
extraño, sino separado del resto del entorno urbano, Hay que pasar el típico
control de escáner y arco de metales para entrar en él y da la impresión de que
uno baja a una catacumba. De hecho, hay que bajar unas escaleras para empezar a
recorrer las estrechas calles del barrio, que parece encontrarse, todo él, en
una cota inferior y separada o segregada de la ciudad circundante.
Es evidente que en
ese pequeño recinto no viven todos los cristianos de El Cairo, que son más del
15 por ciento de su población, pero no es menos patente que dicho recinto, como
símbolo de la cristiandad de Egipto, tiene esas connotaciones de
excepcionalidad y catacumba a las que me he referido.
La primera parada la
hizo Wagdy en un panel permanente que hay en una de las calles, en el que se
representa un mapa con las rutas de ida y vuelta del viaje a Egipto de la
Sagrada Familia. Las escrituras afirman que la Sagrada Familia huyó a Egipto
tras el decreto de Herodes el Grande para matar a los niños de Belén. Según la
tradición copta, su recorrido por Egipto duró varios años y dejó numerosos
lugares de peregrinación. Se trata de uno de los más importantes leitmotiv del
barrio y de la comunidad cristina egipcia, en general.
Luego entramos en la Sinagoga
Ben Ezra. Según la tradición local, está cerca del lugar donde la hija del
faraón encontró al bebé Moisés en el Nilo. En el siglo XIX se descubrió allí la
famosa Geniza de El Cairo, un depósito con más de 100.000 manuscritos judíos
medievales, cartas, textos religiosos y documentos comerciales, que son una
fuente fundamental para conocer la vida judía en el Mediterráneo medieval. Hoy
ya no funciona como sinagoga activa, sino como monumento histórico y museo,
porque la comunidad judía egipcia casi desapareció en el siglo XX. El vigilante
que está en la puerta ordenando el tráfico de personas va ostensiblemente
armado y es el mismo que te pide un donativo a la salida para la conservación
del monumento. Me gustó la sinagoga, su nave central sostenida en columnas de
mármol, su armoniosa arquería en el nivel superior y su bella decoración.
De ahí pasamos a la
Iglesia de San Sergio y San Baco, dedicada a estos dos mártires romanos
cristianos. Lo más relevante de la iglesia es su cripta, donde bajamos a
comprobar unas humedades que se ven tras un vidrio en el pavimento, que
supuestamente serían los restos de una fuente que habría en ese lugar, en los
primeros años de nuestra era y que fue la que animó a San José, la Virgen y el
Niño a hacer parada y fonda y a refugiarse durante un tiempo.
De allí el autobús
nos llevó a comer a un bufé en una moderna área comercial. De este almuerzo no
me quedó nada para el recuerdo. Frente al restaurante había una tienda de
algodón a la que nos acercamos con el señuelo de la reconocida calidad del
algodón egipcio. Nada de lo que allí se vendía, sobre todo camisetas, me llamó
la atención.
Nos subimos al
autobús de vuelta al hotel, sabiendo que era el último trayecto que
compartiríamos con Wagdy. De modo que aprovechamos algunos para reconocerle la
excelencia de los servicios que nos había prestado y se le entregó en nombre de
todos un sobre con una gratificación a la que habíamos contribuido
equitativamente.
Esto me da ocasión
para hablar de Wagdy. A que un viaje como el nuestro salga bien deben
contribuir muchas cosas y una de las más importantes es el guía. Debo decir que
nosotros hemos tenido mucha suerte con el guía. Wagdy ha sido una persona muy
competente, no solo en las diversas y numerosas explicaciones que nos ha ido
dando a lo largo del viaje, sino por la eficacia con la que ha gestionado todas
las cuestiones organizativas implicadas en un viaje como este, que han sido
muchas. Merece destacarse el cambio de planes respecto a la visita de Abu
Simbel, que implicó un cambio de itinerario de dos días del viaje, con sus consecuencias
sobre horarios de autobuses, salida del barco, comidas, picnic… Todo fue sobre
ruedas. Al propio tiempo, siempre supo estar en su sitio, en todos los
sentidos. No solo para que siempre nos sintiéramos seguros, al saber que él
dirigía las operaciones, sino para resolver con autoridad las pretensiones de
un grupo de personas que, a veces, no se conducen movidas por la racionalidad,
sino por la mera comodidad.
