lunes, 31 de enero de 2011

London V

I have not written in the blog several days ago. Maybe you do not believe it, but I had not any time. I have been on Saturday and Sunday in London and, when I came back at home, I was very tired and I had to do my homework and other things.
Today, after swiming pool, I walked around the centre city of Kingston (but Kingston is not a city, is a town; british). I got into a bookshop and, unbelievable!, I found the guide which I was looking for since I arrived to London. It is called "London not for Tourist" and I bought it because my friend Lola León, who was in London last year for three months, suggested me.
The bookshop is very big and in a corner there is a small bar where I am now writing this and having a coffee. I do not enjoy the cofee, because all cofees in Britain are very bad. I think so. I do not know how asking for it. I have just asked for a double express, but it is very bad too. British.
I must come back at home, because tonight (at seven o'clock, of course) I am going to go out with my host family for dinner and I have to recharge my Oystercard before and, then, get the bus at home.
I will be here again tonight or tomorrow to tell you more things about my life here...
Uff!
To be continued...

-- From Mi iPhone

jueves, 27 de enero de 2011

London IV

Ayer fui, finalmente, a la piscina. Es grande y cómoda y el vestuario es mixto y con las duchas todas descubiertas, pero no pienses en un espectáculo. Simplemente, esta gente tiene un sentido de la higiene distinto al nuestro. La piscina es estatal y se llama The Kingfisher (british).

Luego me recorrí tres tiendas de telefonía móvil y una tienda Apple, para ver si resolvía mis problemas con el móvil. Te puedes imaginar mis conversaciones con los dependientes, por suerte, en general, bastante pacientes. Al final, decidí comprar una tarjeta de O2, la filial de Telefónica aquí, la instalé en casa y funcionó. Un día le tengo que dedicar un capítulo al turista cibernético. Tengo instalados en el iPhone toda clase de planos y guías de Londres, pero he optado, al final, por comprarme un plano de papel.

Más tarde fui al cine con mi familia de acogida, a ver The King’s Speech (El discurso del Rey). Apenas entendí nada, pero la película es tan buena y la interpretación de los actores tan brillante que no creo haberme perdido nada importante.

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Realmente, consiguió emocionarme en más de un momento. No sé si influyó el estar rodeado de británicos con el alma patriótica encogida, contemplando las angustias y tribulaciones de su querido e inopinado Rey.

Hoy he ido a ver el Palacio Real de Hampton Court. Salette me ha cedido un pase de esos que ella tiene (tiene pases para todo), que me ha permitido ahorrarme las 18 libras de la entrada. Pero mi Oyster Card (la tarjeta de transporte) se había agotado y en esta estación no se puede recargar, de modo que saqué un billete de ida y vuelta para un trayecto de tren de unos 5 minutos, más o menos: 4 libras. En casa, a la vuelta, dije que me había parecido carísimo el precio del billete. Te refiero la respuesta de mis anfitriones, porque supongo que es expresiva de algo. Por un lado, ella me dice que no sabe de qué me quejo, con lo fuerte que está el euro; y, por otro lado, él dice: this is England, not Spain (british).

La tarde era heladora. Para llegar al Palacio tuve que atravesar el Támesis en un momento en que caía una fina aguanieve. La visita merece la pena. Yo me armé de audioguía, en inglés, of course, y visité pacientemente todas las salas. No tengo conocimientos de historia del Reino Unido, pero siempre me ha parecido un poco soberbia y hasta procaz, la exaltación por los ingleses del Rey Enrique VIII. No dudo de que fuera un gran estadista, porque no lo sé, como digo, ni de que engrandeciera su país, pero tiene una cara oscura tan cruel y despiadada, que uno hubiera considerado más lógico un poco de contención. ¿O es todo una leyenda negra católica, resentida por el repudio de Catalina de Aragón y el cisma de la Iglesia de Inglaterra? No lo sé. En todo caso, en Hampton Court, la contención brilla por su ausencia (british).

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Terminé dando un paseo por los enormes jardines. El frío helador y la época del año, tan poco propicios ambos, no me permitieron disfrutar como lo hubiera hecho en un día apacible del mes de abril.

