La vicepresidente del gobierno,
Yolanda Díaz dijo hace poco en entrevista con Alsina que el partido del fugado
Puigdemont (Juntos por Cataluña-JpC) es un partido racista.
Hoy, el presidente de la
Generalidad, Salvador Illa, al ser preguntado por el mismo Alsina si compartía
la opinión de Yolanda Díaz, negó con cierta rotundidad que el referido partido
sea racista.
A primera vista, podría pensarse
que Illa niega que JpC sea racista porque admitirlo deja en mal lugar a su propio
partido, que gobierna en España gracias a los votos, entre otros, de JpC. A lo
que habría que añadir que si el partido de Illa gobierna en España lo es porque
contó con el apoyo, no solo de JpC, sino de otros partidos, como PNV, ERC y
Bildu que, en lo que se refiere a la cuestión de la que estamos hablando, no
son menos racistas que JpC. Veamos.
Para llamar a algo racista en
sentido estricto suele hacer falta que exista una discriminación que recaiga,
de hecho o por diseño, sobre personas definidas por su origen nacional o
étnico. El Consejo de Europa define precisamente esa discriminación indirecta
como una práctica que coloca en desventaja a personas por motivos como la
lengua, la nacionalidad o el origen étnico.
Y, ¿qué es lo que ocurre en
Cataluña y en el País Vasco? Pues que el castellano, que es la lengua
mayoritaria entre inmigrantes y entre las personas llegadas de otras regiones
de España, está excluido por completo de la
administración, de la señalización pública y de la enseñanza en todos los niveles. Además, se da la
coincidencia de que las capas más vulnerables de la sociedad tienen como lengua
materna el castellano.
Por eso, en particular, excluir
el castellano en las escuelas vasca y catalana produce necesariamente que el
fracaso escolar recaiga con mayor intensidad en los castellanohablantes que,
además, pertenecen a las clases más vulnerables, como ya hemos dicho. Esto no es solo una
discriminación intolerable y una política absolutamente ineficiente para el
progreso de la sociedad en su conjunto, sino que es de una crueldad inaudita. Se trata de una política desalmada e inhumana, aplicada sobre escolares a los que se les obliga a
escolarizarse en una lengua que no es la suya, lo que incide con especial saña
en los niños inmigrantes, la mayoría de ellos castellanohablantes, que al
desarraigo de la propia emigración deben unir la frustración y la impotencia
que les genera el tener que estudiar en una lengua que no conocen…cuando la
totalidad de sus profesores sí conocen la lengua materna de los niños inmigrantes.
Por tanto, los efectos de esta
política lingüística no son solo lingüísticos. Al recaer el impacto de dicha
política de manera especialmente intensa sobre grupos marcados por su origen y
por su posición social, encaja muy bien con la idea de discriminación múltiple
o interseccional: lengua + origen + clase social. El propio sistema europeo de
derechos humanos prohíbe discriminaciones en el disfrute de derechos por
motivos, entre otros, de lengua, origen nacional o social.
Lo que ocurre en Cataluña y el
País Vasco es que la política no solo protege las lenguas regionales de dichos
territorios, sino que usan la lengua regional como filtro de acceso a derechos
básicos, funcionando como una forma de nativismo institucional: favorecer a los
“de aquí” o a los grupos históricamente dominantes y poner trabas a quienes
vienen de fuera, aunque formalmente no se les mencione por raza o nacionalidad.
Cuando ese patrón afecta sobre todo a colectivos definidos por su nacionalidad,
etnia, origen o lengua materna, hablar de racismo estructural o institucional
deja de ser una exageración retórica y pasa a ser una acusación plausible.
El caso de Cataluña es
particularmente sangrante, porque allí, ciudadanos particulares llevan lustros
pleiteando con éxito en los tribunales para que sus hijos puedan estudiar al
menos algunas de las asignaturas en castellano. Pero, reiteradamente, los
poderes públicos regionales catalanes, no solo incumplen sistemáticamente las
sentencias, sino que dictan leyes y reglamentos para sortearlas. En los últimos
días el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña ha anulado varios artículos
de uno de esos reglamentos y la respuesta de Salvador Illa ha sido… En
definitiva, lo que ha dicho Illa es que tampoco su gobierno va a cumplir esa sentencia, ni las anteriores. Es decir, la política lingüística
del partido de Salvador Illa (el Partido Socialista) que ahora gobierna en
Cataluña, es la misma que los gobiernos nacionalistas-separatistas anteriores.
En definitiva, cuando Salvador
Illa niega que los separatistas catalanes sean racistas no solo está intentando
proteger a Pedro Sánchez. Se está protegiendo él mismo. Porque Alsina, al preguntarle por el racismo de JpC, ha colocado a Illa ante el espejo. Y lo que ha visto es que las razones por
las que algunos pensamos que Puigdemont y los suyos son unos xenófobos y unos racistas
le son igualmente aplicables a Illa y a los suyos. Porque, a los efectos que nos
ocupan, sus políticas son idénticas.
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