A Mariano, con
nuestro agradecimiento por haber compartido tan generosamente sus GuestPoints
de HomeExchange, gracias a los cuales pudimos vivir una experiencia tan
gratificante que nos dejó con ganas de repetirla en el futuro.
INTRODUCCIÓN
Este viaje fue concebido cuando
faltaban pocas semanas, apenas unos días, para nuestro viaje a Egipto de
febrero de 2026. Mariano llevaba tiempo animándonos a que utilizáramos unos
bonos que había obtenido en la organización Homeexchange, por ceder su
apartamento de la Plaza de Santa Cruz para la estancia de otros asociados.
Tras echar una ojeada a las
disponibilidades de Homeexchange, sin salir del continente europeo,
pensamos que Roma podía ser una buena opción. Lo pusimos en el grupo de
Whatsapp y de los trece nos apuntamos siete, tres parejas y Mariano como
single. De modo que nos pusimos a buscar una casa que pudiera albergar, al
menos, a siete personas y que dispusiera de cuatro cuartos de baño, hasta que
dimos con la casa en la que finalmente nos alojamos.
Ya no recuerdo si las fechas que
elegimos, entre el 18 y el 23 de junio, estuvieron condicionadas por la
disponibilidad del alojamiento. Lo cierto es que ninguno de nosotros pareció
darse cuenta del riesgo que entrañaba hacer turismo en Roma en pleno verano.
Pues pronto pudimos darnos cuenta, revisando estadísticas meteorológicas, que
esos días de Roma eran de pleno verano, lo que acabó condicionando el viaje en una
medida importante.
Ryanair tiene vuelos directos a
Roma desde Sevilla, de modo que reservamos las fechas de la casa en función de
los vuelos de ida y vuelta que ofrecía Ryanair, entre el jueves, 18 de junio y
el martes, 23 de junio.
La casa no estaba en el centro de
Roma, sino en una población al norte de la ciudad que se llama La Giustiniana.
Ensayando en Google Maps el trayecto desde nuestro alojamiento hasta el centro
de Roma vimos que no era fácil el traslado que tendríamos que hacer cada uno de
los días. Barajamos varias opciones y finalmente nos decantamos por reservar un
servicio de furgoneta de 7 plazas, más equipaje, con conductor, que nos
trasladara desde y hasta el aeropuerto y cada día entre nuestro alojamiento y
el centro histórico de Roma y viceversa.
Siguiendo el aire de los tiempos,
le propuse a ChatGPT que elaborara un proyecto de viaje turístico a Roma,
teniendo en cuenta el lugar de nuestro alojamiento, las horas y días de llegada
y salida y otra serie de consideraciones, en las que me voy a detener
brevemente.
Por mi cuenta estudié las
modalidades de las visitas que podríamos hacer a los lugares previsiblemente
más masificados (Vaticano, Panteón, Coliseo y Foro Romano). Tras el estudio, concluí
que la visita al Vaticano se limitaría a la basílica de San Pedro, incluyendo
la subida a la cúpula; el Coliseo y el Foro los visitaríamos por fuera; y sí
visitaríamos el Panteón.
Además de estas indicaciones, le
dije a ChatGPT que centrara el programa más bien en callejear, visitar iglesias
y algún museo de arte y que organizara las jornadas previendo una salida a hora
temprana, almuerzo sobre las 14 horas, una breve actividad después de comer y
vuelta a casa entre las 17 y las 18 horas. También le pedí que me propusiera
algunos restaurantes bien valorados en el área donde nos encontraríamos cada
día a la hora del almuerzo y para la cena del día de llegada.
Con esos mimbres, ChatGPT elaboró
un programa al que le di muchas vueltas y en base al cual elaboré yo una
primera versión de mi propio programa. Puedo decir que la versión definitiva de
nuestro programa se parece muy poco al que me propuso ChatGPT, aunque me vino
bien la estructura de los días que sugirió. Además de atender a sus
sugerencias, yo consulté la Guía Visual de Roma de la editorial DK, que compré
en formato digital y que me ofreció otras útiles explicaciones complementarias.
Me gustan las guías visuales y
tengo ya una amplia colección de ellas, porque ofrecen una información de los
lugares a visitar presentada de un modo gráficamente inmersivo que me resulta
muy útil y agradable.
Introduje muchas modificaciones en
el programa sugerido por la plataforma de IA, aunque dialogando siempre con
ChatGPT, para que validara mis propuestas y detectara posibles incoherencias.
Quizá las modificaciones más importantes consistieron en descartar las entradas
a los Museos Vaticanos y al Coliseo y el Foro y añadir las visitas a las otras tres
grandes basílicas romanas (Santa Maria Mayor, San Juan de Letrán y San Pablo
Extramuros) y a la Galeria Doria Pamphilj.
El tema de los restaurantes
resultó algo más complicado, porque yo quería meter en el programa algunos de
los lugares recomendados por personas conocidas y porque algunos de los que
sugería ChatGPT no admitían reservas.
Al final elaboré una versión
definitiva de los cinco días en Roma, en la que se reflejaban los itinerarios
de cada día, desde la salida de nuestro alojamiento por la mañana, hasta la
vuelta por la tarde. Cada ítem del programa (por ejemplo, Fontana de Trevi) iba
acompañado de un enlace a un breve comentario sobre las razones por las que resulta
interesante visitar ese monumento, iglesia, calle o plaza. Además, los
monumentos más importantes (por ejemplo, el Panteón) tenían un enlace con una
explicación más detallada en varias páginas. También contenía la guía, en los
lugares correspondientes, enlaces con explicaciones detalladas en varias
páginas de las obras de arte más singulares que nos proponíamos visitar: por
ejemplo, la Piedad y el Moisés de Miguel Ángel y varios cuadros en los que nos
proponíamos detenernos en distintas iglesias y en el único museo al íbamos a
entrar, la Galería Doria Pamphilj. También incluí enlaces a los menús de los
restaurantes reservados y, al final de cada día, inserté un enlace a la ruta
pedestre de Google Maps de ese día.
Finalmente, solo sacamos entradas
anticipadas para visitar el Panteón y la Galería Doria Pamphilj. En Roma, las
iglesias son de entrada libre, incluida la basílica de San Pedro del Vaticano.
Por lo demás, el viaje no
requirió de otros preparativos que la compra de los billetes de avión y el
contrato de los servicios (un total de 12) de alquiler de coche con conductor.
Esto último resultó un tanto minucioso, porque me exigió detallar, aunque fuera
provisoriamente, las horas de recogida en el alojamiento y en Roma cada día y los
lugares aproximados de recogida en Roma, utilizando para ello un sistema de
gestión online de la compañía de taxis que no tenía la flexibilidad que el caso
necesitaba, en la fase de contratación.
DÍA 18 DE JUNIO
Aterrizamos en Roma a la hora
prevista, sobre las 12 y media de la mañana. Aprovecho para decir que, en
contra de nuestras presunciones, Italia tiene el mismo uso horario que España,
por lo que, lógicamente, amanece y anochece alrededor de una hora y media antes
que en Sevilla.
Nada más salir de la terminal
tomamos contacto con el clima romano del momento. Eran las 12:30 del mediodía y
el sol ya apretaba, anunciándonos un claro presagio de lo que sentiríamos en
los cinco días que duró nuestro viaje.
En la terminal nos estaba
esperando Francesco, mostrando mi nombre en la pantalla de una tableta. Sería
nuestro conductor todos los días, salvo en uno de los servicios, que nos lo prestó
su compañero Alessio.
En el transfer del aeropuerto
hacia nuestro alojamiento pusimos a prueba la flexibilidad del servicio que
habíamos contratado, al pedirle a Francesco que, antes de llegar a casa, nos
llevara a un supermercado, para hacer una pequeña compra de provisiones.
Francesco no puso inconveniente, pero, como no hablaba español ni inglés, nos
fue difícil percatarnos de si lo que le habíamos pedido era una prestación que
excedía o no de los usos del servicio contratado.
Finalmente, llegamos a casa y
allí nos estaba esperando Sabrina, su propietaria. Inmediatamente, empezó a
detallarnos sobre el terreno las sumamente prolijas instrucciones que nos había
adelantado en pdf sobre todo tipo de cosas: funcionamiento de los distintos
aparatos, encendido y apagado de la alarma, apertura y cierre de puertas y
ventanas, los gatos y su alimentación, el riego de las plantas y el jardín, el
agua caliente… Sabrina era una señora más joven que nosotros, simpática y muy
puntillosa con las cosas de su casa. Nosotros pensamos que la casa, por cómo
estaba vestida, debía de ser su vivienda más o menos habitual. Los armarios
estaban llenos hasta los topes, hasta el punto de que para sus huéspedes se
había visto obligada a tener disponibles unos burros para colgar la
ropa. El congelador de la nevera estaba completamente lleno y la casa entera
estaba decorada con fotografías familiares y otros efectos personales.
María, dadas sus inclinaciones
personales, fue la encargada de dar de comer a los gatos y los demás nos
repartimos el resto de las faenas, que tampoco eran muchas.
Cuando Sabrina se hubo marchado, sorteamos
las habitaciones y dimos cuenta de los bocadillos que habíamos traído de casa,
regados con las cervezas frías que acabábamos de comprar. Todo esto lo hicimos
deprisa, pues queríamos que nos quedara algo de tiempo para descansar, antes de
que nos recogiera el conductor, con el que habíamos quedado a las 16:30.
Al salir a la calle a la hora
acordada, algunos miembros del grupo mostraron sus quejas sobre lo temprano de
la cita, debido al calor sofocante. Pero, con una puntualidad que se repitió
todos los días, a las 16:30 estábamos los siete subidos a la magnífica y capaz
Mercedes Clase V camino de la Plaza del Pópolo, donde comenzarían nuestros días
de turismo romano.
En el programa yo había previsto
que empezáramos nuestra ruta en la Terraza del Pincio, un magnífico mirador desde
donde podríamos haber disfrutado de unas bonitas vistas de la Plaza del Pópolo
y de Roma. El programa de este día preveía bajar desde el mirador hasta la
plaza, visitar las tres iglesias que la circundan y, en especial, la de Santa
María del Pópolo, donde podríamos admirar dos caravaggios; recorrer la Vía del
Babuino, hasta la Plaza de España; subir y bajar sus escaleras, para encarar
finalmente la Via del Condotti, hasta
desembocar en la Plaza del Emperador Augusto, donde se encuentra el restaurante
Il Vero Alfredo, para cenar.
Por miedo de que el atorrante y
húmedo ambiente nos arruinara la primera jornada romana, le dije a Francesco
que nos llevara directamente a la Plaza del Pópolo, dejando de lado la Terraza
del Pincio. El coche nos dejó justo al lado de la iglesia de Santa María del
Pópolo y, desde allí, pudimos admirar una de las plazas más monumentales y
armoniosas de Roma, aunque ese día perturbada por una enorme estructura de
hierro, instalada para la celebración de un evento, supongo que musical.
Los elementos más destacados de
la plaza son el obelisco Flaminio, de más de 23 metros de altura (36 con el
pedestal), que tiene más de 3.000 años de antigüedad y fue traído desde Egipto
por orden del emperador Augusto; las iglesias gemelas, Santa Maria in Montesanto y Santa
Maria dei Miracoli, que parecen idénticas desde la plaza aunque, en
realidad, presentan plantas y cúpulas diferentes, debido al reducido espacio
disponible para construirlas; las fuentes con leones que rodean el obelisco y
las dos grandes fuentes semicirculares situadas a ambos lados de la plaza, que
refuerzan la sensación de amplitud y simetría; y, la basílica de Santa Maria
del Pópolo, situada junto a la antigua puerta de la ciudad.
Entramos rápidamente a la basílica
de Santa Maria del Popolo, lo que nos sirvió, como en otras ocasiones durante
el viaje, de refugio ante las fastidiosas inclemencias meteorológicas.
Era la primera iglesia a la que
entrábamos en Roma y la primera vez, por tanto, en la que pudimos apreciar la
riqueza de su interior lujosamente construido y ornamentado. En este caso, en
vivo contraste con una fachada plana, sencilla y contenida. Su interior alberga
algunas de las obras maestras más importantes de Roma, entre ellas dos lienzos
de Caravaggio.
Admiramos las enormes columnas de
mármol travertino que sostienen el templo y nos dirigimos hacia la Capilla Cerasi,
a la izquierda del altar mayor de la basílica, a contemplar las pinturas de
Caravaggio. Para poder apreciarlas hay que accionar un mecanismo que enciende
la iluminación de ambos cuadros, previo pago de su importe, por una duración
que apenas alcanza para completar la lectura de la explicación detallada de uno
de los cuadros que contenía nuestra guía.
(*) Los textos en azul no son originales.
En “La Crucifixión de San Pedro” Caravaggio no muestra
el instante solemne de un santo ya glorificado, sino el momento incómodo,
pesado y brutal en que tres hombres intentan levantar la cruz. San Pedro ya
está clavado a los maderos, cabeza abajo, según la tradición que cuenta que
pidió morir así por no considerarse digno de ser crucificado como Cristo. La
escena no parece heroica, sino que parece un esfuerzo de obra, una maniobra
torpe, casi silenciosa, ejecutada en la oscuridad.
El cuerpo de Pedro es el centro emocional del cuadro.
Caravaggio lo pinta como un anciano real, con barba gris, calvicie, piel
flácida pero todavía fuerte, músculos tensos por el dolor y por el esfuerzo de
incorporarse. No es un mártir idealizado ni un atleta clásico. Es un hombre
viejo que sufre.
Su gesto es decisivo. Aunque está cabeza abajo, intenta
levantar el torso. No se abandona del todo al suplicio. Parece buscar algo
fuera del cuadro, quizá una presencia divina, quizá una última orientación
espiritual. Esa mirada perdida, no dirigida a los verdugos, vuelve la escena
más íntima que teatral.
Los tres hombres que levantan la cruz no aparecen como
villanos melodramáticos. Son trabajadores anónimos. Uno tira de una cuerda,
otro empuja desde arriba, otro se agacha bajo el peso del madero. Sus rostros
quedan ocultos o girados, como si Caravaggio quisiera quitarles individualidad.
No importan sus nombres, sino la acción mecánica que realizan.
Este detalle es muy característico del cuadro. El mal no se
representa como una gran escena de odio, sino como una tarea cumplida con
esfuerzo, indiferencia y cansancio. Las manos, los pies, las piernas dobladas y
la ropa humilde de los verdugos insisten en una realidad física casi áspera.
La cruz atraviesa el lienzo en diagonal y domina toda la
imagen. No está todavía erguida, sino en pleno ascenso, atrapada en un momento
de inestabilidad. Esa diagonal da al cuadro una tensión enorme, porque todo
parece depender de unos segundos. La cuerda, los brazos, los hombros, el cuerpo
de Pedro, el peso de la madera.
Caravaggio convierte la composición en una lucha contra la
gravedad. Se siente que la cruz pesa. Se siente que el cuerpo pesa. Se siente
que el martirio no es una idea abstracta, sino una materia concreta, compuesta
de madera, carne, cuerda, tierra y sudor.
El fondo oscuro elimina casi todo lo accesorio. No hay
paisaje narrativo, no hay multitud, no hay arquitectura solemne. Solo cuerpos
iluminados contra una sombra espesa. La luz cae sobre Pedro y sobre los cuerpos
de los verdugos como si los arrancara de la oscuridad por un instante.
Esa iluminación no embellece la escena, la hace más
verdadera. Revela la piel envejecida, las plantas sucias, los músculos en
tensión, los paños blancos, el madero. La santidad aparece dentro de lo físico,
no separada de ello. En Caravaggio, lo sagrado no flota, sino que pesa, sangra
y respira.
Hay algunos detalles que conviene mirar despacio. El pie
clavado de Pedro, en la torsión incómoda de su abdomen, el brazo extendido
hacia la parte baja del cuadro. También el hombre agachado, casi reducido a
espalda, nalgas y piernas. Su postura es poco elegante, pero precisamente por
eso resulta tan creíble. Nada está suavizado.
También importa la roca oscura del fondo y del suelo. No es
solo un escenario árido, sino que recuerda simbólicamente a Pedro como
“piedra”, fundamento de la Iglesia según el pasaje evangélico. Caravaggio
introduce así un significado teológico sin necesidad de añadir símbolos
brillantes ni gestos grandilocuentes.
El cuadro habla de la humildad de Pedro, pero no de una
humildad dulce o sentimental. Es una humildad corporal, extrema. El primer
apóstol aparece invertido, desnudo, vulnerable, sometido al peso de la cruz. Y,
sin embargo, esa degradación visual se convierte en grandeza espiritual.
Caravaggio evita el triunfo fácil. No vemos aureolas
luminosas ni ángeles consoladores. La fe se expresa en la resistencia del
cuerpo, en la mirada que busca más allá de la violencia, en la dignidad de un
anciano que acepta morir de una manera humillante porque no se cree digno de
imitar exactamente a Cristo.
La fuerza del cuadro está en su economía. Caravaggio reduce
la escena a lo esencial: cuatro cuerpos, una cruz, una cuerda, una pala, un
suelo pedregoso y una oscuridad casi total. Con esos pocos elementos construye
una imagen de enorme intensidad.
La pintura funciona porque todo está al servicio del
instante: la anatomía de Pedro, la tensión de los verdugos, la diagonal de la
cruz, el contraste entre luz y sombra. Es un martirio sin espectáculo externo,
pero con una potencia interior inmensa. Caravaggio no nos invita a contemplar
una escena lejana; nos coloca demasiado cerca de ella, casi en el lugar del
único testigo.
En “La conversión de San Pablo camino de Damasco” Caravaggio
no compone una escena grandiosa, llena de ángeles, nubes abiertas y personajes
asombrados.
Hace justo lo contrario, reduce el episodio a lo esencial. En
un espacio oscuro, casi vacío, vemos a Saulo —el futuro San Pablo— tendido en
el suelo, vencido por una luz que no sabemos exactamente de dónde viene. A su
lado, un caballo enorme ocupa buena parte del lienzo, mientras un viejo mozo
intenta sujetarlo con calma. Nada más. Y, sin embargo, con esos pocos
elementos, Caravaggio construye una de las imágenes más intensas de la pintura
barroca.
La escena procede del episodio bíblico en el que Saulo,
perseguidor de los cristianos, viaja hacia Damasco y es derribado por una
revelación divina. Según los Hechos de los Apóstoles, una luz lo envuelve y oye
la voz de Cristo preguntándole por qué lo persigue. Caravaggio elige el
instante posterior al impacto. No vemos el rayo cayendo, ni a Cristo en el
cielo, ni el tumulto del camino. Vemos el silencio que queda después del golpe
interior.
El cuerpo de Saulo aparece en primer plano, recostado de
espaldas, con los brazos abiertos y los ojos cerrados. Su gesto es ambiguo y
por eso resulta tan poderoso. Parece caído, derrotado, pero también receptivo;
no se defiende, sino que se abre a lo que está ocurriendo. Sus brazos
levantados pueden leerse como sorpresa, entrega o abrazo invisible. Caravaggio
convierte la conversión en una experiencia física. El alma cambia, sí, pero el
cambio se expresa en un cuerpo que ha perdido el equilibrio y yace sobre la
tierra.
Uno de los aspectos más llamativos del cuadro es la presencia
del caballo. Es grande, pesado, casi desproporcionado. Su grupa y su pata
suspendida dominan la parte superior de la composición. En otra pintura más
convencional, el santo habría sido el protagonista indiscutible y el animal un
simple accesorio narrativo. Aquí, en cambio, Caravaggio se atreve a colocar el
caballo en el centro visual de la escena. Esa elección desconcertó a algunos
críticos, pero es precisamente lo que hace que la obra resulte tan moderna. El
milagro no se muestra como espectáculo celestial, sino como algo que irrumpe en
lo cotidiano, entre cuerpos, polvo, peso y oscuridad.
El mozo de cuadra, medio perdido en la sombra, añade un
contraste muy humano. Mientras Saulo vive una experiencia decisiva, él parece
preocupado sobre todo por controlar al animal. No entiende —o no percibe— la
dimensión sobrenatural de lo que sucede. Esta diferencia entre lo visible y lo
invisible es fundamental en el cuadro. Para unos, solo hay una caída; para
Saulo, acaba de abrirse una verdad que transformará su vida.
La luz es la verdadera protagonista. No procede de una fuente
clara, no hay sol, ni llama, ni figura divina visible. Aparece como una
iluminación misteriosa que cae sobre el cuerpo de Saulo, sus brazos, su rostro
y parte del caballo. A su alrededor, la oscuridad es densa, casi material.
Caravaggio utiliza aquí su característico claroscuro extremo —el tenebrismo—
para concentrar la mirada y dar intensidad espiritual a la escena. La luz no
solo permite ver, significa. Es la gracia, la revelación, la llamada.
La composición también está pensada para implicar al
espectador. Saulo no está colocado cómodamente en el centro, como una figura
distante y ordenada, sino tumbado en escorzo, casi empujado hacia nuestro
espacio. Parece que su cuerpo pueda salirse del lienzo. Caravaggio elimina el
paisaje y cualquier detalle secundario para que no haya escapatoria. Todo nos
conduce a ese cuerpo caído, a esa luz y a ese instante suspendido.
El significado del cuadro se apoya en una paradoja. Saulo cae
para levantarse convertido en Pablo. La derrota física es el comienzo de una
nueva vida espiritual. El antiguo perseguidor aparece desarmado, vulnerable,
sin control sobre la situación. Su espada y su autoridad ya no sirven. Lo que
lo transforma no es una batalla externa, sino una conmoción íntima. Caravaggio
pinta el momento en que una certeza se rompe y otra empieza a nacer.
La ejecución es sobria y directa. Los colores son contenidos,
negros profundos, ocres, marrones, rojos apagados, algunos toques de verde y
naranja en la vestimenta del santo. Las texturas —la piel, la tela, el cuerpo
del caballo, la tierra— tienen una presencia muy real. Esa realidad material es
clave. Caravaggio no idealiza el milagro, lo encarna. Lo sagrado no aparece
lejos del mundo, sino dentro de él.
Por eso esta obra sigue resultando tan poderosa. No muestra
una conversión como una escena triunfal, sino como una experiencia
desconcertante, silenciosa y profundamente humana. El espectador no contempla
un relato lejano, sino que se encuentra ante un hombre derribado por algo que
no puede comprender del todo. Caravaggio convierte el camino de Damasco en un
espacio interior, el lugar exacto donde una vida se quiebra y empieza de nuevo.
Al salir de Santa María del
Pópolo nos dirigimos a visitar las dos iglesias gemelas del otro lado de la
plaza, aunque solo pudimos entrar en la de la izquierda, la iglesia de Santa
María in Montesanto, pues la otra estaba cerrada por obras. Posee un
interior sobrio y elegante, con una planta elíptica sobre la que se sostiene
una cúpula dodecagonal. En pocos minutos salimos a la calle para continuar
nuestra ruta.