Realmente, tengo muchas más impresiones que contar de estos primeros días, pero no quiero pasarme tanto rato con el castellano y no tengo habilidad para hacerlo en inglés. Es una pena, porque ni lo escribo, ni lo anoto y, cuando vuelva, se habrán evaporado buena parte de esas impresiones y, además, ya no tendré tiempo ni paciencia para recuperarlas.

Ahora me voy a poner con mi homework. Hoy debo escribir una descripción de mi casa. Mi casa, mi casa, no ésta. ¿Dónde está, cómo es, qué estancia me gusta más y porqué, qué reformas le haría, es confortable, nueva o vieja, segura…?

Continuará…

lunes, 24 de enero de 2011

London III

My teacher, esta mañana, ha cambiado de opinión y me ha dicho que le pida a mis profesores de inglés en España que me devuelvan el dinero, pero no ha conseguido desanimarme.
Hoy he ido a Londres, lo que a ti te parecerá una tontería. ¿Cómo es que si vivo en Londres voy a Londres? Bueno, la verdad es que la estación está a 5 minutos de casa y el tren solo tarda 20 minutos en llegar a Waterloo Station. De modo que vivo en Londres, pero voy a Londres.
Nada más llegar, Salette se ha querido subir en la noria London Eye. Que a ella no le cuesta nada, porque tiene no sé qué pase, pero que a mí me ha costado 18,60 libras. Aunque ya me había subido antes y el día estaba lluvioso, la experiencia es interesante.

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Salette quería tomar un cafe en el bar de London Eye, pero yo la animé a buscar otro lugar más agradable. Cruzamos el Támesis por ese lugar de imágenes tan resonantes en la memoria de cualquiera (Westminster, el Big-Ben, el London Eye) y nos adentramos en la zona del Gobierno. En pleno White Hall sugerí un pub de inequívoco aspecto inglés y, nada más entrar, mi anfitriona se transformó. Como si fuera una turista en Londres, se hacía lenguas a cada momento de lo bonito y agradable que era el pub y se despertó en ella una locuacidad que me permitió disfrutar de los mejores momentos de conversación desde que he llegado. Dicho sea en términos de aprendizaje y de disfrute de una charla entre dos personas, aunque sea con la limitación de mi impericia. El café expreso que me tomé era deplorable. No sé cómo lo tolerará tanta gente selecta como allí había.
No te he dicho que Salette es una inglesa nacida en Malta, donde se resguardaron sus padres en la Segunda Guerra Mundial y que tiene un antepasado español, un general que guerreó contra Napoleón, de apellido Carrascosa.
Estuvimos en el pub hasta que ella se marchó a casa a atender a su hija. Yo decidí quedarme en Londres hasta más tarde.
Nos despedimos en Trafalgar Square y era una tentación irresistible no aprovechar para dar una vuelta por la National Gallery, de la que guardo tan grato recuerdo de nuestra primera visita.
Eran las 5 de la tarde y el día había desaparecido casi por completo, oculto tras una fina llovizna y el inexorable ocaso londinense, tan precoz en esta época del año. Desde lo alto de las escaleras de la National Gallery se contemplaba un singular paisaje en el que, sobre una bruma no demasiado densa, se recortaba la estatua del vencedor de Trafalgar y se divisaba, al fondo, la figura del Big-Ben.