Wagdy es una persona
muy educada e instruida. También es un egipcio y un musulmán orgulloso de ambas
condiciones. Al mismo tiempo es locuaz y ameno y durante los traslados en
autobús no ha dejado de hacernos partícipes de sus opiniones sobre la realidad
de su país, incluso en sus aspectos políticos, sobre la práctica religiosa
musulmana y sobre otras cuestiones. Por cierto, no he comentado a lo largo de
este diario que el segundo o tercer día de viaje comenzó el período anual del
Ramadán. Y Wagdy, fiel musulmán, cumplió el precepto que le impide comer y
beber, incluso agua, entre el orto y el ocaso. Alguno de nosotros comentó que por
las tardes a Wagdy se le sentía desfallecer. Yo, francamente, no me di cuenta.
Pero debe de ser duro tener que hablar y hablar sin poder beber ni una gota de
agua.
En definitiva, su
desempeño puramente profesional, como guía turístico, me merece la mejor
calificación que pueda darse. Y, en lo que se refiere a las opiniones que sobre
lo divino y lo humano nos ha hecho partícipes, las compartamos o no, nos han
servido para conocer mejor la realidad egipcia y, por tanto, me han parecido
enriquecedoras.
Finalmente, al llegar
al hotel se despidió cariñosamente de cada uno de nosotros. Gran tipo este
Wagdy, merece la mejor suerte y yo se la deseo.
El programa del viaje
no preveía ninguna actividad para esta tarde, de modo que un grupo de nosotros
nos conjuramos para salir a las cinco y media de la tarde a dar una vuelta.
Decidimos ir a la Plaza Tahrir y, nada más salir del hotel nos percatamos de
que teníamos que cruzar una avenida que tenía un intenso tráfico y carecía de
semáforos y pasos de peatones. Nos apostamos en la orilla de la vía sin
atrevernos a cruzar, ya que todos los vehículos pasaban a gran velocidad. En
ese momento aparecieron un par de individuos que se lanzaron a la calzada,
pararon el tráfico y nos permitieron cruzar. Naturalmente, no se trataba de una
actividad sin ánimo de lucro, sino retribuida, si bien se conformaron con un
euro.
Aun tuvimos que
cruzar varias calles más, sin ayuda. La Plaza Tahrir no tiene más interés que el
recuerdo de que allí tuvieron lugar las revueltas de la Primavera Árabe de
Egipto en 2011, de modo que continuamos por una calle comercial por la que
creíamos recordar haber pasado el día anterior en el autobús. Llegamos a un
ensanche en el que tenía lugar un curioso espectáculo. Varios centenares de
personas estaban sentadas en mesas con asientos corridos, todos con la comida
puesta y los vasos llenos, casi en silencio, sin probar bocado ni beber nada.
Enseguida nos dimos cuenta de que estaban esperando a que llegara la hora
oficial en la que ya se permite comer y beber en el Ramadán. Contemplamos curiosos
y expectantes tan insólita ceremonia y decidimos esperar discretamente en una
esquina la llegada del momento, pensando que sonaría un gong o una campana y se
produciría una gran algarabía en el momento de empezar a comer y beber. Me
apetecía grabar un video o hacer una foto del momento, pero, por miedo a importunar
a la gente y provocar alguna reacción, no hice nada. Finalmente, la gente
empezó a comer casi sin que nos diéramos cuenta, poco a poco, sin estruendo.