Desde ese punto de la plaza
parten las tres calles que forman el llamado Tridente: Via del Corso, Via del
Babuino y Via de Ripetta. Este diseño urbano permitía distribuir el tráfico de
viajeros hacia los principales barrios de la ciudad y constituye uno de los
mejores ejemplos del urbanismo barroco romano.
Para un visitante, la Plaza del Pópolo
es mucho más que una plaza, es un excelente punto de partida para recorrer el
centro histórico. En apenas unos minutos se puede caminar hasta la Plaza de
España, recorriendo la elegante Via del Babuino, que es lo que hicimos
nosotros. En algunos de los establecimientos de lujo de esta calle pudimos ver
merodeando alrededor a la típica clientela femenina asiática y del golfo pérsico,
como puede verse en análogos lugares en cualquier otro lugar del mundo.
En mitad de la calle se encuentra
la Fuente del Babuino. Así llamada
porque los romanos, al ver la estatua que la remata, pensaron que aquella
figura era tan fea y deforme que parecía un babuino, es decir, un mono. En
realidad, la estatua no representa a un mono, sino a Sileno, personaje
mitológico asociado a Dioniso y a las fuentes, recostado sobre unas rocas.
La fuente estaba surtida por un
caño de agua muy fría en el que rellenamos nuestras botellas. También aprovechamos
esta fuente para sumergir manos y antebrazos en el pilón y alguno hasta la
cabeza entera.
La Vía del Babuino desemboca en
la Plaza de España, uno de los
lugares icónicos de Roma.
En el momento en que llegamos a
la plaza, la práctica totalidad de la escalinata que sube hasta la iglesia de
la Trinidad del Monte se encontraba completamente abrasada por el sol, por lo
que no nos animamos a subir. Mariano les había preguntado a unos franceses con
los que nos cruzamos, que venían comiendo helados, que dónde los habían
comprado, de modo que nos encaminamos hacia el lugar, no lejos de allí. Se
llamaba Gelateria Amarena y tenía un interior no muy prometedor, pero en
el que cabíamos todos y estaba muy fresco. El tamaño mínimo de los helados nos
resultó exagerado, lo que disuadió a algunos de los viajeros.
Después de dar cuenta
tranquilamente de los helados, volvimos a la Plaza de España, nos hicimos fotos
alrededor de la Fontana della Barcaccia, una fuente barroca en forma de
barca medio hundida, obra del padre del famoso escultor Bernini. Subimos el
primer tramo de la escalinata y en la pequeña explanada que hay al final de
este primer tramo ejercía sus habilidades un grupo de desaprensivos, que en ese
momento desplumaba a unos turistas mejicanos mediante el viejo timo del
trilero. A diferencia de España, donde los trileros actúan sobre pequeñas mesas
portátiles, jugando con pequeños cubiletes, estos trileros romanos mueven
cubiletes mucho más grandes en el mismo pavimento de la calle. En el rato que
estuvimos vimos volar, generalmente hacia las manos del trilero, varios
billetes de 50€ (parecía ser la apuesta mínima), aunque no podríamos asegurar si
los que volaron en sentido contrario lo fueron en favor de jugadores auténticos
o de cebos del propio trilero.
Bajamos la escalinata hasta la
plaza y tomamos la glamurosa Via del Condotti, que recorrimos
hasta el final, llegando hasta la Plaza del Emperador Augusto, donde
habíamos reservado para cenar en el restaurante Il Vero Alfredo.
Como quedaba tiempo para la hora
de la cena, dimos una vuelta por los alrededores y nos dimos cuenta de que en
la terraza superior del edificio (probablemente un hotel) que ocupaba uno de los
laterales de la plaza se celebraba una animada y ruidosa fiesta. En la acera se
encontraban aparcados algunos coches de alta gama y esperaban a sus pasajeros
no menos de una docena de Mercedes Clase V, como la nuestra, con su conductor.
Cruzamos la avenida que corre paralela al río Tíber, para contemplar sus
aguas; admiramos desde fuera la maravilla de los grabados en mármol del Ara
Pacis Augusta, que se encuentra integrado en un museo con unas enormes
cristaleras, que permiten percibir la grandiosidad artística del monumento;
contemplamos desde fuera el enorme Mausoleo
de Augusto, que se encuentra completamente vallado, para proteger las obras
de restauración que se desarrollan en su interior; y volvimos al restaurante
para cenar.
Il Vero Alfredo me
produjo la impresión de que, en realidad, se trataba de dos locales
completamente diferentes. Uno era su terraza exterior, amplia y con un ambiente,
al menos esa noche, de cierta sofisticación y yo diría que de carácter
fundamentalmente autóctono. La música sonaba a volumen alto y en las mesas la
gente comía o bebía, no como el que cumple con la necesidad diaria de
alimentarse, sino con el espíritu del que está en la calle para divertirse
mientras sacia el hambre y la sed.
El local interior, en cambio, me
dio una impresión más convencional, de restaurante romano no estrictamente para
turistas, aunque con turistas y de un cierto nivel gastronómico. El interior de
Il Vero Alfredo tiene una decoración clásica y algo teatral, más de
restaurante tradicional que de local moderno. El ambiente resulta elegante pero
no lujoso en sentido contemporáneo. Tiene un aire antiguo, familiar y un poco “dolce
vita”. Lo más característico son las paredes, cubiertas de fotografías
enmarcadas de celebridades y visitantes ilustres, que convierten el comedor
casi en un pequeño archivo visual de la historia del restaurante.
La enorme cantidad de helado que
había ingerido poco más de una hora antes no era la mejor predisposición para
disfrutar del que, a priori, era el mejor restaurante de los que teníamos
reservados. Varios de nosotros pedimos el plato especialidad de la casa, los Fetuccini
All’Alfredo, que la carta califica de majestuosos. Fui el único que le puso
pegas a este plato, pero, la verdad, no me pareció nada del otro jueves. La
ensalada que pidió Mati tampoco quedará en su recuerdo. De aperitivo pedimos
unas patatas al horno muy apetitosas que habíamos visto circular profusamente
en varias mesas de dentro y de fuera y algo más que no recuerdo. De postre
pedimos Tiramisú y alguna otra cosa. En conjunto, para mí, el restaurante no
cumplió las expectativas, aunque quizá tuve mala suerte.
Sobre las 23:00 h, a dos pasos de
allí (la calle del restaurante estaba cortada al tráfico), nos recogió el coche
que, en menos de media hora nos dejó en nuestra casa, para pasar la primera
noche romana.
DÍA 19 DE JUNIO
Nuestro primer desayuno en Roma
se repitió los siguientes cuatro días. Café de cafetera italiana y tostadas de
un pan de calidad manifiestamente mejorable, con un aceite italiano aceptable.
De nada sirvieron las cápsulas Nespresso que compramos en el supermercado, pues
la cafetera, que simulaba ser Nespresso, sin serlo (tenía la misma forma que uno
de los modelos auténticos de Nespresso), no las admitía.
El plan del día consistía, más o
menos, en recorrer la distancia que separa la Fontana de Trevi del Campo di
Fiori, el meollo del Centro Storico de Roma, apenas un kilómetro y medio
plagado de calles, plazas, iglesias, monumentos, museos y otros lugares de
interés.
Pensando que había comprado las
entradas del Panteón para la franja horaria entre las 10 y las 11 de la mañana,
concertamos la recogida en casa a las 8:30. A las 9:30 aproximadamente
estábamos en la Plaza de la Rotonda, admirando la magnífica mole del pórtico
del Panteón y aprovechamos para fotografiarla y fotografiarnos. Dedicamos unos
minutos a la lectura de los aspectos generales y exteriores del monumento que
figuraban en nuestro programa del viaje. Aunque ya había visitado el Panteón en
nuestra estancia anterior en Roma, aguardaba la entrada en el imponente
edificio con la emoción del primer visitante, de modo que estos prolegómenos no
hicieron sino aumentar la emoción del momento.
Entramos sin problemas al
monumento muy cerca de las 10 de la mañana. Y ahora, consultando archivos para
redactar estas líneas, compruebo que nuestras entradas eran para la franja
entre las 9 y las 10 de la mañana. Esto explica que, cuando entré al Panteón,
pensando que abría a las 10 y que estaba entrando de los primeros, me quedara
extrañado de encontrar tanta gente dentro.
El Panteón de Roma es uno de esos
edificios que desconciertan. Está en pleno centro histórico de la ciudad,
rodeado de calles estrechas, terrazas, turistas, motos y fachadas de tonos
ocres. Uno avanza por la Piazza della
Rotonda y, de pronto, aparece una mole antigua, solemne y casi intacta,
como si hubiera caído allí desde otro tiempo.
Lo más asombroso no es solo que sea
bellísimo. Lo verdaderamente extraordinario es que el Panteón lleva casi dos
mil años en pie, conserva la mayor parte de su estructura original y todavía
hoy sigue siendo un edificio en uso. Fue templo pagano, luego iglesia
cristiana, lugar de enterramiento de reyes y artistas, y actualmente uno de los
monumentos más admirados de Roma.
1. ¿Qué significa “Panteón”?
La palabra Panteón viene del griego y
suele interpretarse como “templo de todos los dioses”: pan significa “todo” y
theos , “dios”.
Durante mucho tiempo se pensó que el
edificio estaba dedicado a todas las divinidades del mundo romano. La idea
encaja muy bien con su forma majestuosa y universal, de un edificio circular
cubierto por una cúpula perfecta, abierto al cielo por un gran óculo central.
Sin embargo, los especialistas no
están del todo seguros de que su función original fuera exactamente esa. Puede
que estuviera dedicado a varias divinidades importantes, quizá relacionadas con
la familia imperial y con el poder de Roma. En cualquier caso, la
interpretación tradicional de “templo de todos los dioses” ha sobrevivido
porque resume muy bien la impresión que produce el edificio como un espacio
total, cósmico, casi absoluto.
2. Una historia en tres grandes
etapas
2.1. El primer Panteón: Agripa y
Augusto
El origen del Panteón se remonta al
siglo I a. C. El primer edificio fue promovido por Marco Vipsanio Agripa,
general, político y yerno del emperador Augusto. Agripa fue una figura clave en
la consolidación del nuevo régimen imperial romano.
Aquel primer Panteón se construyó
hacia el 27-25 a. C., dentro de un programa de embellecimiento urbano de Roma.
La ciudad estaba dejando atrás la República y entrando en la época imperial.
Augusto quería presentarse como restaurador de la paz, del orden y de la
grandeza romana. Los edificios públicos eran propaganda de piedra.
De aquel primer Panteón queda poco o
nada visible. Sufrió incendios y daños importantes.
2.2. El Panteón de Adriano
El edificio que vemos hoy no es el de
Agripa, sino el reconstruido en tiempos del emperador Adriano, probablemente
entre los años 118 y 128 d. C.
Adriano fue un emperador culto,
viajero, amante de la arquitectura griega y de las grandes obras simbólicas.
Bajo su mandato se levantaron o reformaron construcciones importantísimas en
todo el Imperio. El Panteón actual pertenece a ese mundo, técnicamente romano,
pero con una ambición casi filosófica.
Lo curioso es que Adriano no puso su
propio nombre en la fachada. Conservó una inscripción anterior:
M·AGRIPPA·L·F·COS·TERTIVM·FECIT
Es decir:
“Marco Agripa, hijo de Lucio, cónsul
por tercera vez, lo hizo”
La inscripción es una de las grandes
paradojas del edificio. Durante siglos se creyó que el Panteón conservado era
realmente el de Agripa, porque la fachada lo decía. Hoy sabemos que el edificio
actual es adrianeo, aunque homenajea al fundador original.
2.3. De templo pagano a iglesia
cristiana
La tercera etapa fundamental llega en
el año 609 d. C., cuando el emperador bizantino Focas entregó el edificio al
papa Bonifacio IV. El Panteón fue consagrado como iglesia cristiana bajo el
nombre de Santa María ad Martyres, es decir, Santa María de los Mártires.
Este cambio fue decisivo para su
supervivencia. Muchos templos antiguos fueron abandonados, saqueados o
convertidos en cantera. El Panteón, al transformarse en iglesia, siguió
teniendo una función religiosa y se mantuvo relativamente protegido.
Por eso ha llegado hasta nosotros en
un estado excepcional.
3. La fachada: un templo clásico… que
esconde una sorpresa
Desde fuera, el Panteón parece al
principio un templo romano bastante convencional. Tiene un gran pórtico con
columnas, frontón triangular y una inscripción solemne. Es la imagen clásica
del templo antiguo.
Pero esa fachada es casi un engaño
visual.
Detrás del pórtico no hay una sala
rectangular, como uno esperaría, sino un enorme espacio circular cubierto por
una cúpula gigantesca. El Panteón combina dos mundos arquitectónicos:
* Por delante, un pórtico clásico de
inspiración griega.
* Por detrás, una rotonda romana de
ingeniería audacísima.
Ese contraste es una de sus mayores
genialidades. El edificio invita a entrar como si uno accediera a un templo
tradicional, pero al cruzar la puerta aparece algo completamente distinto: un
espacio redondo, unitario, envolvente, casi celestial.
4. Las columnas del pórtico
El pórtico del Panteón está formado
por grandes columnas de granito egipcio.
Son columnas monolíticas, es decir,
talladas en una sola pieza. Esto ya resulta impresionante: no solo por su
tamaño, sino porque fueron transportadas desde Egipto hasta Roma.
Imaginemos la operación: extraer
enormes bloques de granito, pulirlos, llevarlos hasta el Nilo, embarcarlos,
cruzar el Mediterráneo, remontar el Tíber y colocarlos finalmente en el centro
de Roma. Todo ello en el siglo II.
Cada columna es, en sí misma, una
demostración del poder logístico del Imperio romano.
El pórtico tiene ocho columnas en la
fachada principal y otras en profundidad, creando una entrada monumental. Sobre
ellas se alza el frontón, que en la Antigüedad probablemente estuvo decorado
con elementos de bronce.
5. La puerta: entrada a otro mundo
La puerta del Panteón es inmensa.
Mide más de siete metros de altura y está hecha de bronce, aunque ha sido
restaurada en distintas épocas.
Entrar por ella tiene algo de
teatral. Se pasa de la luz exterior de la plaza a una penumbra majestuosa, y de
pronto el espacio se abre hacia arriba. La mirada se dispara inevitablemente
hacia la cúpula y hacia el óculo central.
El efecto está calculado: el edificio
no se descubre del todo desde fuera. Su verdadera sorpresa está dentro.
6. La rotonda: un cilindro perfecto
El cuerpo principal del Panteón es
una gran sala circular, llamada rotonda. Su planta es un círculo casi perfecto.
La rotonda está formada por un enorme
muro cilíndrico de unos seis metros de grosor. Ese muro no es simplemente una
pared: es una estructura compleja, con arcos de descarga, nichos, cámaras
internas y diferentes tipos de materiales. Los romanos no construyeron una masa
ciega y pesada sin más; diseñaron un sistema inteligente para repartir cargas.
En el interior, el muro se articula
con grandes nichos y capillas alternas, columnas, pilastras y revestimientos de
mármol. Originalmente, todo el espacio debía brillar con una riqueza cromática
impresionante.
7. La cúpula: la gran maravilla
La cúpula del Panteón es su elemento
más famoso.
Hasta el Siglo XX fue la mayor cúpula
de hormigón no armado del mundo, y aún hoy sigue siendo una proeza.
Lo más elegante del edificio es que
la altura interior desde el suelo hasta el óculo es prácticamente igual al
diámetro de la rotonda: unos 43,3 metros. Esto significa que dentro del Panteón
cabría una esfera perfecta.
Esa idea no es casual. El edificio
parece representar una especie de cosmos arquitectónico: la Tierra abajo, el
cielo arriba, el círculo como forma perfecta.
¿Cómo consiguieron construirla?
La clave está en el dominio romano
del opus caementicium, una especie de hormigón antiguo. Los romanos
mezclaban cal, agua, arena volcánica y piedras de distintos tipos. El resultado
era un material resistente y muy versátil.
Pero la cúpula no tiene el mismo peso
en todas partes. Los constructores fueron aligerándola a medida que subía:
* En la parte inferior usaron
materiales más pesados.
* En la zona alta emplearon
materiales más ligeros, como piedra pómez.
* Además, redujeron progresivamente
el grosor de la cúpula.
Es decir, la cúpula es más robusta
abajo y más ligera arriba. Parece simple, pero es una solución de ingeniería
extraordinaria.
8. Los casetones: belleza y ligereza
Si miramos hacia arriba, vemos que la
cúpula está decorada con cinco anillos de casetones, esos recuadros hundidos
que forman una especie de retícula geométrica.
Los casetones cumplen una doble
función:
·
Por
un lado, son decorativos. Crean ritmo, profundidad y una sensación de orden
perfecto.
·
Por
otro, ayudan a aligerar la estructura. Al vaciar parte del material, reducen
peso sin debilitar la cúpula de forma excesiva.
Hoy los vemos desnudos, pero en la
Antigüedad pudieron estar decorados con elementos metálicos o estucados que
aumentarían mucho su efecto visual.
9. El óculo: un agujero en el cielo
En el centro de la cúpula hay una
abertura circular de casi nueve metros de diámetro, el famoso óculo.
No es una ventana cualquiera. Es la
única fuente directa de luz natural del interior. Por ella entra el sol, la
lluvia, el aire y, simbólicamente, el cielo.
El óculo transforma el edificio a
cada hora del día. La luz solar entra como un haz visible y se desplaza
lentamente por las paredes y el suelo, como si el edificio fuera un enorme
reloj cósmico.
En ciertos momentos del año, el rayo
de luz alcanza zonas concretas del interior o de la entrada, lo que ha llevado
a interpretar el Panteón también como un edificio relacionado con el calendario
solar, el poder imperial y la idea de Roma como centro del mundo.
10. ¿Entra la lluvia?
Sí, entra.
Esta es una de las preguntas más
frecuentes. Como el óculo está abierto, cuando llueve, el agua cae dentro del
Panteón. Pero los romanos lo tenían previsto. El suelo está ligeramente
inclinado y cuenta con discretos desagües que evacuan el agua.
Además, existe una anécdota muy
repetida: algunos guías dicen que “no entra agua porque el aire caliente la
pulveriza antes de caer”. Es una historia bonita, pero no es cierta. El agua
entra. Lo que ocurre es que el sistema de drenaje funciona muy bien y, además,
la amplitud del espacio hace que la lluvia parezca menos dramática de lo que
uno imagina.
11. El suelo: geometría bajo los pies
El pavimento del Panteón es otro
elemento fundamental.
Está compuesto por mármoles de
distintos colores formando círculos, cuadrados y patrones geométricos.
En el mundo romano, los materiales no
eran neutros. Usar mármoles procedentes de distintas partes del Imperio era una
forma de mostrar dominio territorial. El edificio no solo decía “Roma es
poderosa”; también decía “el mundo conocido está dentro de Roma”.
El suelo actual conserva en buena
parte el espíritu antiguo, aunque ha sufrido restauraciones. Sus formas
dialogan con la arquitectura superior: círculos abajo, círculo arriba, orden
geométrico por todas partes.
12. Un interior lleno de ausencias
Hoy el Panteón nos parece sobrio,
casi desnudo, pero en la Antigüedad debió de ser mucho más lujoso. Había
mármoles policromos, bronces, esculturas y quizá decoración dorada. Parte de
esos materiales desaparecieron con el paso del tiempo.
El caso más famoso es el del bronce.
Durante siglos, numerosos elementos metálicos de edificios antiguos fueron
retirados para reutilizarse. En Roma se decía con ironía: “Lo que no hicieron
los bárbaros, lo hicieron los Barberini.”
La frase alude a la familia
Barberini, poderosa en la Roma papal del siglo XVII. Bajo el papa Urbano VIII
Barberini se retiraron bronces antiguos del Panteón. Tradicionalmente se dijo
que ese bronce se usó para el baldaquino de San Pedro de Bernini, aunque la
cuestión es más compleja. En cualquier caso, la frase resume una idea muy
romana: la ciudad antigua fue desmontada muchas veces por la ciudad moderna.
13. ¿Por qué se ha conservado tan
bien?
El Panteón se conserva por varias
razones.
La primera es su calidad
constructiva. Está extraordinariamente bien diseñado y ejecutado.
La segunda es su conversión en
iglesia. Al no quedar abandonado, siguió recibiendo atención, mantenimiento y
uso.
La tercera es su prestigio. Incluso
en épocas en las que la Antigüedad clásica no se protegía como hoy, el Panteón
era demasiado impresionante como para pasar desapercibido.
No se salvó intacto de todo. Perdió
decoraciones, metales y elementos originales. Pero comparado con otros
edificios de la Roma antigua, su estado es casi milagroso.
14. Las tumbas: Rafael y los reyes de
Italia
El Panteón también es un lugar de
enterramiento.
La tumba más célebre es la de Rafael,
uno de los grandes genios del Renacimiento. Rafael murió en 1520, con solo 37
años, y fue enterrado allí por deseo propio. Su sepultura convirtió el Panteón
en un lugar de peregrinación artística.
En su tumba se lee un epitafio
atribuido al humanista Pietro Bembo, que viene a decir que, mientras Rafael
vivió, la naturaleza temió ser vencida por él, y al morir él, temió morir
también. Es una de esas frases renacentistas grandilocuentes, pero hermosas.
También están enterrados en el
Panteón los reyes italianos Víctor Manuel II y Humberto I, además de la reina
Margarita de Saboya. Por eso el edificio tiene también una dimensión nacional
para la Italia moderna.
15. Miguel Ángel y el elogio máximo
Una de las anécdotas más famosas
cuenta que Miguel Ángel, al ver el Panteón, dijo que parecía obra de ángeles y
no de hombres.
Aunque la frase puede estar
embellecida por la tradición, expresa muy bien la admiración que el edificio
despertó en los artistas del Renacimiento. Para ellos, el Panteón era una
lección de arquitectura antigua: proporción, armonía, fuerza y claridad.
Su influencia fue inmensa. La idea de
una gran cúpula central inspiró edificios como la basílica de San Pedro del
Vaticano, Santa Maria del Fiore en Florencia, iglesias neoclásicas,
parlamentos, bibliotecas y monumentos por toda Europa y América.
16. El secreto de su grandeza:
sencillez y misterio
Lo fascinante del Panteón es que su
planta puede explicarse con formas muy simples: un círculo, un cilindro, una
esfera, un pórtico, una cúpula.
Pero esas formas producen una emoción
complejísima.