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Me resultó de algún modo sorprendente percibir cómo, en apenas unos instantes, uno pasa de un espacio público (la Plaza de Trafalgar) a otro (la National Gallery), también de disfrute gratuito, pero repleto de obras de arte, en el que nadie te pregunta en la entrada dónde ni a qué vas, ni pasas ningún control, ni de tickets, ni de metales. Casi sin darte cuenta entras de la calle y te encuentras delante de un Velázquez o un Turner.
En poco más de una hora que quedaba para cerrar me propuse contemplar apenas media docena de cuadros. Algunos de ellos se encontraban en ambos extremos del Museo, pero su búsqueda se ve completamente facilitada por el plano guía que cogí en la entrada, naturalmente, en su versión inglesa.
No te quiero aburrir con los cuadros. Quizá lo haga en otra visita. Pero sí te diré que entré directamente a disfrutar con la contemplación de la “Venus del Espejo”. Mientras intercambiaba miradas a través del espejo con la diosa del amor, recordaba las conjeturas de Eduardo Mendoza en su última novela, “Riña de gatos”, sobre quién podría ser la mujer que sirvió de modelo a Velázquez y sobre la posibilidad de que existan, ocultos, otros desnudos del mismo pintor.
Volví a disfrutar con “Los Embajadores” de Hans Holbein y “El matrimonio Arnolfini” de Jean Van Eyck. Mis escasos conocimientos de pintura me llevan siempre a apreciar especialmente aquellas obras que, siendo de autores consagrados, poseen un rico contenido simbólico, por los elementos que contienen y porque, en sí mismos, constituyen el símbolo de hechos o procesos históricos, circunstancias que concurren en estos dos cuadros.
Salí de la galería cuando cerraban y me dirigí hacia Charing Cross. Por un lateral de la Estación transcurre Villiers Street, una animada calle de pubs y restaurantes en la que decidí tomar mi dinner, ya que llegaría a casa tarde. Al final de la calle, a mano derecha, en la misma rivera del Támesis, en una calleja de nombre Watergate Walk, hay una larga terraza, llena a esas frías horas de gente tomando copas. También hay gente en algunos de los pubs tomando su cerveza en la calle. Como en Sevilla en primavera, pero con 2ºC.
Mareé la perdiz y cuando quise sentarme no encontré sitio, de modo que decidí…
Continuará…

London II

Termino mi primera clase con la previsible impresión de que mi inglés es aun peor del que imaginaba. Al menos, my teacher opina lo contrario, pero hoy no me sirve de consuelo.
El gato debe ser inglés. No se parece en nada a nuestros gatos domésticos. Tiene un precioso largo pelo negro con algunos mechones blancos y una enorme y esponjosa cola. Anoche, viendo la tele, de pronto, se encaramó de un salto a mi regazo. No son mi fuerte los animales domésticos y mi anfitriona lo percibe inmediatamente, liberándome del felino.
Ahora escribo esto tomando una cerveza en un pub donde he entrado para guarecerme de una fría y fina lluvia, después de infructuosas gestiones para contratar una tarjeta para mi iPhone: al contrario de lo que me dijeron cuando lo compré, el aparato is locked, como dicen aquí.
He estado un rato paseando por una interesante y bien cuidada zona comercial, con grandes almacenes e infinitas tiendas, muchas de ellas de aspecto tradicional. Es el barrio de Kingston, próximo a mi casa, a la que debo volver en autobús, si no quiero llegar empapado. Y ello si soy capaz de encontrar la parada.
Ahora suena en el pub la canción My name is Luca, de Suzanne Vega y me invade una extraña sensación, que mezcla la familiaridad y el extrañamiento.
No sé si es bueno para mis objetivos que siga cultivando este blog escrito en castellano. Debo pensar seriamente en ello.
Continuará...




-- Desde Mi iPhone

domingo, 23 de enero de 2011

London I

Cuando salgo del aeropuerto a buscar un taxi son las 5 de la tarde (6 de la tarde hora española) y ya es de noche.
El taxista no encuentra en el "Tom Tom" el domicilio que le enseño en letras grandes, pero dice que no me preocupe, que lo encontrará llevándome por el camino más barato. En mi inglés balbuciente intento congraciarme con él alabando la profesionalidad y la seriedad de los taxistas londinenses. Deduzco que ha debido entenderme aproximadamente, al verle subrayar mi comentario con el pulgar hacia arriba.
Intento recordar los nombres de mis anfitriones y sólo consigo recordar el de mi profesora, pero no los de su marido y su hija. Inexplicablemente no tengo a mano el correo electrónico en el que tenía esos datos y me pongo a buscarlos a toda prisa en el iPad. En unos segundos encuentro los nombres pero, ahora, me surge la duda de su pronunciación. En fin, que ya no sé cómo me va a salir la presentación que había urdido en el avión, llamando por sus nombres a las personas que fueran apareciendo al llegar a mi destino.
La vista de la casa me confunde a la llegada. Mi cerebro tarda en procesar que la foto del "Street View" debía estar hecha en primavera o verano y, donde allí había un frondoso árbol, ahora hay una porción de ramas peladas.
Veo a quien luego comprobé que era Salette, a través de los visillos de una ventana de la fachada, laboreando en lo que parece ser la cocina. Me abre la puerta Clive, un tipo alto con gafas y gesto amable, de perfecto aspecto inglés. Este primer encuentro desencadena mi atropellada y algo inepta presentación e inmediatamente me veo en la cocina saludando a mi anfitriona y profesora de los próximos 15 días. Es una mujer más bien baja, con una mirada suavemente irónica, que habla muy deprisa, naturalmente en inglés y que desde la primera hora ejerce de profesora, corrigiendo algunos de mis numerosísimos errores gramaticales, con un leve gesto que interpreto aprensivamente como de fastidio.
Al poco rato llega Clair, la hija de 17 años y se pone a hacer los deberes en la cocina. Mientras la madre hace la cena mantiene con su hija una animada conversación acerca de un trabajo que la niña está haciendo sobre la obra de teatro de J. B. Priestley, "Llama un inspector". Esto no lo sé, naturalmente, porque me haya enterado de nada, sino porque el libro estaba encima de la mesa.
A las 7 y cuarto nos sentamos a cenar unos filetes acompañados de puré de patatas, coliflor y brócoles con bechamel y una Macedonia de postre, todo regado con un vino blanco italiano bien frío que estaba muy bueno.
Como es mi primer día en Britain, son muchas las impresiones que me apetece llevar al papel, pero my teacher me ha citado a las 8 y media para desayunar y a las 9 para la primera clase y son ya las 2, hora española, que es por la que, hoy, se rige mi cuerpo, así que me voy a acostar.
Continuará...

