A Joana, Cristina y Américo, sin cuyo concurso esta historia habría tenido, sin duda, otro desenlace.
Y a la decencia de todas las personas por cuyas manos paso la mochila, aunque no siempre hayan adoptado las decisiones adecuadas.
La esencia de la historia que te voy a contar podría dar para un relato de realismo mágico portugués. Pero,
eso sí, en manos de alguien con más talento y no tan impaciente como yo. Porque
acabo de conocer su desenlace y no me he podido resistir a contarlo inmediatamente.
Sí, y ya sé que lo voy a malbaratar, con esta narración atropellada y apresurada. Pero es lo que hay.
El martes 29 de septiembre último
viajábamos Mati y yo camino de Cascais, donde viven nuestro hijo Carlos y su
esposa, Joana, para acompañarlos, junto con los padres de Joana, en una gestión importante en sus vidas. Decidimos parar a comer en un área de servicio de la autopista
que une el Algarve con Lisboa: el área de servicio Colibrí, de Aljustrel. Con
tan mala fortuna que me dejé olvidada en la cafetería una mochila con diversas
pertenencias. Como un teléfono móvil, unas gafas de sol graduadas, una cartera
con mis tarjetas de crédito, el carnet de conducir y otros documentos; y otras muchas
menudencias y fruslerías.
No reparé en el olvido hasta que
llegué a Cascais. Y, en ese mismo momento, se puso en funcionamiento una
maquinaria genuinamente portuguesa, perfectamente engrasada y de alta precisión,
que ha permitido que, justo una semana después, recupere la mochila
completamente indemne y con todas mis pertenencias en su interior. Ahora te
cuento los pormenores.
Como acabo de decir, la cosa
empezó nada más llegar a Cascais, con una llamada de Joana al área de servicio donde me dejé la mochila. En unos instantes, la empleada le confirmó que una
mochila de las características descritas por Joana se encontraba allí a mi
disposición. Le dijimos que nos pasaríamos el jueves a recogerla, cuando
volviéramos para Sevilla y la propia empleada preguntó que si nos interesaría
recoger la mochila en la cafetería del otro sentido de la autopista, en
dirección a Sevilla, cosa que confirmamos, lógicamente.
Nuestros planes cambiaron y
decidimos volver el viernes, en lugar del jueves. No pensé que esta
circunstancia tuviera por qué perjudicar el rescate de la mochila. En todo
caso, no comuniqué al área de servicio mi cambio de planes, omisión que, como
verás, no tuvo incidencia alguna en las vicisitudes de la mochila.
El viernes fue un día largo e intenso. A las 9 de la mañana Carlos y Joana tenían cita en un banco de Cascais para tratar los temas de la hipoteca. A las 11:30 tenían cita en la agencia inmobiliaria, para firmar el contrato de compromiso de compraventa del piso que habíamos visto el martes, cita que hubo que aplazar una hora, porque la gestión del banco se prolongó. Y a las dos, Carlos y Joana habían reservado para almorzar en el restaurante Montemar, en la Praia do Guincho de la costa de Cascais, para celebrar el feliz (y sumamente oneroso para ellos, todo hay que decirlo) acontecimiento de la compra de un piso. Esta cita también debió aplazarse. De hecho, nosotros llegamos a Montemar después de las tres y allí pudimos disfrutar de las bonitas vistas del Atlántico desde las rocas a las que está encaramado el restaurante.
Después de las cinco de la tarde
partimos Mati y yo para Sevilla, con la vista puesta en el área de servicio de
Aljustrel, adonde llegamos unas dos horas después. Con cierta inquietud me
dirigí a la chica de la caja de la cafetería y le enseñé la pantalla de un
teléfono móvil, en la que el traductor había escrito: “Vim buscar uma
mochila azul” (vengo a recoger una mochila azul).
La empleada, que en ese momento
atendía a varios clientes que hacían cola en la caja, se dirigió a una estancia
interior, donde le transmitió mi petición a otra persona. Esa otra persona, que
parecía de mayor rango, se acercó a la barra, para solicitarme pormenores,
entablándose un diálogo en el que yo a duras penas intenté hacerle comprender
que me había olvidado la mochila en la cafetería que se encontraba al otro lado
de la autopista, que mi nuera había hablado el martes con su compañera de
nombre X y que esta le había confirmado que tenía en su poder la mochila y se había acordado
pasar la mochila a este lado de la autopista, para que yo la recogiera.
Esta segunda empleada de mayor
rango habló por teléfono en mi presencia con la cafetería del otro lado y por
la cara que iba poniendo empecé a temerme lo peor. La empleada entraba a las
dependencias interiores de la cafetería, como si buscara la mochila y
continuaba hablando. Finalmente, la mochila no aparecía en ninguno de los dos
lados de la autopista.
En ese momento llamé a Joana,
para poner a la empleada al teléfono, de modo que esta supiera de primera mano
la conversación que había tenido el martes Joana con la empleada X del área de
servicio. Tras la conversación entre las dos, la empleada me devolvió el
teléfono y Joana me contó lo que yo me temía. Que la mochila no aparecía, que
podría encontrarse en la gerencia del área de servicio, pero que era una
estancia que se encontraba cerrada y las llaves las tenían los gerentes, que
estaban ausentes y no llegarían hasta el día siguiente. De modo que la empleada
le dijo a Joana que iba a hablar con la persona que estaba de servicio la tarde
del martes (X), y con el gerente.