Pronto comprendimos
que nada de interés había por allí, así que nos sentamos a tomar unas cocacolas
y unos zumos. Como ya se había hecho de noche, decidimos pedir unos Uber que
nos recogieran en la terraza en la que estábamos. El primer obstáculo fue la
conexión a Internet. Mal que bien, logramos pedir tres Uber, con la dificultad
de que no estábamos seguros de dónde habrían entendido que nos tenían que
recoger. Finalmente, aparecieron solo dos, en los que pudimos meternos todos
los que éramos y llegamos felizmente en pocos minutos al hotel. Para el
recuerdo queda que la carrera de los Uber nos costó menos de 1,5 euros, lo que
contrasta vivamente con los siete euros que pagamos por las cervezas que nos
servían en el barco.
Este asunto de la
conexión a Internet merece un comentario. Todos o casi todos habíamos comprado
tarjetas SIM para disponer de conexión de datos durante el viaje. La mayoría
las traíamos de España, compradas a distintos proveedores y algunos las
compraron a Wagdy. Lo cierto es que ninguna de las tarjetas funcionó
apropiadamente durante el viaje. Solo en algunos momentos pudimos hablar por
teléfono a través de Whatsapp y la calidad de la conexión pasaba de la nada a la
más absoluta miseria.
Aun nos quedaba un
último trámite del programa del viaje. La cena en un restaurante-barco atracado
en el Nilo. Como la mitad de la cuadrilla se había dado de baja de esta
actividad, nos trasladamos hasta allí en una furgoneta, acompañados de otro
representante de la agencia, Appil, al que ya conocíamos, porque nos había
acompañado del aeropuerto de El Cairo al hotel cuando llegamos desde Aswan. Nada
puedo decir de esta última actividad, totalmente prescindible. Sólo que le voy
a sugerir a la agencia que, en el futuro, el último día del viaje programe el
almuerzo en el barrio antiguo de El Cairo y luego deje la tarde libre para recorrerlo.
Como dije en el lugar correspondiente de este diario, la visita al barrio
antiguo me supo a poco.
DÍA
23. El Cairo-Madrid-Sevilla.
El día de nuestra
marcha teníamos que estar con nuestras maletas listas para subir al autobús a
las 3:45 de la madrugada. El avión salía a las siete y media. Nos acompañó
Appil desde el hotel y hasta que pasamos los controles de seguridad, por
cierto. Nada debo de destacar sobre las últimas horas en El Cairo, si no es lo
engorroso del control de seguridad de este aeropuerto y algunas curiosidades
del paisanaje que andaba por allí.
Cuando estábamos facturando
nuestros equipajes, se formó un tremendo guirigay en los mostradores de
facturación próximos a los nuestros. Por el aspecto de quienes formaban esa
cola, se diría que la mayoría se dirigía a la preceptiva peregrinación a La
Meca. De hecho, la mayoría de los vuelos que lucían en los tableros
electrónicos se dirigían a Yeddah y a Madinah, que deben de ser los aeropuertos
más próximos a La Meca. Para resolver el guirigay, un empleado de facturación
se tuvo que subir de pie al mostrador y, tras dar algunas voces, pareció
aplacar a los viajeros levantiscos.
Un poco después,
cuando estábamos sentados esperando a que se abrieran los controles de
seguridad de nuestro vuelo, la sala de espera contigua a la nuestra se llenó de
una gente que venía ataviada con lo que a todas luces eran unas toallas blancas.
Los hombres lucían dos piezas, una toalla en la parte de arriba y otra toalla en
la de abajo y las mujeres, no lo recuerdo. Ignoro si se trataba de una secta
específica del islam o a qué se debía tan peculiar atuendo.
Llegamos a Madrid con
bastante adelanto, respecto de la hora oficial y las tres furgonetas que
teníamos contratadas para los transfer nos estaban esperando muy cerca de la
terminal y nos trasladaron al hotel en poco más de cinco minutos. Allí nos
despedimos de Cristina y Américo, que tomarían el camino de Lisboa y el resto
seguimos para Sevilla. Condujimos más o menos en grupo y paramos a comer en un
restaurante de carretera cuyo nombre no puedo recordar, pero que nos pareció
recomendable. Después de comer continuamos hacia al sur pero ya desperdigándonos.
Paramos en Mérida a tomar un café ya solo tres coches de los seis iniciales.