jueves, 6 de enero de 2011

Spleen de Navidad

En mi familia, como en todas, supongo, se reproducen y se transmiten entre generaciones una serie de ritornelos, más o menos jocosos, algunos quizá originales. Mi abuela Regina era una gran conservadora de este acervo familiar. En las ocasiones apropiadas reproducía la retahíla, el dicho, el retruécano, la paradoja o la ocurrencia que viniera a cuento. A veces la esperábamos, incluso la provocábamos, pero otras actuaba por su cuenta, lo que aumentaba nuestra sorpresa y regocijo.
Para los brindis de Navidad o con cualquier otro motivo tenía reservada una larga y logomáquica retahíla que yo casi he olvidado y que nos hacía mucha gracia oír recitar a una señora mayor.
Cuando alguien que estuviera presente o que hablara por la televisión se expresaba de un modo particularmente ilógico o desatinado, ella pronunciaba el principio de otra celebrada retahíla y decía: “Era de noche y sin embargo llovía…”
Todos los días primeros de cada mes, al encontrarte por primera vez con ella en ese día, invariablemente, te espetaba, “¿Qué tal desde el mes pasado?”.
Mi abuela Regina atesoraba una sabiduría que no era sólo producto de sus estudios, tan escasos, supongo, como los de la inmensa mayoría de las mujeres de aquella época, sino de la decantación de saberes seculares absorbidos durante una vida larga y difícil por la mente de una mujer lista. Escribía muy bien, con una caligrafía que uno imaginaba esculpida en duras y largas sesiones de aprendizaje infantil y cuyo deterioro fue para nosotros el desdichado heraldo de su decadencia física. La mental no llegó a padecerla, para su suerte.
A veces resolvía dudas sorprendentes. Recuerdo una vez en que nos preguntábamos en casa sobre el significado del título de la columna que escribía diariamente Umbral en El País, que se llamaba “Spleen de Madrid”. No recuerdo exactamente sus palabras, pero fueron muy parecidas a la definición que hoy contiene el Diccionario de la Real Academia de la voz esplín: “Melancolía, tedio de la vida”, que es, seguramente, el sentido que le quiso dar Umbral.
Hoy me he acordado de mi abuela Regina, porque he estado en casa de mi madre, asistiendo al multitudinario y ubérrimo ritual de los Reyes Magos, del que llevaba muchos años ausente. Cuando ella asistía a esta ceremonia, cada vez que abría uno de los regalos que le había correspondido, daba saltos y hacía unas muecas muy cómicas, como si la ilusión del regalo le hubiera llegado a derretir las entendederas. Si, más tarde le preguntabas qué le habían traído los Reyes, ella podía contestarte con una de sus conocidas greguerías: “me han traído un ‘síseñor’ y un ‘mireusted’ con las patas de alambre”.
Los Reyes me han traído hoy este chisme, que sirve para hacerse cosquillas en la cabeza, entremetiéndolo por el cabello.