No es un edificio recargado. No
necesita demasiados adornos para impresionar. Su fuerza está en la proporción.
Todo parece inevitable: la altura, el diámetro, la luz, el vacío central, el
óculo.
Hay monumentos que deslumbran por
acumulación. El Panteón deslumbra por concentración.
17. El Panteón como imagen del
universo
Una interpretación muy sugerente ve
el Panteón como una representación simbólica del cosmos.
·
La
cúpula sería la bóveda celeste.
·
El
óculo, el sol o la abertura hacia lo divino.
·
La
rotonda, el mundo ordenado.
El emperador, cuando entraba en ese
espacio, aparecía situado en el centro de un universo gobernado por Roma.
No sabemos si todos estos
significados fueron pensados exactamente así por sus constructores, pero el
edificio invita a esa lectura. Su arquitectura no solo cubre un espacio:
construye una idea del mundo.
18. Curiosidades y detalles que
merece la pena mirar
Cuando se visita el Panteón, conviene
fijarse en varias cosas.
Primero, en la relación entre la
fachada y la rotonda. Desde fuera parecen casi dos edificios pegados: el templo
clásico delante y el cilindro gigantesco detrás.
Segundo, en el grosor de los muros.
No se aprecia del todo a simple vista, pero son enormes. Esa masa es la que
permite sostener la cúpula.
Tercero, en el movimiento de la luz.
El Panteón cambia según la hora. No es igual por la mañana que por la tarde, ni
en verano que en invierno.
Cuarto, en el óculo. Es un vacío,
pero funciona como el elemento más poderoso del edificio. No hay cristal, no
hay marco complicado, no hay artificio: solo un círculo abierto al cielo.
Quinto, en el suelo. Muchas personas
miran hacia arriba y se olvidan de mirar abajo. Pero el pavimento es parte
esencial de la experiencia.
19. Un edificio romano, cristiano y
moderno a la vez
Pocos monumentos condensan tantas
capas de historia.
El Panteón es romano porque nació en
el corazón del Imperio.
Es cristiano porque desde la Alta
Edad Media funciona como iglesia.
En este óleo realizado en 1835 por el
pintor alemán Rudolf von Alt vemos el Panteón y la plaza ante él. Sorprende ver
los dos campanarios que se alzan sobre la fachada del famoso templo, erigidos
por el arquitecto Bernini en el siglo XVII por orden del papa Urbano VIII.
Fueron bautizados por el pueblo como las «orejas de burro de Bernini» y al
final fueron retirados en 1893.
Es renacentista porque artistas como
Rafael lo convirtieron en símbolo de belleza clásica.
Es moderno porque sigue siendo un
icono arquitectónico estudiado por ingenieros, historiadores y visitantes de
todo el mundo.
No pertenece a una sola época. Esa es
parte de su magia.
20. En resumen
El Panteón de Roma es una obra
maestra porque combina varias grandezas a la vez:
·
Es
una proeza técnica: una cúpula gigantesca de hormigón antiguo que sigue en pie
casi dos mil años después.
·
Es
una obra de enorme belleza: sus proporciones crean una sensación de equilibrio
casi perfecta.
·
Es
un símbolo histórico: resume la Roma imperial, la Roma cristiana, la Roma papal
y la Italia moderna.
·
Y
es, sobre todo, una experiencia espacial única. Uno puede leer sus medidas,
estudiar sus materiales y conocer su historia, pero nada sustituye la sensación
de estar dentro, mirar hacia arriba y ver el cielo a través de ese gran ojo
circular.
El Panteón no parece simplemente
construido. Parece pensado para recordar al ser humano algo muy antiguo, que la
arquitectura, cuando alcanza su máxima grandeza, no solo sirve para protegernos
del mundo, sino también para ayudarnos a comprender nuestro lugar dentro de él.
Nuevamente nos
impresionó el Panteón, sus proporciones, el impacto que produce imaginar que el
hombre erigiese esas columnas y esa cúpula hace casi dos mil años, la exactitud
geométrica de sus dimensiones. Viajero, tantas veces vengas a Roma, tantas
veces deberás visitar el Panteón; si no, es como si no hubieras venido.
Al salir del
Panteón nos dirigimos derechos a la Galería Doria Pamphilj. ChatGPT no
incluyó esta visita en su propuesta de programa y debo decir que yo no había
oído hablar antes de ese lugar, a pesar de que se trata de una notable galería
de arte, exhibida en un palacio cuya visita no es en absoluto desdeñable. Debo
reconocer que incluí esta Galería en nuestro programa atraído por el famosísimo,
realista y un punto inquietante retrato del papa Inocencio X, de Velázquez, seguramente
la pieza más valiosa del museo. Creo que fue una magnífica elección del
programa.
Visitar la
Galería Doria Pamphilj en Roma merece mucho la pena porque ofrece algo distinto
a los grandes museos más famosos, una experiencia más íntima, aristocrática y
sorprendentemente rica. Se trata de una de las grandes colecciones privadas de
Roma, ubicada en un palacio familiar todavía vinculado a la familia Doria
Pamphilj. Eso hace que la visita tenga un encanto especial: cuadros, espejos,
salones, muebles y techos barrocos forman parte de un conjunto muy coherente.
Como he
dicho, la gran joya de la Galería es el Retrato de Inocencio X de Velázquez,
uno de los retratos más intensos de la historia del arte. Solo por verlo ya
justificaría la visita. Este cuadro se exhibe en una estancia exclusiva, junto
al busto del mismo papa, obra de Bernini. Tuve la suerte de contemplar ambas
obras casi en solitario, por lo que tuve tiempo de leer frente a la pintura
misma, el texto que contenía nuestra guía, con una explicación detallada y que
inserto a continuación:
El Retrato de Inocencio X es una de
las obras más poderosas de Diego Velázquez y uno de los retratos psicológicos
más intensos de toda la pintura europea. Fue realizado hacia 1650, durante el
segundo viaje del pintor a Italia, y representa al papa Inocencio X, nacido
Giovanni Battista Pamphilj. La obra se conserva en la Galería Doria Pamphilj de
Roma, palacio ligado a la familia del pontífice.
A primera vista parece un retrato
oficial: un papa sentado, vestido con sus ropas ceremoniales, en un espacio
solemne. Pero basta detenerse unos segundos para comprobar que Velázquez no se
limita a pintar una autoridad religiosa. Pinta una presencia. Un carácter. Una
inteligencia alerta, desconfiada, casi incómoda ante quien la mira.
1. El personaje: un papa nada
idealizado
Inocencio X aparece sentado en un
sillón, ligeramente girado hacia un lado, pero con el rostro orientado
directamente hacia el espectador. Esa postura crea una tensión muy eficaz: el
cuerpo parece reposado, pero la mirada está absolutamente despierta.
El papa no aparece embellecido.
Velázquez muestra su rostro con una sinceridad casi implacable: la piel
enrojecida, la nariz prominente, las ojeras, la edad, la dureza de los rasgos.
No hay intención de halagarlo de manera fácil. El pintor respeta su rango, pero
no suaviza su humanidad.
La tradición cuenta que, al ver el
retrato, Inocencio X habría dicho: “Troppo vero”, es decir, “demasiado
verdadero”. La frase, sea completamente histórica o no, resume muy bien el
efecto del cuadro: no parece una imagen complaciente, sino una revelación.
2. La composición: autoridad
concentrada
La composición es aparentemente
sencilla. El papa ocupa el centro del lienzo, sentado, con una carta o
documento en la mano izquierda. El fondo es oscuro y sobrio, sin arquitectura
ni adornos que distraigan. Todo conduce hacia la figura.
Velázquez utiliza una estructura muy
equilibrada:
• El
cuerpo forma una masa triangular, firme y estable.
• El
rostro queda situado en el punto de máxima atención.
• Las
manos, especialmente la que sostiene el papel, introducen un detalle narrativo
y oficial.
• El
sillón rojo, apenas visible, refuerza la dignidad del personaje sin competir
con él.
No hay gestos grandilocuentes. No
hace falta. La autoridad del papa no se expresa mediante símbolos excesivos,
sino mediante su mera presencia. Inocencio X parece ocupar el espacio con
naturalidad, como alguien acostumbrado a mandar y a ser obedecido.
3. El color: una sinfonía de rojos
Uno de los aspectos más
extraordinarios del cuadro es el uso del rojo. Velázquez trabaja una gama muy
rica: rojos intensos, carmines, granates, rosas, blancos cálidos y sombras
oscuras. El riesgo era evidente: pintar a un papa vestido casi por completo de
rojo podía producir una imagen plana o monótona. Velázquez consigue exactamente
lo contrario.
El rojo cambia según la materia:
• En
el birrete, es más compacto y profundo.
• En
la muceta, la capa corta que cubre los hombros, aparece con reflejos vibrantes.
• En
el sillón, se vuelve más oscuro y aterciopelado.
• En
el fondo, los tonos rojizos se apagan y se funden con la penumbra.
• En
el rostro, el rojo se transforma en carne viva, en circulación sanguínea, en
temperamento.
El blanco de la sobrepelliz y de
algunas zonas del traje no enfría la escena, sino que hace respirar el
conjunto. Sirve de contraste, ilumina la figura y aumenta la sensación de
realidad.
4. La luz: sobriedad y precisión
La iluminación es contenida, pero muy
eficaz. No hay un foco teatral ni una luz divina evidente. La claridad cae
sobre el rostro, las manos y algunas zonas del vestido, dejando el fondo en una
penumbra cálida.
Esta luz no dramatiza
artificialmente; revela. Permite ver lo esencial: la expresión, la textura de
las telas, los volúmenes del rostro, la presencia física del personaje.
Velázquez es maestro en hacer que la
pintura parezca sencilla cuando en realidad es de una complejidad enorme. Las
pinceladas, vistas de cerca, pueden parecer rápidas, sueltas, casi abstractas.
Pero al alejarnos, todo se organiza: la seda, el encaje, la piel, la mirada. La
materia pictórica se convierte en vida.
5. La mirada: el verdadero centro del
cuadro
El gran protagonista del retrato es
la mirada de Inocencio X. Sus ojos no son amables ni contemplativos. Observan
con inteligencia, con cálculo, quizá con desconfianza. No parece un hombre
sorprendido por el pintor, sino alguien que examina a quien tiene delante.
Esa mirada produce una inversión muy
interesante: creemos estar contemplando al papa, pero pronto sentimos que es él
quien nos contempla a nosotros. El retrato deja de ser una imagen pasiva y se
convierte en un encuentro.
Velázquez consigue algo dificilísimo,
que un rostro pintado mantenga una especie de tensión psicológica permanente.
Inocencio X parece estar pensando. No posa simplemente; juzga, mide, evalúa.
6. El poder sin espectáculo
En muchos retratos oficiales, el
poder se muestra mediante coronas, columnas, cortinajes, armaduras o escenarios
monumentales. Aquí, Velázquez reduce casi todo eso. El poder está en la
postura, en el color, en el hábito, en la seguridad del personaje y, sobre
todo, en su expresión.
El papa aparece como jefe espiritual,
sí, pero también como hombre político. Conviene recordar que el papado del
siglo XVII no era solo una institución religiosa: era también un poder
diplomático, territorial y cortesano. Velázquez capta esa mezcla de autoridad
sagrada y astucia terrenal.
El resultado es un retrato incómodo
en el mejor sentido. No idealiza el poder, lo muestra encarnado en un individuo
concreto, con sus tensiones, su edad, su temperamento y su carácter.
7. La técnica: Velázquez en plena
madurez
Este cuadro pertenece a la etapa más
madura de Velázquez. Para entonces, el pintor había desarrollado una forma de
pintar extraordinariamente libre. No describe cada detalle con minuciosidad
uniforme, sino que sugiere lo necesario con una precisión asombrosa.
Los encajes blancos, por ejemplo, no
están dibujados hebra a hebra. Están construidos con toques veloces de pincel
que producen la impresión de tejido fino. Lo mismo ocurre con los brillos de la
seda o con las transiciones de la piel. Velázquez no copia la realidad punto
por punto: la reconstruye pictóricamente para que parezca viva.
Su pincelada es suelta, pero nunca
descuidada. Hay una sabiduría visual enorme: sabe qué debe definir y qué puede
dejar insinuado. Por eso el cuadro tiene una modernidad sorprendente. Muchos
pintores posteriores admiraron precisamente esa libertad técnica.
8. Un retrato psicológico antes de la
psicología moderna
Lo más fascinante del Retrato de
Inocencio X es que no se conforma con decirnos cómo era físicamente el papa.
Nos sugiere cómo podía ser mentalmente. No mediante una anécdota, ni mediante
una escena narrativa, sino a través de la expresión.
Vemos severidad, inteligencia,
suspicacia, cansancio, autoridad. Pero Velázquez no cierra el significado. No
convierte al personaje en una caricatura de dureza. Hay vida interior,
ambigüedad y complejidad.
Esa es una de las razones por las que
el retrato sigue pareciendo contemporáneo. Nos habla del poder, de la
representación pública, de la tensión entre apariencia y verdad. Inocencio X
está vestido como pontífice, pero Velázquez nos hace sentir al hombre que hay
dentro del cargo.
9. Importancia e influencia
El cuadro fue admirado desde muy
pronto y ha ejercido una enorme influencia. Uno de sus ecos más famosos está en
las versiones que realizó Francis Bacon en el siglo XX, especialmente sus papas
deformados y angustiosos inspirados en Velázquez. Bacon no copió simplemente la
imagen: tomó la intensidad psicológica del retrato y la llevó hacia una visión
moderna, trágica y casi existencial.
Eso demuestra la fuerza del original.
Velázquez creó una imagen tan poderosa que siglos después seguía sirviendo para
hablar del poder, del miedo, de la soledad y de la condición humana.
10. Por qué es una obra maestra
El Retrato de Inocencio X es una obra
maestra porque reúne varias virtudes excepcionales:
Tiene una técnica pictórica
prodigiosa, capaz de convertir unas manchas de color en seda, encaje, carne y
mirada.
Tiene una composición sobria y
eficaz, sin adornos innecesarios.
Tiene una profundidad psicológica
extraordinaria, poco común incluso en retratos oficiales.
Y, sobre todo, tiene una verdad
inquietante. Velázquez no pinta solamente a un papa. Pinta el instante en que
el poder se vuelve humano, visible y vulnerable.
El resultado es un retrato solemne,
brillante y perturbador. Una imagen que no se agota en la belleza de su
pintura, porque parece seguir pensando mientras la miramos.
La Galería
también contiene obras de Caravaggio, Tiziano, Rafael, Brueghel, Bernini, Guido
Reni, Carracci y otros grandes nombres. Además del cuadro de Velázquez, elegí
para la guía tres cuadros más de Tiziano, Rafael y Caravaggio.
Salomé, de
Tiziano.
1. Una obra temprana del Renacimiento
veneciano.
Esta pintura fascinante, es tradicionalmente
conocida como Salomé y atribuida a Tiziano, uno de los grandes maestros de la
pintura veneciana del Renacimiento.
La obra suele fecharse hacia 1515, en
una etapa temprana de la carrera del artista. En ella ya pueden apreciarse
algunos rasgos que harán célebre su pintura: la riqueza del color, la
sensualidad de las texturas, la intensidad de las miradas y una extraordinaria
capacidad para crear presencia física mediante el óleo.
No estamos ante una escena
multitudinaria ni ante un gran episodio narrativo. La composición es íntima,
concentrada, casi silenciosa. Tres elementos bastan para construir toda la
tensión: una joven, una criada y una cabeza cortada sobre una bandeja.
2. ¿Salomé o Judit? Una ambigüedad
sugerente.
La interpretación más habitual
identifica a la protagonista como Salomé, la joven que pidió a Herodes la
cabeza de San Juan Bautista. Sin embargo, también se ha sugerido que podría
tratarse de Judit con la cabeza de Holofernes, otro episodio bíblico en el que
una mujer aparece junto a una cabeza masculina cercenada.
Aunque esta duda ha interesado mucho
a los especialistas, para el espectador actual quizá no sea lo más importante.
En ambos casos, la imagen habla de una relación inquietante entre belleza,
seducción, poder y muerte.
Lo verdaderamente atractivo del
cuadro es que no ofrece una lectura simple. La protagonista no aparece como una
heroína victoriosa ni como una villana teatral. Su actitud es mucho más ambigua
y humana.
3. El episodio bíblico.
La historia de Salomé, Herodes y san
Juan Bautista es uno de los episodios más intensos y perturbadores del Nuevo
Testamento. Aparece sobre todo en los evangelios de Marcos y Mateo, aunque hay
que señalar un detalle curioso: los evangelios no llaman Salomé a la joven. La
presentan como “la hija de Herodías”. El nombre Salomé procede de la tradición
histórica posterior.
• Juan
Bautista denuncia a Herodes: Herodes Antipas, gobernante de Galilea, se había
unido a Herodías, que había sido esposa de su hermano. Aquella relación era
considerada escandalosa e ilegítima por muchos judíos de la época.
Juan Bautista, profeta austero y
directo, no se calló. Denunció públicamente a Herodes con una frase tajante:
“No te es lícito tenerla por mujer.”
Esa acusación tocaba el centro del
poder. Juan no criticaba a un hombre cualquiera, sino al gobernante de la
región. Sus palabras tenían una fuerza moral enorme y podían poner en cuestión
la autoridad de Herodes.
• Herodías
quiere vengarse: La reacción de Herodías fue mucho más dura que la de Herodes.
Ella no soportaba a Juan Bautista. Lo veía como un enemigo personal, alguien
que la humillaba públicamente y ponía en duda su posición.
Herodes, en cambio, tenía una actitud
ambigua. Según el evangelio de Marcos, temía a Juan porque lo consideraba un
hombre justo y santo. Lo escuchaba con inquietud, incluso con cierta
fascinación. Juan le incomodaba, pero también le imponía respeto.
Por eso Herodes mandó encarcelarlo,
pero no se atrevió a matarlo. La prisión servía para silenciarlo sin llegar al
extremo de ejecutarlo.
Herodías, sin embargo, esperaba la
ocasión adecuada.
• El
banquete de cumpleaños de Herodes: La oportunidad llegó durante una gran
fiesta. Herodes celebró su cumpleaños con un banquete solemne al que invitó a
sus cortesanos, oficiales y personajes importantes de Galilea. Era una escena
de lujo y poder: comida, vino, música, invitados influyentes y el deseo de
impresionar a todos. En ese ambiente aparece la joven hija de Herodías,
tradicionalmente conocida como Salomé. Durante el banquete, la muchacha bailó
ante Herodes y sus invitados. El baile agradó profundamente a Herodes. Los
evangelios no describen la danza, pero la tradición artística y literaria la ha
imaginado muchas veces como una danza seductora, capaz de fascinar a los
presentes y de alterar el juicio del gobernante.
• La
promesa imprudente: Entusiasmado por la danza, quizá excitado por el vino, por
el ambiente festivo y por la mirada de sus invitados, Herodes hizo una promesa
desmesurada. Le dijo a la joven que le pidiera lo que quisiera, y juró que se
lo concedería, incluso “hasta la mitad de su reino”. Era una fórmula
grandilocuente, propia de un gobernante que quiere mostrarse generoso y
poderoso. Pero también era una imprudencia. Herodes se había comprometido
públicamente, delante de todos, sin saber qué iba a pedir la muchacha. Salomé
no respondió de inmediato. Fue a consultar a su madre.
• El
consejo de Herodías: Herodías no dudó. Aquella era la ocasión que llevaba
tiempo esperando. No pidió riqueza, tierras ni honores. Pidió venganza. Le dijo
a su hija que reclamara la cabeza de Juan Bautista. Salomé volvió entonces ante
Herodes y formuló la petición de manera directa y terrible: quería que le diera
en ese mismo momento la cabeza de Juan Bautista en una bandeja.
Ese detalle es fundamental. No pide
solo la muerte de Juan. Pide una prueba visible, inmediata, casi ceremonial. La
cabeza en la bandeja convierte la ejecución en un objeto de exhibición dentro
del banquete.
• Herodes
queda atrapado por su propio juramento: La petición entristeció a Herodes. El
evangelio subraya que el gobernante se sintió apesadumbrado. Pero ya había
jurado delante de sus invitados. Si se echaba atrás, podía parecer débil,
inseguro o incapaz de cumplir su palabra. En un mundo donde el honor público
tenía un peso enorme, Herodes quedó prisionero de su propia promesa. Así que,
aunque no deseaba matar a Juan, dio la orden. Mandó a un verdugo a la prisión
para decapitar al Bautista.
• La
cabeza del Bautista: La escena siguiente es una de las más dramáticas del
relato. Juan Bautista, encerrado en la cárcel, fue ejecutado. El verdugo cortó
su cabeza y la llevó al salón del banquete colocada sobre una bandeja. La
bandeja fue entregada a la joven, y la joven se la llevó a su madre.
Ese recorrido de la cabeza —del
verdugo a Salomé, y de Salomé a Herodías— resume visualmente toda la cadena de
responsabilidad: el poder débil de Herodes, la obediencia de la joven, la
venganza de Herodías y la muerte del profeta.
• El
silencio después de la violencia: El relato bíblico es sobrio. No describe
gritos, horror ni reacción de los invitados. Esa sobriedad hace la escena
todavía más inquietante. La fiesta continúa marcada por una violencia
irreversible. Lo que había empezado como una celebración de cumpleaños termina
convertido en un crimen político y moral. Después, los discípulos de Juan
recogieron su cuerpo y lo enterraron. Luego fueron a informar a Jesús.
• El
sentido del episodio: La historia puede leerse como una tragedia de poder,
deseo y debilidad. Herodías representa el resentimiento y la voluntad de
venganza. Salomé aparece como instrumento de esa venganza, aunque la tradición
posterior la convertirá muchas veces en una figura más seductora y peligrosa.
Herodes es quizá el personaje más contradictorio: admira o teme a Juan, pero no
tiene la fuerza moral necesaria para salvarlo. Prefiere cometer una injusticia
antes que quedar mal ante sus invitados. Juan Bautista, por su parte, encarna
la voz profética: dice la verdad ante el poder, aunque esa verdad le cueste la
vida.
Por eso el episodio ha fascinado
tanto al arte y la literatura. No es solo una escena sangrienta. Es una
historia sobre cómo una palabra imprudente, un deseo mal dirigido y una
ambición vengativa pueden desembocar en la muerte de un inocente.
4. Una protagonista entre la
atracción y el rechazo.
Salomé aparece ricamente vestida, con
una belleza serena y envolvente. Su rostro se aparta ligeramente de la cabeza
cortada, como si quisiera evitar mirarla. Pero sus ojos parecen volver hacia
ella de forma inevitable.