Allí nos despedimos, conjurándonos para nuevas aventuras.
Creo que el
improbable lector de estas páginas concluirá que el viaje al que se refiere
este Diario ha sido, para su autor, una experiencia profundamente gratificante.
El saldo es, sin duda, muy positivo. Es verdad que algunas de las cosas que
hicimos carecían de especial interés; también que en ningún momento disfrutamos
de una gastronomía memorable. Y es posible que el lector encuentre aquí y allá
algunas observaciones críticas sobre aspectos que podrían haber sido mejores.
Pero nada de eso altera lo sustancial: el viaje ha sido magnífico.
Lo que hemos visto y
vivido queda ya consignado en las páginas anteriores, con la torpe elocuencia
que uno ha sabido emplear para dar cuenta del paso de los días. También he
hablado del guía, y he dejado dicho que su concurso contribuyó de manera
decisiva al buen resultado del viaje. Sin embargo, hay algo de lo que apenas he
hablado y que se me revela como uno de los elementos más determinantes del
grato recuerdo que me queda: la convivencia que se estableció entre todos
nosotros durante el periplo.
Fue una convivencia
fácil, cordial, y divertida , algo que nunca debe darse por supuesto. Es cierto
que muchos nos conocemos desde hace años y que todos pertenecemos a esa
discreta estirpe de personas liberales y educadas. Pero ni siquiera eso basta
siempre. Por eso valoro especialmente el clima de naturalidad, respeto y buen
humor que presidió cada jornada.
En mi caso, además,
siento un particular motivo de gratitud. Fui yo quien incorporó al grupo al
mayor número de personas ajenas al núcleo inicial de amigos que concebimos este
viaje. Por eso me produce una íntima satisfacción comprobar la magnífica acogida
que recibieron y la facilidad —casi inmediata— con la que pasaron a formar
parte del grupo, como si hubieran estado siempre en él.
Como señalé al
comienzo de este diario, a todos vosotros os dedico estas páginas, escritas
como memoria de aquellos días que tuvimos la fortuna de vivir juntos en Egipto.
Ojalá estas líneas sean también el presagio —y quizá la promesa— de nuevas
andanzas compartidas, de otros viajes y otros lugares en los que podamos volver
a encontrarnos y a disfrutar, con la misma naturalidad, del sencillo placer de
viajar juntos.
En Espartinas, a 5 de
marzo de 2026.
[1] Pilono:
m (Arquit) Pórtico monumental del templo egipcio, constituido por dos macizos
en forma de pirámide truncada que flanquean la puerta. Tb cada uno de esos
macizos. (Diccionario del español actual
Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos).
[2] itifálico,
ca. Del lat. ithyphallĭcus, y este del gr. ἰθυφαλλικός ithyphallikós.
adj. cult. Que tiene el falo erecto.
[3] hipóstilo,
la. Del gr. ὑπόστυλος hypóstylos. adj. Arq.
Especialmente en la arquitectura antigua, dicho de un edificio o de un recinto:
Que tiene el techo sostenido por columnas. Sala hipóstila. U. t. c. s. m.
(D.R.A.E.)
[4] Escarabeo.
m. (Arqueol) Figura de escarabajo, usada como amuleto mortuorio esp. en el
antiguo Egipto. (Diccionario del español actual. Manuel Seco, Olimpia Andrés y
Gabino Ramos).
[5] Azud.
Del ár. hisp. assúdd, y este del ár. clás. sudd. m. o f. Barrera hecha en
los ríos con el fin de facilitar el desvío de parte del caudal para riego y
otros usos. U. menos c. f. Sin.: presa.
[6] Sobek.
fue el dios cocodrilo, de carácter benéfico, creador del Nilo que habría
surgido de su sudor; dios de la fertilidad, la vegetación y la vida en la
mitología egipcia. Los griegos lo conocían como Souchos (Σοῦχος), una adaptación de su
nombre egipcio.
[7] Según
Google Maps, el Templo de Ramsés II está a menos de 20 km en línea recta de la
frontera de Sudán.