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Al cabo de los años, he acabado averiguando que al menos uno de esos extraños artilugios que mencionaba mi abuela no era imaginario. Me da pena de que ella no esté para enseñárselo.

sábado, 18 de diciembre de 2010

Obispo por sus propios méritos

Han nombrado obispo auxiliar de Sevilla al ex-Presidente de Cajasur, Santiago Gómez Sierra. Este sacerdote de aspecto melifluo (pongo la foto en el blog para que lo reconozcas, a pesar de la grima que me da) tiene un currículo incomparable: tras arruinar la caja de ahorros de Córdoba, una auténtica joya en manos de la Iglesia Católica, se negó a fusionarse con Unicaja, única solución que le hubiera permitido a su patrona salvar los muebles y a muchos cordobeses su empleo, probablemente.

Santiago_Gomez_SierraSantiago Gómez Sierra

De resultas de su exitosa gestión, la Iglesia Católica ha perdido todo su patrimonio en Cajasur (el Banco de España valora sus derechos en 67 céntimos de euro), ha sido vendida a una caja de ahorros vasca, que la ha convertido en un banco (ya no habrá obra social) y, al parecer, corren peligro más de 1.000 empleos.

La misma Iglesia despojada nombra ahora a este coloso obispo auxiliar. Como lo nombren ecónomo del arzobispado, pronto veremos a los párrocos de Sevilla pidiendo limosna por las esquinas.

Tú ríete, pero verás cómo acabaremos viendo de cardenal a esta eminencia (la broma me ha salido al paso). Al tiempo. Los designios de la Iglesia son inescrutables.

jueves, 9 de diciembre de 2010

No conduzcas si bebes

Ya sé que es truculento, como es la vida, pero contempla el vídeo hasta el final. Creo que es útil y te lo agradeceremos todos, los que te queremos y los que ni siquiera te conocemos.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

El Nobel emocionante y emocionado

Mario Vargas Llosa leyó ayer su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura. Como ya nos imaginábamos sus incondicionales, se trata de una espléndida pieza, en la que resume lo esencial de sus vivencias literarias y de su pensamiento sobre el hombre, la sociedad, la literatura, la vida… Contiene, además, algunos pasajes francamente emocionantes. A mi me han conmovido especialmente los sentidos agradecimientos a su esposa y a España.

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Por otro lado, te ruego que disculpes mi arbitrariedad al resaltar este breve pasaje del discurso, en el que habla del nacionalismo y de la patria:
“No hay que confundir el nacionalismo de orejeras y su rechazo del “otro”, siempre semilla de violencia, con el patriotismo, sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra donde uno vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se forjaron los primeros sueños, paisaje familiar de geografías, seres queridos y ocurrencias que se convierten en hitos de la memoria y escudos contra la soledad. La patria no son las banderas ni los himnos, ni los discursos apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver.”
Porque me trae a la memoria una entrada de este blog, de 11 de marzo de 2007, en la que decía yo esto:
“el patriotismo debe ser algo alejado del fanatismo nacionalista, un sentimiento inofensivo, apacible y suave, casi delicuescente, como los relojes de Dalí.”

sábado, 4 de diciembre de 2010

Rajoy no sabe de quién es la culpa del caos aéreo

¿No lo sabe o no le interesa saberlo? Mira este vídeo:

http://www.atlas-news.com/videos/streaming/adsl/nacional/2010/12/03/video_66913.shtml

Hace falta tener desfachatez. Fue un Gobierno del que formaba parte Rajoy el que firmó el convenio colectivo que hizo multimillonarios a los controladores. Aquel convenio fijaba una jornada laboral tan reducida, que casi la mitad del trabajo efectivo de los controladores se convirtió en horas extras, que se retribuyen a razón de 3 veces el valor de la hora normal. De ahí que la media del salario de los controladores españoles sobrepasase los 300.000 euros al año, llegando, en algunos casos, casi al millón de euros. Aquella fue una decisión cobarde e irresponsable. El Gobierno del PP firmó aquel convenio para no enfrentarse a un conflicto como el que ahora arrostra el Gobierno socialista, dejando una herencia envenenada muy difícil de gestionar.

Cuando el actual Gobierno intenta abordar el problema, más que reducirles el sueldo, lo que pretende es incrementar la jornada ordinaria. Por eso, el conflicto que plantean ahora los “señoritos” es, aparentemente, de horas y no de “pelas”.