Una vez que hizo ambas llamadas,
la empleada apareció de nuevo en la barra con cara de circunstancias y me pidió
que contactara de nuevo con Joana, para darle a ella las correspondientes explicaciones
en portugués. Cuando hubo terminado, me pasó el teléfono y Joana me dijo que las
explicaciones eran bastante confusas, pero que lo que le habían contado era,
más o menos, lo siguiente: que el mismo día del olvido de la mochila, después
de la conversación de Joana con el área de servicio, momento en el que la
mochila estaba allí, un turista español se interesó por una mochila olvidada
ese mismo día y le dieron la mía, el turista la cogió y se la llevó.
En vista de ello, convencido una
vez más de la maldad intrínseca de la especie humana, lleno de resentimiento e indignación y casi
disfrutando de mi misantropía, decidí seguir la marcha hacia Sevilla, dando por
perdida la mochila. Pero yo no contaba en ese momento con que la maquinaria de
precisión portuguesa, de búsqueda y recuperación continuaba funcionando a pleno
rendimiento. Y así, Joana, que ya tenía el teléfono de la empleada que me había
atendido, le pidió los teléfonos de los gerentes y empleados involucrados y
realizó varias y extensas llamadas de teléfono, con el fin de precisar y
aclarar los términos de las actuaciones realizadas por el área de servicio, en
relación con la mochila.
Los responsables del área de
servicio le aseguraron que iban a inspeccionar las grabaciones de las cámaras
de seguridad, para reconocernos a nosotros, a la mochila y a la persona que se
la llevó, para lo que le pidieron a Joana unas fotos nuestras y de la mochila. También
iban a revisar el listado de las llamadas recibidas durante la tarde del martes.
Esto último era importante, porque, al parecer, la persona que se llevó la
mochila había llamado anteriormente para advertir de que se había olvidado un
bolso azul en la cafetería y de que se iba a pasar a por él.
Fruto de estas gestiones y
conversaciones, Joana consiguió hacerse una idea más precisa de lo que había
ocurrido. Para ello, tuvo que superar las diferentes versiones contradictorias
que le transmitió a lo largo de prolongadas llamadas telefónicas, la persona con la que tuvo la primera conversación el martes (X), así
como la confusión general que parecía reinar en la gestión que había llevado a
cabo el área de servicio sobre el asunto de la mochila.
La cuestión parecía bastante bien
centrada en esas horas finales del viernes, en las que la verdad se iba
abriendo paso poco a poco, si bien, persistían algunas incertidumbres. Y esa
verdad, que era parcialmente diferente a lo que habíamos ido sabiendo desde el
principio, consistía, más o menos, en lo siguiente: Un pasajero de un autobús que
circula por la autopista que une el Algarve con Lisboa (parece que un turista
español) le dice a su compañía que se ha dejado un bolso azul en el área de
servicio de Aljustrel. El departamento de objetos perdidos de la empresa de
autobuses habla con el área de servicio y allí le confirman que hay una mochila
azul extraviada, por lo que la compañía de autobuses le indica al área de
servicio que un conductor de un autobús posterior se pasará a recogerlo. El
conductor no conoce el bolso y da por bueno que lo que le entregan era lo que
había perdido el viajero de su compañía. Al recogerlo, le hacen firmar un
recibo en el que aparece su nombre, Vitaliy Kovalchuk, recibo del que le envían
una copia a Joana.
Las pesquisas ya habían
progresado mucho. A partir del nombre de la persona que, supuestamente, habría
recogido mi mochila en el área de servicio, ya se podría profundizar en la
investigación. Tanto, que, en la misma tarde/noche del viernes 2 de octubre,
Cristina, la madre de Joana, había encontrado en las redes sociales a un tal Vitaliy Kovalchuk, un ucraniano que, efectivamente, era un conductor de autobús
de una compañía asentada en Lisboa.
Posteriormente, Vitaliy Kovalchuk
llega a Lisboa y deposita la mochila en la sección de objetos perdidos de la estación de autobuses. A
partir de ese momento, o la compañía de autobuses, consciente, por el revuelo
producido, de que ha recogido un bolso equivocado, decide no ofrecérselo al
pasajero; o, si se lo ofreció al pasajero, este, en un rasgo de honradez, lo
rehusó, por no ser suyo. Porque lo cierto es que la mochila permanecía allí, como supimos después.
Ahora venían tres días en los que
las pesquisas no pudieron avanzar significativamente: sábado, domingo y un
lunes feriado en Portugal. Sin embargo, el círculo se fue cerrando. Por
ejemplo, el área de servicio le confirmó a Joana que la llamada de teléfono que
recibieron procedía del departamento de objetos perdidos de la compañía de
autobuses y que, efectivamente, las cámaras de seguridad nos habían
identificado a Mati y a mí y al conductor que recogió la mochila lo que permitió, además, confirmar la coherencia de los horarios de cada una de las presencias.
Como acabo de decir, lo cierto es que la mochila
estaba en la estación de autobuses. Porque, estando inconclusas las pesquisas, hasta allí han ido hoy de buena mañana Américo
y Cristina, los padres de Joana y la han recogido. A las 11:33 am (10:33, hora
portuguesa) recibo una videollamada de Américo, en la que me muestra la mochila
y todo su interior que se encuentra, aparentemente, tal y como la olvidé en el
área de servicio de la autopista.
¿Tú crees que algo así puede ocurrir en España? No lo sé, pero sí es cierto que mis frecuentes visitas a Portugal me están convenciendo progresivamente de que en determinados aspectos su grado de civilización es superior al nuestro. Este episodio puede ser una muestra.
Y, no diré que haya llegado a reconciliarme con la condición humana, en
general. Pero estoy dispuesto a admitir que, probablemente, algunos de mis
congéneres no son necesariamente unos desaprensivos. Y, si son portugueses, las
posibilidades de que su conducta sea decente son aún mayores.

👌👌👏👏
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