Ese pequeño gesto es uno de los
grandes aciertos de la obra. La joven parece suspendida entre emociones
contradictorias: rechazo, fascinación, culpa, turbación o incluso deseo.
Tiziano no explica lo que siente; lo sugiere.
La pintura no representa el momento
violento de la decapitación, sino el instante posterior. Todo ya ha ocurrido.
Lo que vemos no es la acción, sino sus consecuencias emocionales.
5. La criada y el juego de las
miradas.
Junto a la protagonista aparece una
criada. Su presencia ayuda a reforzar la intensidad psicológica de la escena.
La criada mira a Salomé, Salomé
dirige su atención hacia la cabeza, y la cabeza de san Juan permanece inmóvil,
con los ojos cerrados. Se crea así una especie de cadena visual que conduce la
mirada del espectador por la composición.
Este juego de miradas convierte la
escena en algo más que una narración bíblica. La transforma en un pequeño drama
interior, contenido y silencioso.
6. La sensualidad de la pintura.
Uno de los aspectos más admirables
del cuadro es el uso del óleo. Tiziano fue un maestro en aprovechar este medio
para crear carnaciones suaves, cabellos luminosos y telas de gran riqueza
visual.
La piel de la joven, el cabello
ondulado y la calidad de los tejidos están tratados con una delicadeza
extraordinaria. Todo parece cercano y táctil. La pintura no solo muestra
cuerpos y objetos: los hace casi presentes.
Esta sensualidad no es decorativa.
Forma parte del significado de la obra. La belleza de Salomé contrasta con la
brutalidad de la cabeza cortada, y de ese contraste nace buena parte de la
fuerza de la imagen.
7. Amor, deseo y peligro.
En la parte superior de la
composición aparece un pequeño Cupido, un detalle que introduce el tema del
amor o del deseo. Pero aquí el deseo no tiene nada de inocente.
En la historia de Salomé, la
seducción está unida al poder y a la muerte. La danza de la joven, el deseo de
Herodes y la petición de la cabeza del Bautista forman una cadena trágica.
El cuadro condensa todo ese episodio
en una sola imagen. No necesita mostrar el banquete, la danza ni la ejecución.
Basta con presentar el resultado final y el desconcierto emocional de la
protagonista.
8. Una belleza inquietante.
La obra se relaciona con un tipo de
pintura muy apreciado en la Venecia de comienzos del siglo XVI: las imágenes de
bellas mujeres de medio cuerpo. Estas figuras, idealizadas y sensuales, podían
estar vinculadas a temas bíblicos, mitológicos o alegóricos.
La protagonista de esta Salomé
pertenece a ese universo. No es solo un personaje de una historia sagrada; es
también una imagen de belleza ambigua, atractiva e inquietante.
En ella conviven la elegancia y la
violencia, la delicadeza y la crueldad, la juventud y la muerte.
9. Una imagen que no deja de
interrogarnos.
Parte del poder de esta pintura
reside en que no lo dice todo. Su fuerza está en la sugerencia.
¿Está Salomé arrepentida? ¿Se siente
atraída por aquello que contempla? ¿Es consciente de la gravedad de lo
ocurrido? ¿O simplemente está atrapada en un instante de desconcierto?
El cuadro no responde. Invita a mirar
y a interpretar.
Por eso esta Salomé sigue resultando
tan fascinante. Más que ilustrar un episodio bíblico, nos enfrenta a una escena
cargada de tensión humana. Nos habla de la belleza, del deseo y de la
violencia, pero también de esa extraña atracción que a veces sentimos por
aquello que nos perturba.
Retrato de
Andrea Navagero y Agostino Beazzano, de Rafael.
El Retrato de Andrea Navagero y
Agostino Beazzano nace en un ambiente de amistad, cultura y complicidad
intelectual. Los dos protagonistas eran humanistas venecianos: Andrea Navagero,
poeta, diplomático e historiador oficial de la República de Venecia, y Agostino
Beazzano, erudito y poeta originario de Treviso. Ambos se movían en los
refinados círculos literarios del Renacimiento italiano y estuvieron en Roma
hacia 1516, en contacto con figuras como Pietro Bembo, Baldassare Castiglione y
el propio Rafael.
No parece tratarse de un retrato
oficial ni de una imagen destinada a proclamar poder político, sino más bien de
una obra nacida de un círculo de amistades cultas. Es probable que se pintara
para conmemorar la relación entre estos hombres, quizá como recuerdo de su
estancia romana y de los lazos que unían a Rafael con los ambientes humanistas
venecianos. De hecho, la pintura estuvo vinculada desde muy pronto a Pietro
Bembo, amigo común de los retratados y uno de los grandes intelectuales de la
época. Así, el cuadro puede entenderse como una imagen de amistad, conversación
y afinidad espiritual entre hombres unidos por los libros, la poesía, la
diplomacia y la admiración por la Antigüedad.
Rafael no busca impresionar con
grandes escenarios, arquitecturas solemnes ni símbolos abundantes. Su fuerza
está precisamente en lo contrario: dos hombres, un fondo oscuro y silencioso,
unas miradas contenidas y una atmósfera de inteligencia compartida. Todo parece
sencillo, pero esa sencillez está cuidadosamente construida.
Los personajes aparecen muy cerca el
uno del otro, de medio cuerpo, vestidos con ropas oscuras y colocados ante un
fondo verdoso casi neutro. No hay paisaje, biblioteca ni objetos que expliquen
de forma evidente quiénes son. La pintura confía en los rostros, en la postura
y en la relación silenciosa entre ambos.
La figura de la izquierda,
identificada con Navagero, aparece girada hacia el espectador con una presencia
más intensa. Su barba, el sombrero negro y el volumen oscuro de la ropa le dan
un aire grave y reflexivo. La luz recorre su rostro de manera suave, marcando
la frente, la nariz y la mejilla, mientras el resto queda envuelto en penumbra.
No sonríe ni adopta una actitud teatral: mira con calma, como alguien
acostumbrado al pensamiento y a la conversación culta.
A la derecha, Beazzano ofrece un
carácter distinto. Su rostro, más claro y despejado, queda enmarcado por el
cabello y por el amplio cuello blanco que destaca sobre la vestimenta negra. Su
expresión es serena, casi reservada. No mira a su compañero, sino al
espectador, pero lo hace sin desafío. Esa leve distancia psicológica entre
ambos es una de las sutilezas del cuadro: están juntos, unidos por la amistad y
por el mundo intelectual que comparten, pero cada uno conserva su
individualidad.
Rafael organiza la composición con
una extraordinaria economía de medios. Las dos figuras forman una masa oscura y
compacta, equilibrada por los rostros iluminados. El fondo no distrae; funciona
como una atmósfera que envuelve a los personajes y permite que la atención se
concentre en la piel, las miradas y los gestos mínimos. La relación entre
negro, blanco, carnaciones y verde crea una armonía sobria, muy alejada del
lujo aparatoso.
Uno de los grandes atractivos del
retrato está en su ejecución. Rafael modela los rostros con transiciones muy
suaves entre luz y sombra, sin dureza. La piel parece viva, pero idealizada;
los rasgos son concretos, aunque nunca caen en la mera descripción física. En
las telas oscuras, apenas visibles a primera vista, se aprecian matices de
textura y brillo: pliegues, densidad, peso. Esa capacidad para hacer hablar a
los negros es una muestra de refinamiento técnico.
El cuadro puede entenderse como una
celebración de la amistad humanista. No representa una amistad sentimental o
expansiva, sino una afinidad intelectual: la de dos hombres unidos por los
libros, la poesía, la diplomacia y la cultura clásica. En el Renacimiento, este
tipo de vínculo tenía una dignidad especial. La amistad entre hombres
cultivados era vista como un espacio de conversación, virtud y búsqueda común
del conocimiento.
Por eso el retrato transmite más que
una simple semejanza física. Rafael no pinta solo dos caras; pinta una forma de
estar en el mundo. Navagero y Beazzano aparecen como miembros de una élite
intelectual que no necesita exhibir poder mediante joyas, armas o escudos. Su
autoridad procede de la mente, de la palabra y del prestigio cultural. La
sobriedad del cuadro refuerza esa idea: cuanto menos se muestra alrededor, más
importancia adquiere la presencia interior de los retratados.
También resulta muy moderno el modo
en que Rafael plantea la relación entre ambos. No los representa conversando ni
mirándose, pero la proximidad de sus cuerpos crea una conexión evidente. Es una
conversación suspendida, silenciosa, que el espectador completa. Esa contención
da al cuadro una intensidad especial: parece una imagen tomada en un instante
de pausa, justo antes o después de una conversación importante.
En conjunto, el Retrato de Andrea
Navagero y Agostino Beazzano es una obra de gran elegancia psicológica. Su
belleza no depende del ornamento, sino de la medida, la luz y el equilibrio.
Rafael convierte un encuentro entre dos humanistas en una imagen perdurable de
la inteligencia compartida, la amistad y la dignidad serena del pensamiento.
Descanso
durante la huida a Egipto, de Caravaggio.
Descanso durante la huida a Egipto es
una pintura realizada hacia 1597 por Michelangelo Merisi da Caravaggio, uno de
los grandes renovadores de la pintura europea de finales del siglo XVI. La obra
constituye una de las composiciones más delicadas y líricas de la primera etapa
del artista.
Se trata de un llamado “cuadro de
estancia”: una pintura destinada a decorar una residencia privada, no una
iglesia ni un espacio público. Este dato es importante, porque ayuda a
comprender el tono íntimo de la escena. Caravaggio no presenta aquí un episodio
sagrado de forma solemne o monumental, sino como un momento suspendido, casi
doméstico, durante el viaje de la Sagrada Familia a Egipto.
Historia y procedencia de la obra.
El origen exacto del encargo no está
completamente aclarado. Una de las primeras noticias procede de Giulio Mancini,
médico, coleccionista y biógrafo temprano de Caravaggio. Según Mancini, una
obra descrita como una “Virgen que va a Egipto” habría sido encargada por
monseñor Fantino Petrignani, en cuya casa Caravaggio se alojó a comienzos de
1594, tras abandonar el taller del Caballero Cesare d’Arpino.
Sin embargo, esta hipótesis no ha
convencido a todos los especialistas. La importancia de la música dentro de la
composición llevó a Maurizio Calvesi a proponer que el cuadro pudo haber sido
encargado por un ambiente próximo a los Oratorianos, una congregación muy
vinculada a la espiritualidad musical. Otros estudiosos han sugerido la posible
intervención del cardenal Pietro Aldobrandini, sobrino del papa Clemente VIII y
conocido aficionado a la música. No obstante, en el inventario de sus pinturas,
redactado en 1603 por monseñor Girolamo Agucchi, no aparece ninguna referencia
clara a esta obra.
Investigaciones más recientes, como
las de Lothar Sickel, han planteado otra posibilidad: que el Descanso
perteneciera inicialmente a Girolamo Vittrici, cuñado de Prospero Orsi, amigo
cercano de Caravaggio. Tras la muerte de Girolamo, su hermana Caterina habría
vendido la pintura a Camillo Pamphilj.
Lo que sí parece seguro es que,
después de la muerte de Caravaggio, la obra pasó a manos de Olimpia
Aldobrandini, princesa de Rossano, sobrina de Pietro Aldobrandini y segunda
esposa de Camillo Pamphilj desde 1647. Desde entonces, el cuadro ha permanecido
vinculado a la familia Pamphilj, que lo conserva en su galería romana.
Descripción de la escena.
La pintura representa un alto en el
camino durante la huida de la Sagrada Familia a Egipto. Según el relato
evangélico, José, María y el Niño Jesús escapan de Judea para protegerse de la
persecución de Herodes. Caravaggio, sin embargo, evita cualquier dramatismo
narrativo. No vemos la amenaza, ni el cansancio del viaje en términos heroicos.
Lo que aparece ante nosotros es un momento de reposo, silencio y música.
La composición está organizada en
torno a la figura de un ángel adolescente que toca el violín. Su cuerpo, visto
de espaldas, ocupa el centro exacto del lienzo y divide la escena en dos zonas
muy distintas. A la izquierda se encuentra san José, anciano y fatigado,
sentado sobre sus pertenencias, con los pies desnudos apoyados en la tierra
oscura. Sostiene una partitura para que el ángel pueda leerla mientras
interpreta la música.
A la derecha, la Virgen duerme
abrazada al Niño. Su postura transmite ternura, recogimiento y protección.
María no aparece como una reina celestial, sino como una joven madre agotada
por el viaje, que descansa mientras sostiene a su hijo entre los brazos. Esa
humanidad sencilla es una de las grandes novedades de Caravaggio: acercar lo
sagrado al mundo real, hacerlo visible en cuerpos, gestos y emociones
cotidianas.
Naturaleza, paisaje y simbolismo.
Aunque Caravaggio no fue un pintor
especialmente interesado en el paisaje, esta obra constituye una excepción
notable dentro de su producción. El fondo muestra una naturaleza amplia, húmeda
y melancólica, con un cielo oscuro y cargado de nubes. Se ha señalado que este
paisaje puede recordar a la atmósfera de La tempestad de Giorgione, aunque
Maurizio Marini lo interpretó como una evocación de la campiña romana junto al
Tíber.
La naturaleza no cumple aquí solo una
función decorativa. También tiene un profundo valor simbólico. A la izquierda,
junto a José, predominan la sequedad, la piedra, el suelo oscuro y la pobreza
del viaje. A la derecha, en cambio, donde se encuentran la Virgen y el Niño, la
vegetación parece más fértil y viva.
A los pies de María, Caravaggio
incluyó varias plantas cargadas de significado religioso. El laurel puede
aludir a la virginidad de la Virgen; el cardo y la espina de la rosa anticipan
la Pasión de Cristo; y el gordolobo ha sido interpretado como símbolo de la
Resurrección. La pintura, por tanto, no representa solo un descanso durante una
huida, sino también una meditación visual sobre el destino de Cristo.
Maurizio Calvesi propuso una lectura
especialmente sugerente de la composición: de izquierda a derecha, el cuadro
mostraría un recorrido espiritual ascendente. Comienza con lo mineral,
representado por la piedra; continúa con lo animal, simbolizado por el asno;
pasa después por lo humano, encarnado en José; alcanza lo angélico en el músico
celestial; y culmina en lo divino, representado por la Virgen abrazando al Niño
Jesús.
El ángel músico: centro visual y
espiritual.
La figura del ángel es uno de los
grandes logros de la obra. Su postura elegante, su cuerpo juvenil y la
transparencia de la túnica crean una imagen de extraordinaria belleza. Algunos
estudiosos han sugerido que Caravaggio pudo inspirarse en la figura alegórica
del Vicio del Hércules en la encrucijada, que Annibale Carracci estaba pintando
en aquellos mismos años para el Camerino de Odoardo Farnese.
El ángel no solo divide la
composición. También une los dos mundos representados en ella. Por un lado,
está la realidad terrenal de José, marcada por el cansancio y la pobreza. Por
otro, la dimensión espiritual de María y el Niño. La música actúa como puente
entre ambos ámbitos.
El detalle de la cuerda rota del
violín refuerza esta lectura simbólica. En la iconografía musical del
Renacimiento, los instrumentos dañados o rotos podían aludir a la fragilidad de
la vida humana, a la imperfección del mundo terrenal o a la caducidad de los
placeres. Algo semejante aparece en la Santa Cecilia de Rafael, donde varios
instrumentos rotos se encuentran a los pies de la santa.
La partitura y el Cantar de los
Cantares.
Uno de los aspectos más fascinantes
del cuadro es la precisión con la que Caravaggio pintó la partitura sostenida
por san José. En 1983, Franca Camiz y Agostino Ziino identificaron la música
representada. Se trata de un motete del compositor flamenco Noel Bauldewijn,
titulado Quam pulchra es y basado en textos del Cantar de los Cantares.
El motete fue compuesto y publicado
en 1519, aunque no se imprimió en Roma hasta 1526. En la partitura pintada por
Caravaggio apenas aparecen letras —solo se distinguen una Q y una L del inicio
Quam pulchra—, pero las notas están reproducidas con notable exactitud.
Esta identificación refuerza la
lectura simbólica de la obra. El Cantar de los Cantares, interpretado por la
tradición cristiana como una celebración del amor místico entre Cristo y la
Iglesia, o entre Cristo y la Virgen, ofrece una clave para comprender la
escena. María aparece como la esposa espiritual, mientras el Niño Jesús es a la
vez hijo y esposo celestial en sentido alegórico.
Algunos versos del motete dicen:
“¡Qué bella eres y qué encantadora,
amadísima mía entre las delicias!
Tu estatura se asemeja a la palmera,
y tus pechos a racimos de uvas.
Tu cabeza es como el Carmelo, y tu
cuello como una torre de marfil.”
Y más adelante:
“Ven, amado mío, salgamos al campo;
veamos si las flores han dado fruto,
si han florecido los granados.
Allí te daré mi amor.”
Desde esta perspectiva, el sueño de
la Virgen no es simple cansancio físico. Puede entenderse también a la luz del
verso del Cantar: “Yo duermo, pero mi corazón vela”. María descansa, pero su
gesto protector mantiene vivo el vínculo espiritual con el Niño.
María, José y la humanidad de lo
sagrado.
Caravaggio construye un delicado
contraste entre José y María. José aparece como una figura humilde, envejecida,
casi marginal, al servicio de la música que interpreta el ángel. Representa la
pobreza y la sencillez del esposo terrenal.
María, en cambio, concentra la
dimensión afectiva y teológica de la pintura. Su cabello rojizo ha sido
relacionado por Calvesi con ciertos pasajes del Cantar de los Cantares y con
alusiones simbólicas a la futura Pasión de Cristo. La Virgen duerme, pero su
abrazo al Niño expresa protección, entrega y amor.
La postura de María, con la cabeza
inclinada, ha llamado también la atención de los estudiosos. Herwarth Röttgen
identificó en el British Museum un dibujo de Cesare d’Arpino para un Descanso
durante la huida a Egipto en el que la Virgen aparece con una inclinación
semejante. Caravaggio pudo haber conocido ese dibujo durante su estancia en el
taller del Caballero d’Arpino.
También se ha propuesto que el rostro
de la Virgen pudo inspirarse en alguna mujer del entorno romano de Caravaggio,
quizá la cortesana Fillide Melandroni o Anna Bianchini, esta última relacionada
igualmente con la Magdalena penitente, conservada también en la Galería Doria
Pamphilj. La semejanza entre ambas figuras, especialmente en la cabeza
inclinada, ha alimentado esta hipótesis.
Una obra de juventud, pero ya
plenamente caravaggista.
El Descanso durante la huida a Egipto
pertenece a la etapa temprana de Caravaggio, cuando su pintura todavía revela
un fuerte vínculo con la tradición lombardo-véneta. Esto se aprecia en el
colorido, en la atención minuciosa a los elementos naturales y en la presencia
de detalles de naturaleza muerta tratados con gran verosimilitud.
Sin embargo, la obra anuncia ya
muchos rasgos esenciales del Caravaggio maduro: el gusto por los modelos
reales, la reducción de la distancia entre lo sagrado y lo cotidiano, la
intensidad emocional de los gestos y la capacidad para transformar una escena
religiosa en una experiencia humana cercana.
Aquí no hay apariciones
espectaculares ni milagros visibles. El milagro está en la música, en el
silencio, en la ternura de una madre que duerme abrazada a su hijo, en el
cansancio de José y en la belleza ambigua del ángel que toca el violín en medio
del camino.
Conclusión.
Descanso durante la huida a Egipto es
una de las obras más poéticas de Caravaggio. A diferencia de sus pinturas
posteriores, dominadas a menudo por el claroscuro dramático, la violencia o la
tensión espiritual, este lienzo ofrece una imagen serena y musical.
La escena combina narración bíblica,
simbolismo vegetal, referencias al Cantar de los Cantares, cultura musical
renacentista y una profunda sensibilidad humana. Caravaggio convierte un
episodio de huida y peligro en una pausa de belleza suspendida: un instante en
el que la naturaleza, la música y el amor materno parecen detener el tiempo.
Por su parte,
el palacio es espectacular. La galería de los espejos, los salones dorados, los
frescos y la acumulación de pintura crean una atmósfera muy barroca, casi
teatral. No es solo ver cuadros; es entrar en un mundo de poder, gusto
aristocrático y coleccionismo.
Para quien ya
ha visto lo más típico de Roma, la Doria Pamphilj es una visita excelente,
porque permite disfrutar del arte con más calma. Tiene una escala manejable y,
al menos, el día de nuestra visita, no estaba tan masificada como los lugares
más famosos de Roma.
Al salir de
la Galería Doria Panphilj nos dirigimos a la Fontana de Trevi. Hay
lugares que no pierden su capacidad de fascinación, por muchas veces que se
hayan visitado, y la Fontana di Trevi es uno de ellos. Va uno caminando por
entre las callejas del Centro Storico de Roma cuando, de repente, en una
plaza, a la vuelta de la última esquina irrumpe la maravilla de la Fontana de
Trevi.
La fuente
seguía siendo tan grandiosa como la recordaba, aunque esta vez no me decepcionó
la aparente ausencia de perspectiva que ofrece el relativamente pequeño tamaño
del espacio urbano en el que se encuentra, como sentí la primera vez. Al
contrario, a pesar de que, probablemente, el número de turistas que por allí
deambulaban era superior al que encontré hace más de 25 años, en mi primera
visita, tengo la sensación de haber disfrutado sin desencanto de la
escenografía del lugar: el rumor constante del agua, su color turquesa claro (o
aguamarina suave, qué sé yo), el brillo del mármol travertino blanco de las
estatuas y del edificio al que se encuentra adosada la fuente, bajo la luz del mediodía
y la armonía con la que la monumental fuente emerge de la estrechez de las
calles que la rodean. A pesar de la multitud, sigue conservando algo de
escenario teatral. Quizá la primera visita estuvo marcada por la sorpresa;
esta, en cambio, estuvo dominada por la confirmación de que algunos lugares
resisten el paso del tiempo y continúan emocionando, precisamente porque nunca
se contemplan de la misma manera.
No sé si fue al
salir de la Piazza di Trevi o en un momento previo o posterior de ese
día, en el que, sentados en una terraza para tomar unos cafés helados y unas cocacolas,
tomamos verdadera conciencia de las sumamente adversas condiciones
meteorológicas bajo las que se estaba desarrollando nuestro viaje de turismo.
Todos nosotros parecíamos ir casi arrastrándonos por las calles, buscando
siempre los lados sombreados, bebiendo agua constantemente. Excepto Mariano,
que decía disfrutar de una temperatura ideal y al que no parecían afectarle, ni
el bochornoso calor ni el alto índice de humedad en el ambiente.