Parece mentira que haya que recordar todo esto ahora. Ya ni el Gobierno sabe defenderse explicándole claramente a los ciudadanos de qué polvos vienen estos lodos.

Porque esto del estado de alerta es una pamema que los controladores sortearán con la desvergüenza que ya tienen acreditada. Volverán todos al trabajo y dentro de unos meses, cuando el Gobierno esté aun más debilitado, en otro puente o vacaciones, volverán a plantear otro chantaje.

El actual plante de los controladores es una oportunidad que estos le han dado al Gobierno para resolver el problema de una vez por todas y el Gobierno la va a desaprovechar. Este grupo de aristócratas del servicio público está envilecido por lustros de disfrute de privilegios desorbitados que ellos consideran ya parte integrante de su ADN. Y ya que no será posible llegar a un acuerdo razonable con este colectivo tan corrompido, qué mejor solución que despedir a todos los que han participado en esta huelga salvaje, saneando el colectivo con nuevas hornadas de controladores, españoles o no.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

La prisión española del euro

Paul Krugman se refiere a la situación de la economía española en su última columna en The New York Times. Y lo hace en unos términos pesimistas, aunque muy claros.  Probablemente éste será el texto que se publique en las páginas salmón de El País del próximo domingo, así que, si quieres leer una traducción profesional, espera al domingo. Yo me he entretenido traduciendo el artículo y te lo transcribo a continuación. Es una distracción amateur, por cuyos errores te pido disculpas.
El prisionero español
Por Paul Krugman
Publicado: 28 de noviembre 2010
Lo mejor que puede decirse de la situación irlandesa ahora es que el tamaño de Irlanda es pequeño. Por sí misma, Irlanda no puede hacer mucho daño a las perspectivas de Europa. Lo mismo puede decirse de Grecia y de Portugal, que es ampliamente considerada, en potencia, como la próxima ficha de dominó.
Pero luego está España. Los otros son las tapas, España es el plato principal.
Lo sorprendente de España, desde una perspectiva estadounidense, es cómo su historia económica se parece a la nuestra. Como Estados Unidos, España experimentó una gran burbuja inmobiliaria, acompañada de un enorme aumento de la deuda del sector privado. Como Estados Unidos, España cayó en recesión cuando la explosión de la burbuja y ha experimentado un aumento del desempleo. Y como Estados Unidos, España ha visto crecer rápidamente su déficit presupuestario, gracias al hundimiento de los ingresos y a los gastos relacionados con la recesión.
Pero a diferencia de Norteamérica, España está al borde de una crisis de la deuda. El gobierno de EE.UU. no está teniendo problemas para financiar su déficit, con tasas de interés sobre la deuda federal a largo plazo de menos del 3 por ciento. España, por el contrario, ha visto cómo se dispara el coste de sus préstamos en las últimas semanas, debido a los crecientes temores de un incumplimiento futuro.
¿Por qué la situación de España es tan apurada? En una palabra, la razón es el euro.
España fue uno de los países más entusiastas de la introducción del euro en 1999. Y durante un tiempo las cosas parecían ir viento en popa: los fondos europeos se vertieron generosamente en España, potenciando el gasto del sector privado y la economía española experimentó un rápido crecimiento.
Durante los años prósperos, por cierto, el gobierno español pareció ser un modelo de responsabilidad fiscal y financiera. A diferencia de Grecia, España consiguió excedentes presupuestarios, y a diferencia de Irlanda, se esforzó (aunque sólo obtuvo un éxito parcial) en regular sus bancos . A finales de 2007 la deuda pública de España, en porcentaje del PIB, era sólo la mitad de la de Alemania, e incluso ahora la situación de sus bancos no es, ni de lejos, tan mala como la de los irlandeses.
Pero los problemas se estaban desarrollando bajo la superficie. Durante el boom, los precios y los salarios crecieron más rápidamente en España que en el resto de Europa, ayudando a alimentar un gran déficit comercial. Y cuando estalló la burbuja, la industria española mantuvo unos costes que le hicieron perder competitividad respecto a la de otros países.
¿Y ahora qué? Si España todavía tuviera su propia moneda, como los Estados Unidos - o como Gran Bretaña, que comparte algunas de las mismas características - podría haber dejado caer la moneda y su industria habría ganado competitividad de nuevo. Pero con España en el euro, esa opción no está disponible. En su lugar, España debe lograr una "devaluación interna": tiene que recortar los salarios y los precios hasta que sus costes vuelvan a estar en línea con los de sus vecinos.
Y la “devaluación interna” es un asunto feo. Por un lado, es lento: normalmente se tardan años de alto desempleo para conseguir que los salarios bajen. Más allá de eso, una caída de los salarios significa una caída de los ingresos, mientras que la deuda sigue siendo la misma. Además, la “devaluación interna” empeora los problemas de la deuda del sector privado.
Todo esto quiere decir que las perspectivas económicas para España para los próximos años son muy pobres. La recuperación de Estados Unidos ha sido decepcionante, especialmente en términos de puestos de trabajo, pero al menos hemos visto un cierto crecimiento, con un PIB real más o menos de vuelta a su punto más alto anterior a la crisis, y podemos esperar razonablemente que el crecimiento futuro ayude a mantener nuestro déficit bajo control. España, por el contrario, no se ha recuperado del todo. Y la falta de recuperación se traduce en temores sobre su futuro fiscal.
¿Debería España tratar de salir de esta trampa abandonando el euro y restableciendo su propia moneda? ¿Lo hará? La respuesta a ambas preguntas es, probablemente no. España estaría mejor ahora si nunca hubiera adoptado el euro, pero si lo intentase abandonar crearía una enorme crisis bancaria, ya que los depositantes se apresurarían a trasladar su dinero a otra parte. A menos que haya una crisis bancaria catastrófica de todos modos, lo cual parece verosímil para Grecia y cada vez más posible en el caso de Irlanda, pero poco probable aunque no imposible para España. En definitiva, será duro de ver a un gobierno español asumiendo el riesgo de "des-euroizing".
Así que España es en realidad un preso del euro, que la ha dejado sin ninguna opción buena.
La buena noticia sobre Estados Unidos es que no estamos en esa especie de trampa: todavía tenemos nuestra propia moneda, con toda la flexibilidad que ello implica. Por cierto, lo mismo que Gran Bretaña, cuyos déficit y deuda son comparables a los de España, sin que los inversores perciban un riesgo de impago.
La mala noticia sobre Estados Unidos es que una poderosa facción política está tratando de poner grilletes a la Reserva Federal, con la consecuencia de que quedaría eliminada la gran ventaja que tenemos sobre los sufrientes españoles. Los ataques republicanos sobre la Reserva Federal exigen que deje de tratar de promover la recuperación económica y se centre en mantener la fortaleza del dólar y en luchar contra unos imaginarios riesgos de inflación. Con ello conseguiremos recluirnos voluntariamente en la prisión española.
Esperemos que la Reserva Federal no escuche. Las cosas en Estados Unidos están mal, pero podrían estar mucho peor. Y eso ocurrirá si la facción del “hard money” se sale con la suya.

