Pagué, cargué las cosas en el
coche y me fui para casa. Cuando empezaba a colocar la compra en la cocina me
di cuenta de que la leche se había quedado en el carrito, de modo que dejé todo
encima de la mesa y salí corriendo hacia el supermercado.
Por el camino encontraba
inexplicable el olvido. Cómo es posible que no me diera cuenta si fui yo mismo
el que acercó el carrito al módulo en el que están aparcados. Seguro que si
alguien lo ha visto habrá dejado ahí el carrito y habrá cogido otro; quién se
va a llevar un paquete de leche que, a todas luces, se ha olvidado alguien que
volverá inmediatamente a buscarlo.
La leche no estaba allí. No
habían pasado ni diez minutos y eran las primeras horas de la mañana. De modo
que lo más probable es que la leche se la hubiera apropiado el primer ser
humano que se aproximó al carrito, después de que yo lo dejara.
Este hecho me enfrentó a una
realidad estadística: si el primero que se encontró la leche, se la llevó, es
que cualquiera que la hubiera visto se la habría llevado. Por tanto, no me parece
abusivo afirmar que la mayoría de mis congéneres son proclives a hurtar una
caja de leche olvidada en un carrito del supermercado, cuya única explicación
plausible de encontrarse allí es que alguien se la ha olvidado y volverá pronto
a recuperarla.
Así que yo me imaginaba al pobre diablo
hurtando la caja de leche, mientras mira a hurtadillas a un lado y otro, por si
aparece de pronto su propietario legítimo.
Como la leche estaba en la lista
de la compra, tuve que entrar de nuevo en el supermercado. En primer lugar, le pregunté
a las cajeras, ingenuo de mí, si alguien había entregado una caja de leche
encontrada en el aparcamiento. Ante la negativa, me vi obligado a recorrer la
tienda hasta el estand de la leche. Por el camino observaba a mis congéneres y
escudriñaba los bajos de sus carritos. Por la razón estadística ya referida,
consideraba que cualquiera de ellos podría haber sido el responsable del hurto,
de modo que mi mirada era tan aviesa como indignado me sentía por el despojo de
que había sido objeto. Cualquiera, pensaba yo, podría haber robado las seis
cajas de leche semidesnatada. Incluso si no toma ese tipo de leche. Incluso si
no toma leche, en absoluto. Yo mismo no la tomo. Pero no hubo caso.
Las razones de tiempo ya
mencionadas me inducen a pensar que quien robó la leche, aunque fuera con
ocasión de tomar un carrito para iniciar su compra, la guardó inmediatamente en
su coche, antes de entrar en la tienda. Si no, lo habría pillado yo con las manos en la masa. Esta idea reforzaba mi convicción de
que la conducta del ladrón había sido la típica de los desaprensivos, que
actúan con celeridad para evitar que nadie descubra su vil proceder.
Cogí el paquete de leche e hice
cola en la caja. Quiso la casualidad que la persona que tenía delante, bastante
más joven que yo, por cierto, era particularmente patosa colocando su compra en
las bolsas, de modo que la espera se me hacía interminable. Esta tía no solo es
una ladrona en potencia, sino que es muy torpe, me decía yo para mí. Por fin
llegó mi turno: 5,04 euros.
Por cinco cochinos euros, un
indeseable (no sé por qué he pensado que era un hombre, cuando la misma razón
estadística convierte en más plausible que haya sido una mujer) ha reforzado mi
convicción de que el carácter rastrero y ruin de los seres humanos se encuentra
apenas en la superficie de la mayoría de las personas, saliendo a la luz sin
recato alguno cuando la ocasión se muestra favorable.
Pero vamos, solo faltaba que me sintiera
yo culpable de mi más que justificada misantropía. ¡Hasta ahí podían llegar las
bromas!

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