Nuestro
programa preveía el almuerzo a las 14:30 h, en un restaurante cercano a Piazza
Navona y un paseo posterior por el Campo di Fiori, Piazza Farnese
y Via Giulia, estando prevista la recogida del taxi a las 17:45 h. Pues
bien, en esa terraza en la que tomamos los cafés helados, adoptamos varias
decisiones. La primera es que nuestra jornada de turismo concluiría al terminar
el almuerzo, indicándole a Francesco el lugar y hora de recogida
correspondientes. La segunda decisión fue la de adelantar nuestras reservas
para almorzar los días siguientes a las 13 h. Y la tercera fue suprimir las
leves jornadas vespertinas que contemplaba nuestro programa cada día después
del almuerzo.
De la Fontana
de Trevi fuimos a ver la Galería Sciarra. Cuando le dije a ChatGPT que me la
describiera me dijo que es un elegante patio cubierto construido a finales del
siglo XIX, concebido como espacio de paso entre edificios de oficinas y
comercios; su estructura de hierro y cristal inunda el recinto de luz natural,
mientras que las paredes y galerías están decoradas con refinados frescos de
estilo Liberty —la versión italiana del Art Nouveau— que representan alegorías
de las virtudes femeninas y escenas inspiradas en la vida cotidiana; el
resultado es un rincón sorprendente, luminoso y lleno de color, que contrasta
con el predominio del barroco y de las ruinas clásicas del centro histórico de
Roma, convirtiéndose en uno de esos lugares discretos que recompensan al
viajero atento.
Lamentablemente
estaba cerrada, no sé si por obras y nos la perdimos.
Obviamos ese
día la visita a la Piazza Colonna, prevista en el programa y continuamos
hacia Piazza Navona. Por el camino nos cruzamos con la iglesia de San
Luigi dei Francesi. No recuerdo si estaba abierta a esa hora, pero lamento
mucho no haberlo comprobado, porque la visita prevista para dos días después estaba
en grave peligro, dados los nuevos planes postalmuerzo que acabábamos de
diseñar. Lo cierto es que tenía mucha ilusión en esa visita, para contemplar
con tiempo los tres cuadros de Caravaggio que allí se exhiben y, en especial, La
Vocación de San Mateo, por la variedad de personajes y símbolos que contiene.
Nuestro programa contenía una explicación detallada de estos tres cuadros, que
insertaré en este diario, por si le es de utilidad a su improbable lector, o a
mí mismo, si vuelvo a Roma o por puro deleite.
Nos asomamos
a Piazza Navona, desde Piazza Madama, atravesando Corsia
Agonale. Digo nos asomamos y digo bien, porque al llegar a la desembocadura
de Corsia Agonale en Piazza Navona pudimos comprobar que la
totalidad de la plaza estaba en ese momento castigada por un sol de justicia
que no dejaba ni un centímetro de sombra en sus laterales. Estábamos tan
acobardados por el calor y la humedad reinantes, que ninguno de nosotros se sintió
con fuerzas a esa hora (serían menos de las 13 h) para irrumpir en la plaza. Ni
Mariano, que era el único de nosotros que no la había pisado nunca.
Según el
mapa, nuestro restaurante (Osteria Da Fortunata) estaba a apenas tres
minutos de donde nos encontrábamos y hacia allí nos encaminamos, a ver si
podíamos adelantar la reserva. Al llegar, resulta que me había equivocado de
restaurante, pues en Roma había al menos tres locales con el mismo nombre. Por
suerte, el nuestro estaba a poco más de cinco minutos de allí. No obstante,
cuando vimos cómo estaba de lleno el restaurante equivocado, presumimos que
sería imposible adelantar casi una hora y media nuestro almuerzo en el
restaurante reservado. Es decir, teníamos que hacer tiempo bajo esas
condiciones meteorológicas extremas. Comenzamos a caminar y a los pocos metros
nos encontramos de frente la basílica de Sant'Andrea della Valle.
Nos miramos unos a otros y nos dijimos: ese va a ser nuestro refugio durante la
próxima hora.
Y así fue. Nada
más entrar en la iglesia notamos una diferencia de temperatura con el exterior
de al menos 8ºC, nos sentamos en los bancos de la nave central y nos dispusimos
a pasar el tiempo y a refrescarnos. Mientras los demás seguían en los bancos,
me di una vuelta por la nave de la iglesia y, al volver desde el altar mayor
por el pasillo central, vi a todo el grupo sentado en dos de los bancos,
distraído cada uno con su teléfono móvil. Las numerosas iglesias romanas son
auténticos oasis en la temporada de calor.
Después de no
menos de 30 o 40 minutos de descanso salimos camino del restaurante Osteria
Da Fortunata, de la Via del Pellegrino. Al llegar, aún faltaba media
hora para nuestra reserva y el restaurante estaba lleno, de modo que tuvimos
que esperar. Entretuvimos la espera contemplando a unas señoras que modelaban pasta
casera en un escaparate del restaurante de cara al público.
Cuando llegó
nuestra hora, nos acomodaron en una mesa junto a la ventana y junto a unas
chicas españolas (bueno, una era hispano-búlgara) muy simpáticas. Enseguida
entablamos conversación y nos dijeron que eran arquitectas y estaban en Roma
realizando una actividad relacionada con un máster que estaban recibiendo. Se
prestaron a aconsejarnos con la carta y nos explicaron las bondades de un
combinado de color rojo con mucho hielo que pidieron de bebida, cuya base era,
al parecer, el Aperol.
Pedimos un
par de aperitivos consistentes, uno en unas bolas fritas más o menos
redondeadas, quizá con carne picada y queso en su interior; y, el otro, en una
especie de pavía, con alguna verdura y queso en su interior. Nos gustaron mucho
ambos.
De plato
principal, para no equivocarnos, algunos pedimos espaguetis a la Carbonara;
otros, espaguetis a la Matricciana. Los espaguetis eran la pasta casera que
amasaban las señoras en el escaparate. A algunos les parecieron muy gruesos (lo
eran, pero a mí me gustaron), pero todos estuvimos de acuerdo en que los platos
estaban exquisitos. De postre, de nuevo y como todos los días, pedimos Tiramisú
y alguna otra cosa. En conjunto, el restaurante, que me había recomendado mi
hijo Carlos, nos gustó mucho. Fue una recomendación muy acertada.
A Francesco
le habíamos adelantado la hora de recogida casi tres horas y, por ello, excusó
un retraso de apenas 15 minutos, debido a un servicio que había comprometido,
contando con nuestra hora inicial. En poco más de media hora, sobre las 17 h, estábamos
en nuestra casa, listos para una breve siesta y una tarde de asueto.
Cada uno
entretuvo el tiempo como fue menester. A última hora de la tarde los
responsables del riego cumplieron con sus obligaciones y preparamos una cena no
muy copiosa que compartimos en la mesa pequeña del salón.
El
salón-comedor es una estancia amplia (Mariano la estimó en 90 m2) y
muy vivida, de aire rústico y campestre, con techos de vigas vistas pintadas en
blanco y grandes pilares centrales que dividen visualmente el espacio sin
cerrarlo. Predominan los tonos claros —blancos, cremas, beiges y grises
suaves—, combinados con el suelo de barro cocido, que aporta calidez. La zona
de estar se organiza en torno a sofás grandes tapizados en tonos claros, con
cojines en tonos neutros y algunos amarillos. Al fondo y en los laterales hay
librerías, aparadores y vitrinas de madera decapada, conteniendo vajilla, cristalería,
libros y objetos decorativos, lo que refuerza una sensación de casa familiar,
cómoda y con historia.
El comedor,
con mesa ovalada y sillas de respaldo medallón, mantiene el mismo estilo, acompañado
por lámparas de araña, apliques dorados y flores secas o blancas. La chimenea, el
reloj de pie, las alfombras, los textiles claros y los muebles antiguos crean
una atmósfera acogedora, elegante sin rigidez, algo romántica y muy doméstica.
Tras una
breve sobremesa nos acostamos. Mañana teníamos cita con nuestro conductor a las
8 de la mañana.
DÍA 20 DE JUNIO
El programa
del día comprendía una visita a la Basílica de San Pedro del Vaticano. Después,
un desayuno en un local cercano que me había recomendado mi hija Elena, tras lo
que emprenderíamos un paseo que nos debía llevar al Castillo de Sant’Angelo, a
través del Borgo Pio, cruzaríamos el Tíber para recorrer la Via dei
Coronari. Después, tomaríamos un taxi para ir al Trastévere, donde teníamos
una reserva para comer en el restaurante Evo Osteria. Por la tarde
teníamos previsto dar una paseo por el barrio y volver a casa. Debido al
acobardamiento general que nos produjo el mal tiempo reinante en Roma, suprimimos
el desayuno fuera, salimos desayunados de casa, y dejamos reducidas las visitas
a la Basílica de San Pedro, incluida la cúpula y al Trastévere, además de
adelantar el almuerzo a las 13 h y la recogida del taxi a las 15 h.
Como creo que
dije al principio, había descartado la visita a los Museos Vaticanos y lo había
hecho por dos razones. En primer lugar, porque recuerdo de mi viaje anterior a
Roma que los Museos Vaticanos me produjeron una indigestión de antigüedad
clásica, mundo etrusco, pintura cristiana, renacimiento…; atravesamos las salas
a toda velocidad, incapaces de digerir la cantidad de piezas allí expuestas y
ansiosos por llegar a la Capilla Sixtina, en la que sí teníamos gran interés y
que no nos defraudó. Recuerdo que pudimos contemplarla sin prisas, sentados en
los bancos corridos que hay en los laterales y sin demasiados turistas.
La segunda
razón de este descarte reside en el hecho de que, tras la visita a los Museos
Vaticanos y a la Capilla Sixtina (ambas cosas van juntas en el tique de
entrada), no hay una comunicación directa con la Basílica de San Pedro, por lo
que debes dar la vuelta y entrar de nuevo en la Plaza de San Pedro, para hacer
la cola para entrar en la Basílica. Cola que, a esa hora, obligaría a una
espera al sol muy prolongada.
Yo les decía
a mis compañeros, es verdad que con poca convicción y, por tanto, con escasa
acogida, que existe en Internet la posibilidad de realizar una visita virtual a
la Capilla Sixtina con fotografías en 360º.
Todos los
consejos para turistas en Roma insisten una y otra vez en la necesidad de
visitar los monumentos más masificados de Roma a primera hora de la mañana. Por
eso, planificamos nuestra visita a la basílica de San Pedro temprano.
Cuando
llegamos a la Plaza de San Pedro, sobre las ocho y media de la mañana, nos
dimos cuenta de que para la subida a la cúpula había una fila distinta de la cola
para entrar en la basílica. De modo que nos pusimos en la cola de la cúpula.
Nada más estar allí nos percatamos de que la organización de esta atracción
turística era desastrosa. Por un lado, mientras hacíamos cola, observábamos
cómo a otras personas se les permitía masivamente el acceso sin hacer cola y,
aparentemente, sin mostrar documento alguno. Por otro lado, cuando llevábamos
unos minutos haciendo cola, apareció un empleado pidiéndonos que desdobláramos
la cola, de modo que hubiera dos colas: una para subir por las escaleras y la
otra para subir en el ascensor. Nosotros nos pusimos en la supuesta cola del
ascensor y, en ese momento, Fran decidió intentar la entrada sin hacer cola, lo
que consiguió sin esfuerzo. Las colas no avanzaban apenas o no avanzaban nada
y, a los 5 o 10 minutos, Fran estaba de vuelta, porque no había conseguido, ni
comprarnos entradas para el ascensor (el empleado de la taquilla le preguntó:
¿dónde están los siete?), ni subir él por su cuenta por las escaleras.
Recuerdo de
nuestra primera visita a Roma que la subida a la cúpula tiene dos tramos. El
primero puede hacerse a pie o en ascensor y te deja, más o menos, a media
altura, donde hay unos miradores, tiendas de recuerdos y espacio para
descansar. El segundo tramo son 320 peldaños de una sinuosa escalera, que
recuerdo haber superado agónicamente. Y tenía entonces 40 años. Mi pretensión
ahora era quedarme en el primer tramo.
Lo cierto es
que tras 15 o 20 minutos de espera, abandonamos la cola, entre otras cosas,
porque después de lo visto, no sabíamos muy bien qué es lo que estábamos
esperando.
Nos dirigimos
directamente a las puertas de la basílica y, en pocos minutos, estábamos todos
dentro, tras pasar un control más exigente que en la mayoría de los monumentos,
pero no tanto como en un aeropuerto.
El emperador romano Constantino I
levantó la primera iglesia de San Pedro en el siglo IV, con el objetivo de
impulsar la nueva religión y de consolidar su poder. El 18 de noviembre del
año 326, cuando el papa Silvestre I la consagró solemnemente, estaba
formada por un atrio de grandes dimensiones y una cuidada decoración. Permaneció
más de 1000 años en pie, hasta que en 1377, cuando los papas regresaron de
Aviñón, la antigua basílica estaba en un estado ruinoso y decidieron derribarla
para levantar la que hoy conocemos, donde se trasladó la sede papal al
Vaticano.
Se inauguró exactamente 1300 años
después de su primera consagración, el 18 de noviembre de 1626. Poco después de empezar su
pontificado, Julio II encargó a Bramante construir una iglesia nueva, y en 1506
se colocó la primera piedra. Pasaron 120 años y artistas como Miguel Ángel,
Rafael y Bernini para completar la enorme construcción, edificada sobre la
tumba de san Pedro.
Una obra de maestros
La elección de la planta constituyó
el primer gran desafío en el diseño de la basílica. Mientras Bramante,
Peruzzi y Miguel Ángel defendían la planta de cruz griega, inspirándose en
la majestuosa Santa Sofía de Constantinopla, Rafael y Sangallo el Joven
abogaban por la planta de cruz latina, más tradicional. Este dilema
arquitectónico, que enfrentó a dos de los más grandes artistas del
Renacimiento, se prolongó hasta que el papa Pablo V, en 1605, resolvió la
disputa inclinándose por la propuesta de cruz latina y encargando su
construcción a Carlo Maderno en 1607.
Durante aquella época, la Iglesia
católica estaba inmersa en el contexto de la Contrarreforma, y el Papa Pablo
V deseaba que el nuevo templo fuera tan majestuoso como el anterior, añadiendo
una nave aún más larga (187 m) para destacar la importancia de las
procesiones y demás rituales. No obstante, esto implicaba que los fieles no
podrían contemplar la cúpula de Miguel Ángel al ingresar, como se había
planeado inicialmente. Al final, la cúpula diseñada por el maestro, entonces
de 71 años, resultó ser más alta y ornamentada de lo que él mismo había
previsto. La impronta del artista en la estructura de la iglesia, desde las
enormes pilastras hasta las ventanas, es imborrable.
La fachada de travertino, en tonos blancos y ocres con matices
rojos y verdes de la Loggia della Benedizione, también fue obra de Carlo
Maderno y ha adquirido fama mundial, aunque en su momento no todos estaban
de acuerdo con la amplitud de la fachada de dos pisos (110 m). El pórtico
cuenta con cinco entradas que dan acceso a la iglesia, y la galería central es
utilizada por el papa para impartir su bendición urbi et orbi(«a la
ciudad y al mundo») durante la Navidad y la Semana Santa. Además, es el lugar
donde se anuncia el «habemus Papam» tras la elección de un nuevo
pontífice.
Una entrada monumental
En el interior del pórtico, bajo el
techo estucado de Maderno, destacan las estatuas ecuestres de Bernini, con
la figura de Constantino a la derecha y la de Carlomagno (1725) a la izquierda,
simbolizando el poder temporal de la Iglesia. Sobre el pasadizo central
se pueden ver los restos del famoso mosaico Navicella de Giotto, que
representa a Jesús caminando sobre el agua, el cual adornaba el atrio de la
antigua iglesia de San Pedro. Para apreciarlo mejor, lo mejor es colocarse de
espaldas a las puertas de bronce centrales, que datan de la época de
Constantino y fueron decoradas en el siglo XV por el escultor florentino
Filarete (Antonio Averulino). A la derecha se encuentra la Puerta Santa,
que se abre únicamente durante los Años Santos.
El imponente interior barroco de
San Pedro, en gran parte obra de Bernini, es realmente sobrecogedor.
Destaca el círculo de pórfido frente a la puerta de Filarete, el lugar donde
Carlomagno —y otros muchos tras él— se arrodilló para ser coronado emperador. A
continuación, espera la nave central y el crucero. En el suelo, las franjas de
bronce marcan la longitud de otras catedrales famosas, aunque más pequeñas.
Tal como Bernini lo había ideado, la
mirada se fija de inmediato en el monumental baldaquino que se eleva sobre el
altar mayor, hecho con bronce tomado del Panteón. Aquí brillan con luz
propia los relieves de mármol en la base de las columnas, que representan
una secuencia del parto de una mujer, mostrando su cambio de expresión hasta el
último relieve, donde aparece un sonriente bambino (bebé). Frente al
baldaquino, el confessio ligeramente hundido, obra de Maderno, está
rodeado por una balaustrada con 95 lámparas encendidas permanentemente,
y señala la ubicación de la tumba de san Pedro, situada en niveles más
profundos.
En el ábside merece la pena detenerse
en el Gloria, que forma parte del monumento barroco conocido como
la Cattedra Petri.En su centro, una ventana de alabastro con la figura
de una paloma simboliza al Espíritu Santo, mientras que a ambos lados se
encuentran las tumbas de los papas Pablo III (izquierda) y Urbano VIII
(derecha).
La cúpula de Miguel Ángel
Y por supuesto, arriba espera la
cúpula, la obra maestra de un Miguel Ángel que nunca la vio completada
(falleció unos meses antes). Iluminada profusamente por 16 ventanas, la cúpula
tiene 16 divisiones separadas por costillas que se extienden hasta la linterna,
el punto más alto, donde está representado Dios Padre. Su peso recae sobre
cuatro colosales pilastras.
En la cúpula llaman la atención los
mosaicos de los gigantescos medallones que representan a los evangelistas: la
pluma de san Marcos mide nada menos que 1,5 metros. La inscripción en latín que
rodea la base contiene el versículo de san Mateo: «Tú eres Pedro y sobre esta
roca edificaré mi Iglesia. Te daré las llaves del reino de los cielos».
El papa Urbano VIII encargó a Bernini
la decoración de las cuatro pilastras de soporte, donde se colocaron estatuas
de 4,8 metros de altura: san Longinos, realizada por el propio Bernini, san
Andrés, santa Verónica y santa Helena. A veces, se muestran reliquias en
los balcones situados sobre las estatuas: la lanza de San Longinos, el soldado
romano que hirió a Jesús en la cruz; fragmentos de la Cruz traídos desde Tierra
Santa por santa Helena; y el velo de santa Verónica, que cubrió el
rostro de Jesús. Frente a la pilastra de Longinos se encuentra una
impresionante estatua de san Pedro en bronce, obra de Arnolfo di Cambio,
realizada en el siglo XIII.ç
Un ascensor al final del pórtico
lleva al primer piso de la cúpula, desde donde se pueden admirar las enormes
proporciones de la basílica. Una escalera de caracol, estrecha y aparentemente
interminable, conduce al balcón exterior de la cúpula, desde donde se disfruta
de una vista espectacular.
Para quien busque subir hasta lo más
alto de la cúpula, en el exterior de la basílica hay un acceso que permite
alcanzar el punto máximo de este edificio colosal. Los precios varían según los
peldaños que se deseen salvar con el ascensor, pero lo que sí que es
innegociable son los 320 escalones finales que, en escorzo, conducen hasta el
cénit del Vaticano. Desde arriba, Roma se extiende más allá de lo
imaginado.
Tumbas y otros tesoros
En las Grutas Vaticanas, un corredor
bajo la nave central, descansan los restos de más de cien papas. La tumba de Alejandro VII, obra
maestra de Bernini realizada en 1678, destaca por sus mármoles policromados y
esculturas, donde el papa aparece arrodillado en oración, rodeado de figuras
alegóricas que representan las Virtudes.
Sin embargo, lo más impactante es
la Muerte Alada que, bajo los pliegues del mármol, asoma su cabeza mientras
sostiene un reloj de arena. La tumba de Inocencio VIII, ubicada en una de
las pilastras de la nave izquierda, es obra de Antonio del Pollaiuolo y es una
de las pocas tumbas papales que se trasladaron desde la antigua iglesia de San
Pedro, junto con las de las Grutas.
Solo tres monumentos están dedicados
a mujeres: la reina Cristina de Suecia, que abdicó en 1654 para convertirse al catolicismo; la
condesa Matilde de Toscana, quien apoyó al papado en su conflicto del siglo
XI con el emperador del Sacro Imperio; y María Clementina Sobieski (1702-1735),
madre de los dos últimos pretendientes Estuardo al trono inglés, Carlos y
Enrique.
Pero, sin duda, la imagen más
conmovedora se encuentra en la primera capilla de la nave derecha: la Pietà
de Miguel Ángel, la única escultura firmada por el artista, cuya rúbrica se
encuentra en la faja que cruza el pecho de la Virgen. Desde que en 1972 un
hombre la atacara con un martillo, está protegida por un panel transparente a
prueba de balas.
Entramos en
la basílica de San Pedro antes de las nueve de la mañana, cuando el templo aún
conservaba una extraña calma, impropia de un lugar destinado a verse desbordado
no mucho después. Tras reponernos de la impresión que causa la contemplación de
las dimensiones del templo, fuimos directamente a contemplar la Piedad de
Miguel Ángel, y tuvimos la fortuna de poder detenernos ante ella sin empujones
ni prisas, leyendo las páginas de nuestra guía que contenían una explicación
detallada de la pieza, observando con calma esa mezcla de dolor, serenidad y
perfección que parece aislarla del bullicio del mundo.
Hay obras de arte que no necesitan
grandes explicaciones para conmover. Basta mirarlas unos segundos. La Piedad
de Miguel Ángel pertenece a ese reducido grupo de imágenes capaces de
detenernos en silencio. Representa la escena dolorosísima de la Virgen María
sosteniendo en su regazo el cuerpo muerto de Cristo, recién descendido de la
cruz. Sin embargo, lo sorprendente es que Miguel Ángel no convierte ese momento
en una escena desgarrada, violenta o teatral. Al contrario: lo transforma en
una imagen serena, equilibrada y casi sobrenatural.
El tema de la Piedad había sido
frecuente en el arte cristiano desde la Edad Media, especialmente en el ámbito
germánico y del norte de Europa. Normalmente se representaba con gran
dramatismo: cuerpos rígidos, rostros crispados, lágrimas, heridas visibles y
una expresión directa del sufrimiento. Miguel Ángel, en cambio, elige otro
camino. No elimina el dolor, pero lo contiene. No muestra una madre
desesperada, sino una Virgen silenciosa, recogida, que parece aceptar el
misterio que tiene entre sus brazos.