martes, 30 de noviembre de 2010

Secretos y verdades

Arcadi Espada advierte hoy, ante el escándalo "Wikileaks", de la necesidad de no confundir secreto con verdad. Todos los medios de comunicación del mundo se están haciendo eco de las fabulosas revelaciones, sin preguntarse si todos esos chismorreos, grandes o pequeños, además de ser secretos para el público, hasta ahora, son verídicos. El periodismo parece haber abdicado en este caso, como en tantos otros, discriminando la verdad en favor de la revelación sensacional (esto último lo digo yo, no Espada).

domingo, 28 de noviembre de 2010

Elecciones en Cataluña. Análisis de urgencia

El reparto de votos ha quedado así:

- Derecha (CiU + PP): 50,77%.

- Izquierda (PSC + ICV + ERC): 32,72%.

- Sin clasificar (Ciutadans + partido de Laporta): 6,68%.

- Otros (sin escaños): 9,83%.

Este es el resultado de la exitosa política territorial de Zapatero. La izquierda no levantará cabeza en Cataluña en varios lustros. La combinación de los votos de CiU, ERC y el Partido de Laporta, todos ellos independentistas, suma el 48,71% de los votos emitidos. Para conocer qué porcentaje de electores ha votado nacionalista podríamos añadir al porcentaje anterior un 50% de los votantes del PSC y tendríamos el 57,89%.

A ver quién es el guapo que gestiona este desastre.