La obra fue realizada en Roma entre
1498 y 1499, cuando Miguel Ángel era todavía muy joven, había nacido en 1475.
El encargo procedía del cardenal francés Jean de Bilhères Lagraulas, que la
destinó a su monumento funerario en la antigua basílica de San Pedro. La
escultura fue tallada en un único bloque de mármol de Carrara, material que
Miguel Ángel convirtió en carne, tela, peso, suavidad y emoción. Hoy se
conserva en la Basílica de San Pedro del Vaticano y es una de las esculturas
más célebres de toda la historia del arte.
Una composición pensada para
transmitir calma
A primera vista, la Piedad
parece sencilla, representa a María sentada, sosteniendo sobre sus rodillas a
Cristo tendido. Pero esa aparente naturalidad es fruto de una construcción muy
calculada. El grupo escultórico se organiza mediante una composición piramidal:
la cabeza de la Virgen forma el vértice superior, mientras que el amplio manto
y el cuerpo de Cristo generan una base sólida y estable.
Esta forma triangular aporta
equilibrio. Nada parece caerse, nada resulta brusco. Incluso el cuerpo muerto
de Jesús, que podría haber sido representado con violencia o rigidez, descansa
con una suavidad casi imposible. La tragedia está ahí, pero ordenada por la
belleza.
Miguel Ángel logra algo muy
renacentista, armonizar lo humano y lo ideal. El Renacimiento no se conformaba
con copiar la realidad; buscaba una belleza superior, una perfección capaz de
expresar verdades espirituales. Por eso la Piedad no es una escena
cotidiana de duelo. Es una imagen elevada, casi fuera del tiempo.
María: una madre joven ante el cuerpo
de su hijo
Uno de los aspectos que más llama la
atención es la juventud de la Virgen.
Si María sostiene a Cristo muerto,
debería aparecer como una mujer madura. Sin embargo, Miguel Ángel la representa
con un rostro joven, terso, sereno, casi adolescente.
Esto no es un error ni un capricho.
Responde a una idea teológica y simbólica: María aparece como figura pura,
inmaculada, eternamente virgen. Su juventud no pretende ser realista, sino
espiritual. No estamos ante una madre envejecida por los años, sino ante una
imagen ideal de la maternidad, la pureza y la gracia.
La expresión de su rostro es
fundamental. María no grita, no se retuerce, no mira al cielo con
desesperación. Inclina suavemente la cabeza y contempla a su hijo con una
tristeza contenida. Esa contención hace que la obra resulte aún más poderosa.
El dolor más profundo no siempre es el más ruidoso.
Cristo: belleza, muerte y humanidad
El cuerpo de Jesús aparece sin vida,
pero no destruido. Miguel Ángel evita recrearse en la violencia física de la
Pasión.
Las heridas existen, pero no dominan
la escena. El cuerpo de Cristo conserva una belleza ideal, casi clásica: la
anatomía está cuidadosamente estudiada, los músculos son suaves, las
proporciones armoniosas y la postura transmite abandono, no crispación.
Este Cristo es plenamente humano:
pesa, cae, se apoya en el regazo de su madre. Pero también parece conservar una
dignidad que va más allá de la muerte. Miguel Ángel no representa solo un
cadáver; representa un cuerpo vencido que, de algún modo, anuncia ya la
esperanza de la resurrección.
Ahí está una de las grandes sutilezas
de la obra: la muerte no tiene la última palabra. La escena es trágica, pero no
desesperada.
El truco genial de las proporciones
Hay un detalle que suele pasar
inadvertido. Si la Virgen se pusiera de pie, tendría unas dimensiones
descomunales. Su cuerpo es mucho más grande de lo que parece.
Miguel Ángel altera las proporciones
para resolver un problema escultórico muy concreto: ¿cómo colocar el cuerpo
adulto de un hombre sobre el regazo de una mujer sin que la escena resulte
forzada?
La solución fue agrandar
discretamente la figura de María, ensanchar su base y cubrir buena parte de su
cuerpo con un manto abundante. Así, el espectador no percibe la desproporción,
pero sí siente que Cristo descansa de forma natural y estable. De modo que
Miguel Ángel amplió de manera sutil las proporciones de la Virgen para poder
acomodar el cuerpo adulto de Cristo en su regazo.
Es una muestra de inteligencia
artística extraordinaria: Miguel Ángel deforma la realidad para que, ante
nuestros ojos, parezca más verdadera.
El mármol que parece tela, piel y luz
Otro de los grandes logros de la Piedad
está en el tratamiento del mármol. Miguel Ángel consigue que un material duro y
frío parezca blando, cálido y vivo. La piel de Cristo tiene una suavidad casi
humana. El rostro de María parece respirar. Y los pliegues de su manto forman
un auténtico paisaje de luces y sombras.
Esos pliegues no son mero adorno.
Cumplen varias funciones. Por un lado, dan volumen y monumentalidad a la
Virgen. Por otro, crean contrastes lumínicos que animan la superficie de la
escultura. La luz se desliza por unas zonas, se hunde en otras y hace que el
mármol parezca moverse.
Frente al cuerpo desnudo y liso de
Cristo, el manto de María aparece lleno de ondulaciones. Ese contraste entre
desnudez y ropaje, entre quietud y movimiento, entre muerte y vida, es una de
las claves visuales de la obra.
Una belleza que no niega el
sufrimiento
La Piedad de Miguel Ángel no
es menos dolorosa porque sea bella. Al contrario: su belleza hace que el dolor
sea más profundo. No estamos ante una escena sentimental, sino ante una
meditación sobre la muerte, la maternidad, la fe y la aceptación.
Miguel Ángel convierte el sufrimiento
en armonía sin vaciarlo de emoción. La Virgen no parece derrotada; parece
sostener el dolor del mundo con una dignidad inmensa. Cristo no aparece
humillado, sino entregado. La escena entera respira silencio.
Quizá por eso la obra sigue
conmoviendo tanto. No necesita exagerar. No necesita mostrarnos lágrimas ni
sangre abundante. Le basta con un cuerpo abandonado, una madre que lo sostiene
y un mármol que parece haber dejado de ser piedra.
La única obra firmada por Miguel
Ángel
Como curiosidad final, la Piedad
es la única obra que Miguel Ángel firmó. Lo hizo en la banda que cruza el pecho
de la Virgen, donde puede leerse en latín una inscripción que identifica al
artista florentino como autor de la escultura. Según la tradición, decidió
firmarla al escuchar que algunos atribuían la obra a otro escultor. Esa firma
tiene algo de gesto juvenil, incluso orgulloso. Y no es extraño: Miguel Ángel
tenía poco más de veinte años y acababa de realizar una obra que parecía
imposible.
Con la Piedad, no solo
demostraba su virtuosismo técnico; anunciaba que había nacido uno de los
grandes genios del arte occidental.
Conclusión
La Piedad del Vaticano es
mucho más que una escena religiosa tallada en mármol. Es una obra en la que
conviven la muerte y la esperanza, el dolor y la belleza, la humanidad y lo
divino. Miguel Ángel tomó un tema tradicionalmente dramático y lo transformó en
una imagen de serenidad monumental.
Su grandeza está precisamente en esa
paradoja: representa una tragedia, pero transmite paz. Muestra un cuerpo
muerto, pero parece hablar de vida. Está hecha de piedra, pero conmueve como si
respirara.
Después ya no
seguimos un itinerario preciso, nos limitamos a deambular por las naves y
capillas, dejándonos envolver por la inmensidad de la basílica, por su altura
casi inabarcable, por la riqueza de los mármoles, las esculturas, los altares y
la luz que descendía desde la cúpula. Todo en San Pedro parece pensado para
empequeñecer al visitante y, al mismo tiempo, para deslumbrarlo. Admiré el
Baldaquino de Bernini, la llamada Cátedra de San Pedro (extraña pieza cuyo
significado y función no terminé de aprehender), la grandiosidad de la cúpula,
las figuras monumentales que ocupan nichos y pilares, y ese lujo solemne que
convierte cada rincón en una afirmación de poder, religiosidad y belleza. Pero
lo que más me llamó la atención fue que, en medio de tanta magnificencia, la
basílica seguía funcionando cotidianamente como una iglesia viva: en una
capilla se celebraba misa, y en numerosos confesionarios, señalados en
distintos idiomas, los sacerdotes atendían a fieles venidos de todas partes. Al
salir, hacia las diez y media, San Pedro ya estaba completamente llena de
turistas y peregrinos. Entonces comprendí mejor el privilegio de haberla
recorrido temprano, cuando todavía era posible mirar, detenerse y sentir, antes
de que la multitud terminara por ocuparlo todo.
Al salir de
la Basílica nos quedamos un rato disfrutando de la Plaza de San Pedro y de la
contemplación del pórtico de la basílica y comentando las apreciaciones de
nuestra guía, sobre el carácter polémico de ese elemento del conjunto,
construido después de la cúpula y que, en cierto modo, la eclipsa para el observador
que contemple el monumento a no muchos metros de distancia.
Por otro
lado, la plaza se encontraba en ese momento, no sé si siempre, llena de toda
clase de elementos accesorios no permanentes, que afeaban sobremanera la
contemplación de un lugar tan hermoso e icónico. Vallas de encauzamiento de madera,
vulgares vallas grises metálicas como las que se ven en cualquier ciudad para
delimitar las obras y otros usos, numerosas sillas como para los asistentes a
un evento pasado o futuro, etc. Los responsables de estos lugares deberían ser
más cuidadosos. No digo que el turista pueda o deba ver la plaza como quien
contempla una magnífica foto aérea, pero el estado en el que se encontraba el
día de nuestra visita, visto a ras de suelo, era francamente deslucido.
Aunque
habíamos desayunado, el calor y la humedad reinantes a esa hora de la mañana
(no eran ni las 11) nos animaron a tomar un refrigerio. Cosa que hicimos en el
lugar previsto inicialmente para desayunar, el Wine Bar De' Penitenzieri.
Elena me había dicho que lo encontraron por casualidad y, que sería por el
calor o por la sed, pero les pareció un oasis en el que pararon un buen rato a
reponer fuerzas. Algo parecido experimentamos nosotros, que disfrutamos de un
local agradable, bien refrigerado, en el que dimos cuenta de cafés helados y
otras bebidas y algún dulce hojaldrado de buena factura, de propina.
Cuando
salimos del Wine Bar De' Penitenzieri nos topamos con un empleado de una
de las empresas que prestan en Roma el servicio de autobuses panorámicos, que
nos explicó en itanglish las distintas modalidades, paradas, horarios y
precios de los servicios. Aunque insistió en que le compráramos unos tiques
válidos para cualquier día, no se los compramos, pero, como suele decirse, nos
quedamos con la copla.
Nuestra
siguiente etapa era el barrio del Trastévere y, en ese momento, me acordé de la
conversación que había tenido el día anterior con Francesco, en el coche de
vuelta a casa, cuando yo había sugerido que tomaríamos un taxi para ir al
Trastévere. Francesco me dijo que no hacía falta ir en taxi al Trastévere desde
el Vaticano, pues era un breve y agradable paseo por la orilla del Tíber, que
no nos llevaría más de ocho (sic) minutos. Sabía, porque lo había medido
preparando el programa, que no eran ocho minutos, pero no pugné por el taxi, de
modo que emprendimos a pie el camino de la ribera del Tíber en dirección al
Trastévere. Yo iba delante andando deprisa, a pesar del extremo calor reinante,
supongo que intentando llegar lo antes posible, aunque no sé a dónde quería yo
llegar, porque lo que nos esperaba eran las calles del barrio, en las que la
temperatura sería la misma que la del camino. Finalmente, no fueron ocho
minutos, pero tampoco los 25 que yo me temía. Probablemente, lo que tenía en mi
memoria era la distancia entre la Via dei Coronari y el Trastévere, que
correspondía a nuestros planes iniciales para ese día.
Dimos un
paseo por las pintorescas calles del barrio, hasta llegar a la iglesia de Santa
Maria in Trastevere, donde entramos, una vez más, no solo por conocerla,
sino como refugio ante las inclemencias del tiempo, aunque es verdad que, por
alguna razón, la diferencia de temperatura con el exterior en este caso no era
tan grata como en otros casos.
Está en el
corazón del Trastevere, en la plaza de Santa Maria in Trastevere. Su
importancia no viene solo de su belleza, sino de su antigüedad simbólica, pues
es una de las iglesias más antiguas y sugerentes de Roma. Su origen es una
iglesia paleocristiana del S. IV, sobre la que se construyó una basílica
medieval en el S. XI, con planta basilical clásica, columnas antiguas
reutilizadas, fachada románica con mosaicos, interior parcialmente barroquizado
y un ábside de mosaicos dorados que es una de las cumbres del arte medieval
romano.
Nada sabía yo
de esta iglesia cuando entré, pero la decoración del ábside me llamó la
atención desde el principio, iluminada en aquel momento y de apariencia
bizantina. Cuando me acerqué para contemplarla a placer se apagó la iluminación.
Porfié por encenderla de nuevo con un euro, que la maquinita escupía una y otra
vez. Busqué a alguien que me ayudara y acudió presto y muy amablemente un
empleado o sacristán hispanoamericano, que sorteó las malas artes de la
maquinita accionando un interruptor oculto y los mosaicos policromados, con dorados
predominantes lucieron en todo su esplendor.
La parte
superior, la concha absidial, está cubierta por mosaicos de teselas, de hacia
1140, con abundante uso de fondo dorado, lo que crea ese resplandor casi
sobrenatural cuando la luz incide sobre ellos. La escena principal corresponde
a Cristo y la Virgen entronizados, rodeados de santos. Esa decoración es un
arte romano medieval muy bizantinizante, como yo había apreciado desde la entrada,
usando fondo de oro, figuras frontales, hieráticas, solemnes, sin profundidad
naturalista.
En cambio, la
decoración de la parte inferior del ábside constituye una franja más narrativa,
en la que se ven escenas de la vida de la Virgen. Esos mosaicos son
posteriores, de finales del siglo XIII, y ya tienen algo más de movimiento,
volumen y narración que la parte superior. Por eso suele considerarse que en esta
parte del ábside nos encontramos con la transición entre la Edad Media y el
primer Renacimiento.
Bajo la
escena principal corre una procesión de corderos, símbolo de los apóstoles o de
la comunidad de los fieles, que convergen hacia el Cordero místico. En el arco
triunfal aparecen los símbolos de los evangelistas, la cruz, el Alfa y Omega y
elementos apocalípticos. Todo el conjunto convierte el ábside en una visión
celestial: Cristo, María, los santos, la Iglesia y la liturgia reunidos en una
sola imagen.
Cuando
salimos de esta iglesia falta ya poco tiempo para la hora de nuestra reserva,
de modo que nos encaminamos hacia el restaurante Evo Ostería,
sito en Via Garibaldi, procurando desplazarnos por calles del barrio
distintas a las que habíamos transitado.
El
restaurante nos causó muy buena impresión, nada más entrar. Nos colocaron en
una mesa junto a la ventana y el local estaba agradablemente iluminado y, lo
que era más importante, bien refrigerado. No fue fácil encontrar un restaurante
en el Trastévere varias semanas antes. No tenía ninguna recomendación
específica en esa zona de Roma y algunos de los locales con los que había
contactado, o no admitían reservas, o no me contestaron. Antes de reservar los
restaurantes que estaban en nuestra guía he examinado con cierto detenimiento
la carta y las opiniones que publican los usuarios. No es una garantía cien por
cien, pero, en principio, debe ayudar a excluir los sitios nada recomendables.
En este caso,
el acierto fue pleno. Todo lo que comimos y bebimos nos gustó a todos y el
precio fue honesto, así que dejamos apuntado el lugar para futuras
recomendaciones.
A la hora
acordada nos recogió Francesco en la puerta del restaurante y, media hora
después estábamos en casa.
Por la tarde
cambiamos impresiones sobre los planes para los dos días restantes y, como la
climatología ya estaba dejando su insidiosa huella en el ánimo de los viajeros,
reestructuramos de nuevo casi completamente el programa. En su momento contaré
qué es lo que teníamos previsto hacer. Baste con que ahora cuente que decidimos
que al día siguiente tomaríamos en la Estación Termini un autobús panorámico,
con la intención de bajarnos en determinadas paradas y el último día lo
pasaríamos en la casa, protegidos de las inclemencias meteorológicas, hasta las
siete de la tarde, en que nos iríamos al Centro Storico de Roma para
cenar y dar un paseo por la ciudad de noche, incluyendo, necesariamente, Piazza
Navona, a la que, como ya he contado, no nos atrevimos a asomarnos dos días
antes.
A resultas de
las decisiones que habíamos tomado, Fran se encargó de comprar las entradas
para el bus panorámico del día siguiente.
También fue
necesario cancelar las reservas de los restaurantes que teníamos previstas para
los dos últimos días y buscar otros locales bien valorados y cercanos a los
lugares en los que nos encontraríamos para almorzar, el día 21 y para cenar el
día 22.
No he contado
hasta ahora que, entre las facilidades de nuestro alojamiento se encontraba la
disponibilidad de un Fiat 500 para desplazarnos a hacer la compra, función que
recayó en Fran y Mariano.
A última hora
de la tarde aproveché para dar una vuelta por el jardín de la casa. Es un
jardín amplio y muy frondoso, de aspecto natural y algo silvestre, que prolonga
muy bien el carácter acogedor y campestre de la casa, pintada en un tono rojizo
o terracota intenso. El jardín, de no mucho menos de una hectárea, tiene una
vegetación abundante, con árboles altos, setos, plantas trepadoras, arbustos
floridos y rincones sombreados que le dan un aire íntimo y retirado. El terreno
combina zonas de grava, tierra y césped, sin una geometría rígida, lo que
refuerza la sensación de jardín vivido, relajado y auténtico.
Hay varios
espacios pensados para descansar al aire libre. Una zona con pérgola ligera y
mesa con sillas, bancos bajo los árboles, tumbonas en el césped, un sillón
colgante tipo burbuja junto a la fachada y dos pequeños porches junto a la casa
con mobiliario de madera de exterior. La vegetación parece envolverlo todo,
creando caminos estrechos y rincones protegidos del sol, con flores rosadas,
azules y blancas que aportan color sin romper la serenidad del conjunto. Es un
jardín de casa de campo italiana, agradable, fresco y familiar, más pensado
para leer, conversar o dejar pasar la tarde que para lucir una jardinería
perfectamente ordenada.
Cuando se
hizo de noche dimos cuenta de una cena acompañada de unas cervezas y vino
chianti y, no mucho después, nos acostamos.
DÍA 21 DE JUNIO
El programa
original tenía previsto que ese día comenzáramos en la basílica de San
Giovanni in Laterano (una de las cuatro grandes basílicas romanas), después
visitaríamos la interesante iglesia de San Clemente, el Coliseo y el Foro
Romano, (ambos solo por fuera), la Piazza del Campidoglio, el Altare
della Patria, terminando en la iglesia de San Pietro in Vincoli, para
admirar el Moisés de Miguel Ángel.
De acuerdo
con el programa reestructurado para ese día, salimos de casa a las ocho de la
mañana y poco después de las ocho y media estábamos en la Estación Termini,
buscando el poste de la compañía del bus panorámico cuyas entradas habíamos
comprado el día anterior.
El bus sale a
las nueve en punto y, a corta distancia del inicio de la ruta, efectúa la
primera parada, junto a la basílica de Santa María Maggiore, otra
de las cuatro grandes basílicas romanas. Nos bajamos y nos dirigimos hacia ella.
Al traspasar
su fachada barroca irrumpimos en una amplia nave central flanqueada por
columnas antiguas que conducen la mirada hacia el altar mayor, con su baldaquino
y el ábside, donde los mosaicos dorados parecen encender la penumbra del
templo.
El suelo de
la nave central de Santa María Maggiore es un espléndido pavimento, formado por
piezas de mármoles y seguramente otras piedras de distintos colores, dispuestas
en dibujos geométricos, círculos, bandas entrelazadas, rombos y discos que
avanzan como una alfombra pétrea hacia el altar mayor. Sobre esa riqueza
horizontal discurre como en paralelo el artesonado dorado del techo, que cubre
la nave con una solemnidad casi regia, mediante una sucesión de casetones
tallados y profundamente decorados, resplandecientes por el oro, que transforma
la cubierta en una superficie luminosa y majestuosa. La combinación de ambos
elementos —el mármol policromado bajo los pies y el oro sobre la cabeza—
acentúa la sensación de caminar por un espacio sagrado, antiguo y ceremonial,
donde cada plano de la arquitectura contribuye a la grandeza del conjunto.
Algunos
reparamos en una discreta concentración de personas que se agrupaban en un
punto de una de las naves laterales del templo. Al acercarnos pudimos comprobar
que se trataba de una sobria hornacina funeraria, ubicada entre dos de las
capillas adyacentes de la basílica, donde, bajo una parca lápida, en la que
apenas figura su nombre de pontífice, reposan los restos del papa Francisco,
recientemente fallecido.
Nos llamaron
la atención algunos elementos de la basílica de Santa Maria Maggiore, que
parecían connotar la existencia de ciertos vínculos especiales con España. En
la entrada de la sacristía había una placa, con membrete de la Fundación Endesa,
que decía lo siguiente: “Sus majestades los reyes Don Juan Carlos y Doña
Sofía inauguraron la iluminación de esta basílica papal de Santa María la Mayor.
19 de enero de 2018.”
Sin querer
acude a mi mente el tremendo fiasco de la pérdida por España de la compañía
energética Endesa, una de las empresas estratégicas españolas más importantes,
que se produjo en 2005. Cuando la empresa catalana Gas Natural lanzó una OPA
sobre Endesa, la muy cerril y muy patriótica (por los c…) derecha política,
periodística y empresarial española boicoteó la operación al grito de ¡antes
extranjera que catalana! Como consecuencia de las turbulencias ocasionados por
tan infame campaña, nuestra principal compañía eléctrica pasó de estar en manos
españolas, a ser propiedad del Estado italiano, que fue quien la compró; es
decir, una potencia extranjera manejando nuestro sistema eléctrico. La placa,
por tanto, es una suerte de recochineo, que da noticia de que el Estado
italiano patrocinó la iluminación de uno de los grandes monumentos romanos,
invitó a los reyes de España para que le dieran lustre a una actuación que nada
tiene de española y reflejó todo ello en una placa escrita en castellano. Placa
que si algún significado tiene es el de ser la muestra de un cierto expolio y,
sobre todo, de la distinta finezza con la que nos conducimos italianos y
españoles.
Al salir nos
dimos cuenta de algo en lo que no habíamos reparado al entrar. En el atrio de Santa
Maria Maggiore, dentro de una hornacina monumental, se alza la estatua en
bronce de Felipe IV, recuerdo solemne de la antigua protección y munificencia
de la Corona española hacia la basílica. Pensemos que en tiempos de Felipe IV,
el rey pasmado de Torrente Ballester, ni la basílica ni Roma entera pertenecían
a Italia, que aun no existía, sino que pertenecían a la entidad política denominada
Estados Pontificios, dirigida por el Papa. Por tanto, la presencia del rey
español allí era honorífica y devocional, no territorial.
Volvimos a la
parada y en pocos minutos estábamos de nuevo en el bus panorámico. Aprovecho
para decir que la compañía de nuestro bus (Big Bus Rome) tiene una
aplicación, que descargué en mi smartphone, con la que, entre otras
cosas, puedes seguir la ruta de los autobuses en servicio. De nuestra
experiencia cabe concluir que el compromiso de la compañía de cumplir una
frecuencia de paso de los autobuses de nueve minutos, en la práctica, se
cumplió.
El paso
siguiente de interés fue el Coliseo. La compañía anunciaba que la parada del
Coliseo estaba temporalmente no disponible o suspendida hasta nuevo aviso. Pero
lo cierto es que, documentándome para redactar estas líneas, he podido saber
que el Ayuntamiento de Roma decidió en noviembre de 2025 sacar los autobuses
turísticos de la zona del Coliseo, por congestión, seguridad, protección del
área monumental y reordenación del entorno, permitiéndoles, únicamente, circunvalar
el monumento, que es lo que hicimos nosotros. Como ya conocía el Coliseo, me
pareció suficiente contemplarlo tras los cristales del autobús, que era desde
podía verlo, ya que yo viajaba en el piso bajo, que se encontraba
agradablemente refrigerado. Pongo aquí una foto que hice al paso por el
Coliseo, en la que se aprecia que pude disfrutar de una vista adecuada del
monumento.
Tras
circunvalar el Coliseo y dejar atrás el Arco de Constantino, el autobús subió
por Via di San Gregorio, Via del Circo Massimo, dejando el Circo
Massimo a la derecha; más adelante, el Teatro di Marcello quedará a
la izquierda y, un poco más arriba, nos bajamos en la siguiente parada del bus
panorámico, con la intención de visitar el Campidoglio y el Altare
della Patria.
A cinco
minutos de la parada y tras una empinada escalinata, llegamos a la colina
capitolina, donde se encuentra la explanada de la Piazza del Campidoglio. Se
trata de un espacio abierto, inesperadamente sereno, casi suspendido sobre el
ruido de Roma. Es una plaza no muy grande, pero perfecta en sus proporciones,
cerrada por fachadas armoniosas y presidida en el centro por la estatua
ecuestre de Marco Aurelio. El pavimento, con su dibujo geométrico en forma de
estrella, parece ordenar el espacio y darle una solemnidad tranquila. A un lado
queda el Palacio Senatorial, al otro los Museos Capitolinos, y desde allí se
siente con claridad esa mezcla de poder antiguo, elegancia renacentista y vida
cotidiana.
Después de
disfrutar de esta hermosa plaza y de la excelente factura de la rehabilitación
de los edificios que la circundan nos acercamos a la trasera del Palazzo
Senatorio, que es el edificio que cierra el Campidoglio al fondo de
la plaza.
Desde allí,
el Foro Romano se abre de pronto como una gran hondonada de historia. A los
pies aparecen las columnas partidas, los arcos, los restos de templos y
basílicas, la Via Sacra serpenteando entre ruinas y, al fondo, la silueta del
Coliseo asomando entre la piedra antigua y los pinos. Es una vista privilegiada
porque no se contempla el Foro desde dentro, como quien pasea entre fragmentos,
sino desde arriba, con cierta distancia, casi como un plano arqueológico de la
Roma antigua. Desde ese mirador, el Foro no parece solo un yacimiento
arqueológico, sino el esqueleto todavía vivo de una civilización.
A
continuación nos propusimos visitar el monumento a Víctor Manuel II, y el llamado
el Altare della Patria. Para eso debimos bajar hasta el nivel de Piazza
Venecia y lo que allí encontramos fue una cola completamente expuesta al
sol que, una vez más, nos acobardó. De modo que nos limitamos a fotografiar el
monumento y a hacernos fotos de grupo con el monumento al fondo. La verdad es
que fue una de las visitas que lamento haberme perdido.
Visto desde
abajo, desde la zona por la que se accede para subir después hacia los
ascensores panorámicos, el monumento impresiona casi como una montaña
artificial de mármol blanco, una sucesión de escalinatas, terrazas, relieves,
columnas y estatuas que ascienden sobre la Piazza Venezia. En el centro
domina la estatua ecuestre de Víctor Manuel II; por debajo, el altar y la tumba
custodiada del Soldado Desconocido dan al conjunto un aire solemne, casi
ceremonial. Más arriba, la larga columnata curva y las cuadrigas de bronce
rematan el edificio como una corona. La terraza panorámica, situada en lo alto
del monumento, se alcanza mediante ascensores y ofrece vistas de 360 grados
sobre Roma de las que no pudimos disfrutar.
De vuelta al
bus panorámico, nuestra siguiente parada fue el Castel de Sant’Angelo. El
autobús nos paró en la otra orilla del Tíber, por lo que fuimos acercándonos al
castillo por el puente que lleva su nombre. Lo que tenemos delante es la mole
redonda y severa del antiguo mausoleo de Adriano, que se alza como una
fortaleza escoltada por los ángeles de piedra del puente, que suavizan la
dureza del castillo y convierten la llegada en una pequeña procesión.
Siempre que
veo Sant’Angelo no puedo dejar de recordar Torretriana. La analogía es
evidente. No obstante, cuando yo tenía responsabilidades en la construcción del
edificio, tuve ocasión de comentar este paralelismo con el eminente arquitecto
Sáenz de Oiza, autor del proyecto de Torretriana y me respondió con evasivas.
Me hice una foto en el puente con el Monumento al fondo y la publiqué en
Facebook con el título “Una inspiración” que, probablemente, nadie
entendió.
Nos volvimos
a subir al autobús para cumplir el último tramo que teníamos previsto, hasta Piazza
Barberini. Tras contemplar desde la acera la barroca Fontana dei
Tritoni, entramos en un local en la misma plaza, el Pepy’s Bar, para
tomar un refrigerio mientras hacíamos tiempo para comer. El restaurante, que
estaba a dos pasos de allí, se llamaba Il Giardino. Antica Osteria. Aunque
era un lugar agradable y bien iluminado, no dejó huella en nosotros por su
calidad culinaria, de la que no podría destacar nada en especial. Probamos
varias cosas, algunas de las cuales sugeridas con especial énfasis por una encargada
o metre algo vehemente, pero, como digo, nada para el recuerdo.
A las tres de
la tarde nos recogió Francesco junto al restaurante y, poco más de media hora
después estábamos en casa.
En mis
conversaciones con la compañía de los coches con conductor me habían indicado
que debíamos abonar los servicios a los conductores y que ellos admitían pagos
con tarjeta, pero preferían cobrar en metálico. De modo que todos llevamos
numerario suficiente para atender esta indicación y fuimos pagando por turnos,
con el fin de repartir del modo más equilibrado posible la carga entre todos
los viajeros. Eso fue lo que hicimos con el resto de los gastos, que anotábamos
en la cuenta de Tricount que compartimos entre todos y que nos ofrecería los
saldos recíprocos al final del viaje.
A lo largo de
la tarde, quien estuvo interesado pudo disfrutar, dentro de la fase de grupos
de la Copa Mundial de fútbol 2026, de la victoria del equipo nacional frente a
la peligrosa selección de Arabia Saudí, a la que le endosaron cuatro goles.
DIA 22 DE JUNIO
Nuestro
programa para este día tenía previsto empezar de buena mañana visitando otra de
las basílicas papales romanas, la de San Pablo Extramuros. A continuación, nos
desplazaríamos hasta Santa Maria Maggiore (ya visitada, debido a los
cambios de planes), desde donde iniciaríamos un itinerario que nos llevaría a
la iglesia de San Carlo alle Quatro Fontane, el palacio del Quirinal y
la iglesia Sant’Andrea al Quirinale, en cuyos alrededores almorzaríamos.
Después de comer, en pleno Centro Storico, visitaríamos la iglesia de
San Luis de los Franceses y sus tres caravaggios y daríamos un último paseo por
esta, la parte más densa y conocida de Roma, como despedida.
En su lugar,
como ya se ha contado, pasamos el día en casa protegidos de las inclemencias
del tiempo y aprovechando para hacer las maletas y dejar la casa limpia y
recogida, tal y como nos la entregaron. Estas son las normas de Homeexchange.
Hasta que a las siete de la tarde nos recogió Alessio, un colega de
Francesco, que nos llevó al centro de Roma para dar ese último paseo y para
cenar.
Le dije al
conductor que nos dejara en el Palacio del Quirinal, sede de la
presidencia de la república italiana, donde iniciamos un breve paseo, que nos
condujo por la Fontana de Trevi, Vía del Corso, Piazza Colonna, el
Panteón y, por fin, hasta Piazza Navona, donde disfrutamos con calma de
este singular enclave romano.
Hicimos breves
paradas en la explanada del Quirinal, la Fontana de Trevi y Piazza Colonna, que
se nos había quedado olvidada el otro día. A diferencia de otras plazas romanas
más monumentales o bulliciosas, esta transmite una elegancia sobria, casi
institucional, presidida por la imponente Columna de Marco Aurelio, que se
eleva hacia el cielo cubierta por un extraordinario relieve en espiral en el
que se narran las campañas militares del emperador. A su alrededor, los
palacios de severa arquitectura —entre ellos el Palazzo Chigi, sede de la
jefatura del gobierno italiano— recuerdan que aquí conviven el poder de la
antigua Roma y el del Estado moderno.
Al llegar a Piazza
Navona era esa hora en la que el día se despide y en la que una mezcla de la
luz de las farolas recién encendidas y la tenue luz solar que se apaga poco a
poco les otorga a las personas, los edificios y las cosas una pátina especial,
que es tan propicia para la fotografía.
Aunque no pudimos
visitar la iglesia de San Luis de los Franceses, dejo aquí los comentarios
detallados que contenía el programa del viaje de los tres caravaggios que hay
en su interior, en la esperanza de que me sean útiles en el próximo viaje a
Roma.
La «Vocación de San
Mateo»
La "Vocación de
san Mateo" es un famoso cuadro del pintor italiano Michelangelo Merisi
Caravaggio. La riqueza de su simbología y su propia temática expresan
realidades profundas de la doctrina cristiana.
La «Vocazione di San
Matteo» (1599-1600) del maestro italiano Michelangelo Merisi da Caravaggio se presta, tanto por las palabras
del Evangelio en las que se inspira, como por su rica simbología, a un
comentario de carácter teológico. Los contrastes cromáticos, típicos de la
técnica barroca del claroscuro, la expresividad de los rostros y la intensidad
de las miradas, y muchos otros pequeños detalles, captan inmediatamente la
atención del observador. Lo mismo puede decirse de algunos elementos u objetos
cuyo sentido no se comprende en un primer momento como, por ejemplo, el hecho
de que la ventana ciega emplazada en lo alto tenga grandes proporciones, siendo
que la luz que domina la escena no entra por ella.
Aspectos importantes
del cuadro:
Una primera mirada
permite distinguir en la parte inferior del cuadro -delimitada por la
proyección horizontal de la base de la ventana- un conjunto de siete personas.
En la parte superior es posible ver, de izquierda a derecha, una zona de
oscuridad, una ventana y la entrada de un rayo de luz.
En la parte inferior,
se observa un primer grupo de cinco personas reunidas en torno a una mesa de
recaudación de impuestos, lo que hace suponer que se dedican al oficio de
recaudación o, al menos, que colaboran en ese oficio. Están vestidos a la
usanza del siglo XV-XVI, es decir, de la época de Caravaggio. En el segundo
grupo, por contraste, se distinguen dos figuras vestidas con túnicas antiguas,
características de la época de Cristo. Se puede decir, por ello, que entre
ambos grupos de personas se simboliza una separación temporal. Desde el punto
de vista de la composición del cuadro, la línea que separa el presente del
pasado es la proyección de la mediana vertical de la ventana.
En el grupo de
recaudadores, llama la atención, en primer lugar, la variedad progresiva de
edades que caracteriza al conjunto: el muchacho de amarillo y rojo, casi un
niño, con mirada cándida e inocente; otro muchacho de negro y blanco, con
facciones y porte de adolescente; aquel de rojo y azul, que parece haber
alcanzado ya una cierta madurez; el hombre barbado y maduro del centro y, por
fin, el anciano, medio calvo y miope.
También llaman la
atención algunos objetos que portan o usan los recaudadores: un vistoso
sombrero de pluma blanca (el segundo está en la penumbra), una espada, una
bolsa de dinero atada al cinto, las monedas y el libro de cuentas sobre la mesa
y también unas gafas. Podría entenderse que son objetos más o menos
característicos del oficio.
Simbolismo:
No resulta, pues,
difícil ver un simbolismo en esa caracterización. Está ahí el recaudador en
todas la etapas de su oficio (desde el aprendizaje hasta la jubilación), y, si
se quiere, con visión más amplia, al hombre de todos los tiempos en las
diversas etapas de su vida. La mesa de recaudación y los objetos ya descritos
vienen a ser como una escenificación del mundo con sus elementos
característicos: la belleza y la vanidad, el poder y la fuerza, el dinero y el
afán de lucro, y un cierto afán de sabiduría autosuficiente. Es el lugar
habitual y característico de la vocación: el hombre inmerso en los afanes del
mundo.
Las dos figuras de la
derecha se encuentran ambas de pie. Cristo es claramente singularizado por la
aureola en la cabeza. Es de destacar que solo se encuentran iluminados su
rostro, parcialmente en la penumbra, y su mano derecha, completamente
extendida. La mirada transmite determinación, y la mano, fuertemente evocadora
por el gesto que asume, sugiere al mismo tiempo imperio y suavidad. Los pies,
apenas perceptibles en la penumbra, no se encuentran en la dirección del rostro
y de la mano, sino que están casi perpendiculares a ellos, en dirección de
salida, en consonancia con el texto evangélico: “Cuando se iba de allí, al
pasar vio Jesús a un hombre llamado Mateo”. El brazo izquierdo y la mano
izquierda son también apenas perceptibles en la penumbra, y la posición abierta
en que se encuentran sugiere invitación y acogida.
La segunda figura
–según opinión común- fue añadida posteriormente por el mismo Caravaggio. Cubre
casi completamente la figura de Cristo y puede afirmarse con seguridad que es
San Pedro, pues lleva en su mano el bastón propio del pastor, encargado de apacentar
el rebaño. Pedro, de hecho, fue constituido como primer sucesor del Buen Pastor
según el encargo que de Él recibió: «Apacienta mis ovejas» (cfr. Jn 21, 16). Su
posición tan cercana a Cristo lo confirma como su discípulo, lo mismo que el
gesto de su mano izquierda, que es como una réplica del gesto de la mano del
Maestro. Sus pies, como los de Cristo, se encuentran en movimiento, pero no en
dirección de salida, sino dirigidos hacia el interior de la escena.
La posición relativa,
la tonalidad de los colores, los gestos y los movimientos de las figuras de
Cristo y Pedro tienen una significación. El cuerpo de Pedro oculta casi
completamente a Cristo y deja ver tras de sí solo el rostro y la mano del
Maestro. Su apariencia opaca y cansina contrasta con el porte lleno de
juventud, imperio y energía de Cristo.
De ahí que la figura de
Pedro pueda interpretarse como símbolo de la Iglesia: transmite de generación
en generación los gestos y palabras de Cristo, aunque no siempre consiga
hacerlo con la fuerza y resplandor originales, debido a la frágil condición humana
de quienes la componen. La dirección en la que se dirige, hacia la mesa,
confirma su misión de estar en el mundo, en medio de los hombres; y el bastón
que lleva en su mano, su condición de peregrina a lo largo de la historia,
hasta el fin de los tiempos.
Elementos de la
parte superior:
La parte superior del
cuadro, en contraste con la escena representada en el inferior, es de una
absoluta sencillez y quietud. Está constituida por solo tres elementos: el rayo
de luz que entra desde la derecha, una ventana ciega y una zona de completa oscuridad.
La única señal de movimiento es el rayo de luz que entra en la escena, pero de
forma tan serena y estable que parece inmóvil. Es posible entender la relación
de estos tres elementos según el recurso del contraste, tan propio de la
pintura barroca: la ventana es la frontera entre luz y oscuridad.
Pero ahora, ¿no cabría
preguntarse si las partes del cuadro, con sentido y significación en sí mismas,
no forman un todo, una unidad de sentido como sucede en toda obra maestra? Por
ejemplo, ¿tiene alguna relación estrecha la ventana con la vocación de Mateo?
La respuesta es, obviamente, que sí. Hay una unidad de sentido y hay también
una clave de compresión de todo el cuadro. Esa clave es la mano extendida de
Cristo. Y ahora veremos por qué.
La vocación:
La mano de Cristo no se
encuentra en el centro geométrico del cuadro, sino en la encrucijada dramática
de la escena. Ahí convergen la línea que une la mirada de Cristo y del
recaudador sentado en el centro de la mesa; la proyección de la mediana
vertical de la ventana que, como ya se ha dicho, constituye como una frontera
temporal de la escena: el conjunto de recaudadores a la izquierda, en el
presente, Cristo y Pedro a la derecha, en el pasado; y, en tercer lugar, la
diagonal formada por el rayo de luz que parece regir la dirección de la mano de
Cristo.
El gesto de la mano de
Cristo es del todo singular y no pasa desapercibido a la mirada de quien conoce
el arte romano de la época y las estancias del Vaticano. Es una evocación a la
escena de la creación pintada por Michelangelo Buonaroti en el techo de
la capilla Sixtina. La mano derecha de Cristo es una réplica en espejo de la
mano izquierda de Adán. De ahí que pueda afirmarse que Cristo es representado
como un nuevo Adán: «Porque si por la caída de uno solo murieron todos, cuánto
más la gracia de Dios y el don que se da en la gracia de un solo hombre,
Jesucristo, sobreabundó para todos» (cfr. Rm 5, 15).
De ahí también que
quede de manifiesto que la vocación es una gracia íntimamente unida a la
creación de cada hombre, pues es lo que da sentido a su existencia. Pero, por
tratarse precisamente de la mano derecha de Cristo y porque Cristo no solo
tiene la naturaleza humana de Adán, sino que también la naturaleza divina de
Dios Padre, esa mano es imagen del poder omnipotente y de la voluntad del
Padre: el dedo de Dios.
Por otra parte, la
ventana ciega, opaca y sencilla, como ya se dijo, no cumple en la escena la
función de dejar entrar la luz. Su función es simbólica y muy importante, dadas
las dimensiones que tiene. Esconde en sí algo que habitualmente pasa desapercibido
e incluso es despreciado: la cruz. En el contexto del cuadro, bien puede
interpretarse como la cruz de Cristo. Situada en lo alto, justo sobre la mano
del Maestro, es la señal propia del cristiano y el lugar donde Cristo lleva a
plenitud su propia vocación: dar la vida por la salvación del mundo.
La cruz es el modo de
vida para el que ha recibido la vocación y quiere ser discípulo de Cristo: «Si
alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame»
(Mt 16,24). Es, por último, el medio para alcanzar la salvación y la
bienaventuranza, fines de la vocación cristiana. En ella murió no solo Cristo,
sino que también Pedro y Mateo. Ambos dieron con ello prueba de su fiel
condición de discípulos de Cristo y coronaron su propia vocación.
La cruz, situada en la
composición del cuadro como frontera entre luz y oscuridad, simboliza, pues, el
instrumento que permite dirimir la permanente oposición entre el bien y el mal,
la verdad y la mentira, y, en el caso de la vocación, entre la indecisión y el
paso de la fe.
¿Quién es Mateo?:
Por último, cabría
preguntarse quién de los cinco recaudadores es Mateo, pues desde el punto de
vista de la crítica contemporánea ha sido puesto en duda que sea el recaudador
barbado del centro, en el que naturalmente se centra la mirada del observador.
En primer lugar, hay un
elemento común que permite caracterizar a cada uno de los siete personajes que
componen la escena: la mirada. Se produce un intenso juego de miradas que
domina la silenciosa comunicación entre los personajes y que llena de tensión
dramática el instante. Los dos recaudadores de la izquierda la mantienen fija
sobre el dinero que está en la mesa, absolutamente absortos en ello y sin
percatarse siquiera de la presencia de Cristo y Pedro.
Simbolizan a aquella
porción de hombres que, sumergidos en lo material, están como incapacitados
para percibir la presencia y la existencia de Dios y de todo aquello que sea
espiritual. Los otros tres recaudadores, en cambio, la tienen fija en Cristo y
Pedro que, como dos misteriosos visitantes del pasado, han irrumpido de
improviso en la escena. Ellos también miran a los recaudadores. Hay, sin
embargo, solo un cruce de miradas que es singularizado explícitamente: la de
Cristo y la del recaudador del centro. Ambas se cruzan en la mano extendida de
Cristo.
En segundo lugar, no
parece ser casualidad que el gesto de la mano de Cristo, de Pedro y del
recaudador del centro, sean presentadas en trío: la mano de Cristo es la mano
de quien llama; la mano de Pedro, la de quien ya ha sido llamado; y la del
recaudador, la de quien está siendo llamado. Lleno de asombro y perplejidad, se
pregunta si es acaso él el llamado o si acaso su compañero sentado a su
derecha, en el extremo de la mesa.
En tercer lugar, en el
grupo de recaudadores hay solo dos rostros visibles casi completamente y
especialmente iluminados. El que más resplandece es el del pequeño de amarillo
y rojo, con sombrero de pluma blanca. No es posible establecer con seguridad el
origen de la fuente que lo ilumina. En el caso del recaudador del centro,
resulta claro que la luz que ilumina su rostro no procede de Cristo. Procede
del rayo de luz diagonal. Su rostro queda literalmente enmarcado por la
proyección de la parte superior e inferior de ese rayo, cuyo origen o fuente no
es posible ver.
De ahí que pueda
decirse que el recaudador del centro es precisamente Mateo. El suave rayo de
luz que llega a su rostro no es sino un símbolo de la gracia que procede de lo
alto, es decir, de Dios Padre. Dios Padre que está en los cielos, trascendente
al mundo, pero condescendiente con los hombres, ha sido considerado desde
siempre como la fuente invisible, inaccesible y misteriosa de toda gracia. El
tono inmutable y sereno del rayo de luz, que introduce equilibrio y armonía en
la escena, simboliza el origen atemporal de aquello que es anterior a la
vocación, es decir, la elección. Quien elige es Dios Padre.
El punto de confluencia
del suave rayo de luz, de la mirada y de la mano de Cristo, es también el
rostro del recaudador del centro. Cristo, secundando la voluntad del Padre,
actualiza en el tiempo la elección eterna, y llama: «Bendito sea el Dios y
Padre de nuestro Señor Jesucristo, (…), ya que en Él nos eligió antes de la
creación del mundo para que fuéramos santos y sin mancha en su presencia, por
el amor» (Ef 1,4).
La respuesta a la
vocación:
Ahora solo queda
esperar la respuesta libre de quien ha sido elegido y llamado. De quien todavía
tiene su mano derecha cerca del dinero. Es precisamente el instante que
inmortalizó Caravaggio.
A modo de conclusión,
una pregunta y una consideración: ¿acaso la intuición creadora del artista le
llevó a interpretar en su obra el instante preciso de la vocación de Mateo, no
solo en forma magistral desde el punto de vista estético, sino que también con
asombrosa profundidad teológica?… No lo sabemos. Lo que sí es claro es que la
«Vocazione di San Matteo» sigue estando ahí, en la capilla Contarelli de la
iglesia «San Luigi dei Francesi» a unos pasos de «Piazza Navona», en Roma,
causando admiración y asombro en quienes la contemplan.
Con todo, no puede
pasar desapercibido un detalle: la mesa representada en el cuadro, alrededor de
la que están reunidos los recaudadores, deja un espacio libre en el ángulo en
el que necesariamente se sitúa el observador. Ese vacío parece ser una invitación
para que el observador del siglo XVI, del siglo XXI y de cada época deje su
pasiva contemplación y entre en la escena como un personaje más… Y, a lo mejor,
se haga la decisiva pregunta, la más importante: la pregunta sobre su propia
vocación, ¿por qué y para qué estoy en este mundo?
La inspiración de
San Mateo
La inspiración de San Mateo (o San Mateo y el ángel), es una obra pictórica, que data del año
1602, del pintor impulsor de la Escuela barroca Michelangelo Merisi da Caravaggio (1571-1610) —más conocido como
Caravaggio—. Fue realizada para decorar la Capilla Contarelli de la Iglesia de San Luis de los Franceses, en Roma.
En febrero de 1602,
Caravaggio recibió un tercer encargo para la Capilla Contarelli de Giaccomo
Crescenzi, el ejecutor testamentario del difunto cardenal francés Mateo
Contarelli, tras haber pintado para este último La vocación de San Mateo y El Martirio de San Mateo. Contarelli, que había comprado la
capilla en 1565, murió en 1585, antes de poder ver terminada esta. La inspiración de San Mateo constituiría
la pala de altar —el altar de la capilla—, posición en la que anteriormente se
había previsto que se situase una escultura encargada a Jacopo Cobaert. Al
igual que las otras dos pinturas, a día de hoy continúa ubicada en dicha
capilla.
La composición es un
óleo sobre lienzo, de 295 x 195 cm, perteneciente al Barroco italiano. Como temas de la obra podrían señalarse la elección del
propio destino frente a la determinación establecida por la voluntad de Dios y
la capacidad humana para descubrir la verdad por sí mismo frente a su
revelación a través de la inspiración divina.
Características de
su pintura durante este período
Caravaggio logró una
simbiosis entre la sencillez y economía de sus pinturas previas y entre su
nueva y solemne gran maniera. Por
aquel momento, su estilo había evolucionado, acentuando los contrastes
lumínicos propios del tenebrismo, mediante los cuales los elementos
principales de la composición aparecen fuertemente iluminados —a través de una
luz dirigida— en detrimento del resto de la composición, sumida en la oscuridad
para evitar distracciones. Los fondos y los elementos ambientales, por tanto,
desaparecen en las tinieblas. Las figuras, en primer plano y no muy numerosas
por cada cuadro, se habían vuelto más plásticas y monumentales, además de
hallarse posicionadas en pronunciados escorzos. Se caracteriza por un trazado
preciso.
Sus figuras también se
caracterizan por el naturalismo, pues, lejos de representar a los personajes de
una forma idealizada, los plasma de una forma mucho más realista y humanizada,
tomando para ello, en muchas ocasiones, a modelos de la calle. Este supone un
nuevo intento por acercar la devoción religiosa al pueblo.
Primera versión
La primera versión de
la obra fue rechazada por considerarla indecorosa. Los sacerdotes argumentaron
que «Aquella figura con las piernas cruzadas y los pies torpemente descubiertos
a la vista de todos no tenía decoro ni aspecto de santo». Hacía parecer al
santo un analfabeto y lo desmitificaba. De esta no se conserva el ejemplar
original, pues fue destruido durante el bombardeo de Berlín (1945) en la
Segunda Guerra Mundial.
El ángel, de sexualidad
ambigua, aparecía con los pies sobre el suelo, apoyado en San Mateo mientras guiaba su mano para
ayudarle a escribir el Evangelio. El santo, remangado y vestido con ropas
excesivamente humildes, observaba las letras con sorpresa. Aparecía sentado con
las piernas cruzadas y descubiertas, mostrando los pies sucios y las varices de
las piernas.
San Mateo y el ángel (1602), primera versión (destruida)
La actitud y vestuario
con el que se representaba al santo, como un hombre pobre y sucio de baja
condición social, así como la excesiva cercanía entre él y el ángel, causaron
indignación y rechazo. Contrastaba la juventud incipiente del ángel con la cercana
vejez del santo. Sin duda, Caravaggio intentaba acercar las figuras bíblicas a
la gente humilde, insinuando que se habían parecido más a ellos que a ricos
clérigos.
Por otra parte,
mediante su gesto de sorpresa y su necesidad de guía para escribir, mostraba a
un San Mateo inepto forzado a escribir doctrinas que ni siquiera entiende y
sometido a su destino; visión que echaba por tierra la idea de libertad de
elección humana y libre albedrío que la Iglesia quería ofrecer. Para poder
comprender la controversia que suscitó la primera versión hay que tener
presente que, tras las turbulencias sufridas por la religión cristiana durante
la Reforma y Contrarreforma del siglo pasado y la escisión del cristianismo en
catolicismo y protestantismo; la Iglesia consideraba crucial remarcar la
libertad del individuo respecto a la determinación de la voluntad divina y de
la gracia.
La obra había sido
terminada de pagar en septiembre de 1602. Aunque fue rechazada para la capilla
por considerarla una versión vulgar y humanizadora, el banquero noble Vicenzo
Giustiniani se la llevó a su colección privada.
Segunda versión
A pesar del escándalo
suscitado, a Caravaggio se le dio una nueva oportunidad, y, a finales del 1602,
este ya había realizado una segunda versión de la obra, que fue aceptada.
Mostraba una visión del santo más digna, convencional y solemne.
La composición está
orientada en sentido ascendente. En esta versión, San Mateo, sin rastros de
analfabetismo y con mayor autonomía, escribe sin ayuda del ángel, que se limita
a dictarle enumerando los versículos con ayuda de las manos, que presentan, como
era frecuente en las obras del artista, gran expresividad. En concreto, como
revelan estas, se trata del segundo versículo, en el que Abraham da inicio a la
estirpe de Cristo. Además, el ángel se encuentra en las alturas, marcando su
autoridad y la diferencia de jerarquía entre ambos.
La actitud del santo
refleja seguridad y firmeza, y, su postura sobre la banqueta, muestra gran
inestabilidad y desequilibrio —que se oponen a la equilibrada corriente
clasicista—, acentuada por la posición de esta sobre el suelo. Los paños con
los que aparece vestido son de carácter más suntuoso y solemne y cubren su
cuerpo en mayor medida que los de su versión precedente. Asimismo, se le añade
una aureola sobre la cabeza para conferirle un carácter más sagrado y remarcar
su santidad y distanciarlo más del pueblo que en su versión anterior.
El Martirio de San
Mateo (Caravaggio)
El martirio de San
Mateo (italiano:
Martirio di San Matteo; 1599–1600) es una pintura del maestro italiano
Michelangelo Merisi da Caravaggio. Se encuentra en la capilla Contarelli de la
iglesia de la congregación francesa San Luigi dei Francesi, en Roma, donde
cuelga frente a La vocación de San Mateo y junto al retablo La
inspiración de San Mateo, ambas también de Caravaggio. Fue la primera de
las tres en instalarse en la capilla, en julio de 1600.
La pintura representa
el martirio de san Mateo Evangelista, autor del Evangelio de Mateo. Según la
tradición, el santo fue asesinado por orden del rey de Etiopía mientras
celebraba misa en el altar. El rey deseaba a su propia sobrina y había sido
reprendido por Mateo, ya que la muchacha era monja y, por tanto, esposa de
Cristo.
El cardenal Matthieu
Cointerel, fallecido varias décadas antes, había dejado estipulado con gran
claridad lo que debía mostrarse: el santo siendo asesinado por un soldado
enviado por el malvado rey, una arquitectura apropiada y una multitud de
testigos mostrando la emoción correspondiente. De un modo poco característico
en él, Caravaggio siguió estas indicaciones casi al pie de la letra.
El encargo causó a
Caravaggio considerables dificultades, ya que nunca había pintado un lienzo tan
grande ni con tantas figuras. Las radiografías revelan dos intentos distintos
de composición antes del que vemos hoy, con una evolución general hacia la simplificación
mediante la reducción del número de figuras y la reducción —hasta su
eliminación final— del elemento arquitectónico.
La figura del fondo,
aproximadamente hacia el centro-izquierda y detrás del asesino, es un
autorretrato de Caravaggio.
La tercera versión
eliminó la arquitectura, redujo el número de personajes y acercó la acción al
espectador; además, introdujo el dramático claroscuro que destaca los elementos
más importantes del tema, de forma muy parecida a como un foco resalta la acción
en un escenario, aunque siglos antes de que existieran los focos, y optó por
representar el momento de mayor dramatismo, cuando el asesino ha hundido su
espada en el santo caído. Esta es la versión que vemos hoy: la acción captada
en el instante de máxima tensión dramática, los testigos reducidos a papeles
secundarios por una luz intensamente selectiva, y el conjunto ofreciendo la
impresión de un momento visto como en el resplandor de un relámpago.
Hace falta
concentración para comprender que esta confusa refriega es una victoria de la
santidad. San Mateo parece echarse hacia atrás al caer ante la furia desnuda de
su verdugo, ardiente bajo el resplandor de la luz, que retira su espada del
pecho del santo. Alrededor del santo hay personajes que muestran emociones
diversas, como exigía Contarelli: terror, asombro y consternación, mientras un
ángel ofrece la palma del martirio. La confusión que puede producir la imagen
se aclara al comprender que Mateo no se encoge de miedo ante el golpe del
verdugo, sino que alarga la mano hacia el don del ángel. El agarre del verdugo
y el gesto del ángel son dos trayectorias paralelas. Solo Mateo participa de la
visitación angélica. Vista así, esta no es una pintura sobre un momento de
terror general, sino sobre la muerte de un santo entendida como el apretón de
manos personal de lo divino. La pintura y la escultura barrocas italianas de la
época representaban con frecuencia los martirios no como momentos de miedo, sino
como momentos de alegría o éxtasis, como sucede, por ejemplo, en la Santa
Bibiana de Bernini.
La etimología de la
palabra «mártir» procede del griego y significa «testigo». Ser mártir religioso
es dar testimonio de la fe a través del tormento y la tortura, hasta la muerte
si fuera necesario. El martirio de san Mateo (1599-1600) ilustra el
último capítulo de la vida del santo y es el último de los tres lienzos que
componen el retablo de la capilla Contarelli en San Luigi dei Francesi, en
Roma.
Antes de ser «llamado»
a su vocación, Mateo había sido recaudador de impuestos y, por tanto, pecador.
Pero Jesús lo encontró y le dijo: «Sígueme», momento que Caravaggio
captó en La vocación de san Mateo. Mateo dedicó su vida a seguir a
Cristo escribiendo su evangelio —tema de La inspiración de san Mateo, la
pieza central de la capilla— y predicando a otros para que siguieran a Cristo
como él lo había hecho. La Leyenda Dorada cuenta que Mateo estaba
bautizando conversos en un templo cuando fue ejecutado por un asesino armado
con una espada.
Esta pintura representa
sus últimos momentos en la tierra. Junto con La vocación…, es uno de los
lienzos más grandes de Caravaggio —323 cm × 343 cm— y una de sus composiciones
más complejas. La pintura contiene trece figuras, muchas más que cualquier otra
obra que hubiera realizado hasta ese momento.
Como ocurre en la
mayoría de las obras de Caravaggio —y cada vez más a lo largo de su carrera—,
el fondo no desempeña una función descriptiva importante. Aun así, entre la
penumbra podemos distinguir una columna del templo, una cruz medio oculta sobre
el mantel del altar y unos escalones de piedra debajo. La luz entra por el lado
izquierdo del lienzo, y algunos haces descienden desde la abertura celestial de
la que emerge el ángel. Solo Mateo tiene el rostro completamente iluminado; los
demás están parcialmente en sombra, como si él fuera el único enteramente puro.
Hoy día, la capilla es
un oscuro entrante que solo puede iluminarse introduciendo una moneda en una
caja. Pero cuando la pintura fue instalada, la luz constantemente vacilante de
las velas del altar se habría difundido sobre el cuadro y habría danzado sobre
su superficie, destacando las zonas iluminadas y sumiendo aún más en sombra las
partes oscuras. Mediante el uso del marrón y el negro para ocultar, y de una
luz direccional intensa para revelar —el claroscuro—, Caravaggio dirige nuestra
mirada y la conduce hacia aquello que quiere que veamos. Creo que la inclusión
de un fondo más detallado distraería de lo que sucede en primer plano. El
movimiento, la solidez y la profundidad se crean mediante la hábil disposición
de las figuras y la aplicación del tenebrismo.
Si observamos la
pintura de manera más estructural, la acción se concentra en una disposición
triangular de figuras situada ligeramente a la derecha del centro: Mateo abajo,
su asesino en medio y un ángel arriba, su emblema evangélico. Ambas figuras se
inclinan hacia el santo: una lleva una espada en la mano derecha; la otra, la
palma del martirio. Una cosa seguirá a la otra. Mediante un gesto sencillo pero
poderoso, el ángel atraviesa la frontera entre el mundo terrenal y el celestial
para entregar la palma a Mateo, un acto que solo nosotros y el santo podemos
ver.
El ángel se parece al
de La inspiración de san Mateo, la pintura central del altar, con una
cabeza de espesos rizos castaños y un cuerpo adolescente y musculoso. Su
postura recuerda a Miguel Ángel, retorciéndose y equilibrándose con una
elegancia casi propia del yoga. Esto contrasta de forma marcada con Mateo,
concebido en carne y hueso, con el cabello encanecido y el ceño fruncido. Su
cuerpo yace extendido en el suelo, formando una cruz de lado. Tradicionalmente,
las figuras bíblicas se idealizaban, pues la apariencia externa era reflejo de
la belleza del alma interior.
Su verdugo, en cambio,
es la esencia misma de la violencia y el odio. Con un rostro semejante a una
máscara y un cuerpo tenso, se muestra resuelto, decidido a cumplir su misión.
Este grupo de tres figuras constituye el punto focal de la pintura, una especie
de ojo de la tormenta alrededor del cual todo se mueve y hacia el que todo
parece ser arrastrado, pese a los esfuerzos de la mayoría de las figuras por
alejarse. Este es el instante exacto sobre el que gira la historia. La tensión
creada por el movimiento y la iluminación extrema resulta operística. Uno puede
imaginar una orquesta a punto de alcanzar un crescendo, o un telón a punto de
caer sobre la sangrienta conclusión mientras Mateo exhala su último aliento y
el asesino descarga el golpe con la espada en alto.
Como pendenciero
notorio, la visión de Caravaggio debió de derivar, al menos en parte, de lo que
había presenciado en peleas callejeras. La familiaridad, la honestidad y la
imperfección de sus personajes no están desprovistas de dignidad; muy al
contrario. A través de su realismo parecen decir: «Esta es la verdad, esto
es lo que ocurrió».
Los personajes que
rodean la acción central reaccionan en distintos estados de sobresalto y en
diversas fases de huida, pero ninguno consigue apartar los ojos del caos.
Recorriendo la pintura desde la parte superior izquierda, el primer rostro que
encontramos es el del propio Caravaggio. No era raro que los artistas se
incluyeran a sí mismos en pinturas religiosas, pero lo extraño es el papel que
desempeña aquí. Huye con sentimiento de culpa, pero al hacerlo mira por encima
del hombro con una expresión que parece decir: «Lo siento, no puedo ayudar».
Sin embargo, está desesperado por ver el desenlace del acontecimiento.
A continuación vemos la
nuca de un hombre, que retuerce el cuello y la cabeza para mirar hacia atrás,
en una postura que casi refleja la del artista. Dos hombres elegantemente
vestidos también huyen; uno, con sombrero emplumado, no puede resistirse a echar
una última mirada mientras nos da la espalda, ricamente adornada con brocados.
El otro tiene la mano sobre la empuñadura de la espada, y su rostro parece una
máscara de fascinación mórbida. Un anciano barbado observa con expresión de
sincera preocupación; las cejas se le levantan formando surcos en la frente, y
sus ojos se abren de incredulidad.
Delante de él, un joven
bien vestido parece más perturbado emocionalmente por lo que presencia: con las
manos extendidas, retrocede transmitiendo conmoción y un intento de recuperar
el equilibrio. Tres hombres con taparrabos están situados en la parte frontal
de la pintura, en las esquinas inferiores, casi separados de la escena. Se cree
que son conversos que esperan ser bautizados por Mateo. Ser bautizado es nacer
de nuevo, emerger regenerado de las aguas benditas. Hay un claro paralelismo
con el inminente renacimiento de Mateo en el cielo. Mientras los paganos serán
sumergidos en las oscuras aguas de abajo y resurgirán a la luz de Dios, Mateo
asciende hacia su apoteosis en el cielo.
El monaguillo de la
derecha reacciona con horror instintivo y, con la boca abierta en un grito
audible, es el único testigo que responde dando la alarma. Su juventud y su
genuina repulsión ante lo que ocurre subrayan la inesperada amenaza de muerte
que ha surgido de las sombras de este lugar consagrado. En un giro retorcido
pero significativo de los acontecimientos, la sangre santa se derramará en la
pila bautismal.
En los temas bíblicos
existe la presunción de que el espectador conoce la historia, de modo que la
tarea del pintor consiste en captar el aspecto emotivo que resonará con él e
inspirará piedad. Caravaggio cumple esta función básica y, además, permite una
lectura más profunda de la pintura, mostrando una comprensión de las Escrituras
junto con una comprensión absoluta de la humanidad de la historia. Juega con
elementos de lo terrenal y lo divino mediante la emoción y el simbolismo. En la
Roma de Caravaggio, la gente era herida y asesinada todos los días, y él
utiliza con perspicacia esta información cultural para transformar lo cotidiano
en algo profundo. Al incluir figuras vestidas a la moda contemporánea —los
hombres de la izquierda, con sus ricas telas y sombreros emplumados— nos
traslada a su mundo y emplea la violencia que tan bien conocía en beneficio de
su arte.
Desde una perspectiva
retrospectiva del desarrollo creativo, podemos ver cómo las visiones de
Caravaggio constituyen un claro avance hacia el Barroco: una atención a la
sensación y al drama con la que estamos bien familiarizados. Pero, en su
contexto, debió de ser una revelación para cualquiera que la viera. Las tres
pinturas realizadas para esta iglesia fueron significativas para Caravaggio,
tanto por tratarse de un encargo concluido con éxito como por la exposición que
dieron a su reputación y a su estilo, que resultaría enormemente influyente
para la siguiente generación de pintores.
A las nueve
teníamos reserva para cenar en el restaurante Ditirambo. Di con él
buscando mesa en uno de los restaurantes que nos había recomendado Sabrina, la
dueña de la casa. Al estar completo para ese día, la propia web te sugería
reservar en Ditirambo. Comprobé que la carta era la misma y reservé.
Dudamos entre si comer dentro o fuera y decidimos sentarnos en la terraza. No
nos arrepentimos. Fue la cena más agradable de nuestro viaje y, aunque solo
puedo recordar el plato que yo pedí, unos estupendos espaguetis con gambas,
todos alabamos la calidad culinaria del local y las dos o tres botellas de un
vino blanco seco de las que dimos cuenta.
Sobre las
once de la noche nos recogió Francesco en la misma puerta del restaurante y,
poco más de media hora después, estábamos en casa.
DÍA 23 DE JUNIO
A las ocho de
la mañana nos recogía Francesco para ir al aeropuerto. Cuando ya estaban las
maletas en el coche y al cumplir con los últimos y siempre puntillosos
requisitos de nuestra casera, cerrando la puerta, activando la alarma y
colocando las llaves en un frasco en un macizo de geranios del jardín, uno de
los gatos se coló sorpresivamente en la casa y desapareció en su interior.
Tuvimos que contar con los buenos oficios de María para encontrar al gato y
atraerlo hasta la puerta.
El día no
tuvo más historia que los 70 euros que le cobró Ryanair a Mati, por llevar en
la cabina una maleta que, siendo más corta y estrecha de las dimensiones
permitidas, tenía un fondo ligeramente superior. En fin, que dios confunda a
Ryanair por estas arbitrariedades.
Llegamos sin
otros contratiempos al aeropuerto de Sevilla, en cuyo parking teníamos
aparcados nuestros coches y, poco después ya estábamos en casa.
Y así terminó
nuestro viaje a Roma. Como habrás podido comprobar, improbable lector de estas
páginas, el mal tiempo reinante en Roma, en forma de un calor sofocante y una
humedad pegajosa ha condicionado en alto grado nuestro viaje, obligándonos a
realizar profundas alteraciones en nuestro ambicioso programa. A pesar de ello,
mi recuerdo será muy positivo. Hemos visitado lugares que nos han deslumbrado;
hemos disfrutado de un bonito alojamiento singular, con las comodidades
suficientes para el alojamiento de siete personas; nuestro servicio de
transporte ha funcionado de maravilla, en puntualidad y comodidad; y, en
general, nos han gustado, incluso mucho, los restaurantes que elegí, algunos a
ciegas.
Y,
probablemente, lo más importante, la convivencia entre nosotros ha resultado
muy gratificante. En un viaje, compartir techo con otros seis viajeros exige
paciencia, humor y delicadeza; pero cuando la convivencia fluye, la casa deja
de ser solo alojamiento y se convierte en una parte feliz del recuerdo del
viaje, como ha ocurrido en este caso. Creo que expreso el sentir de todos
cuando digo esto.
En
Zahara de los Atunes, a 5 de julio de 2026.
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