David Trueba es un tipo templado y escribe bien. Discreto ejemplar de la izquierda cultural bien pensante española. Escribe en El País y no creo que esté en riesgo su permanencia en este diario, tan pendiente de la ortodoxia de sus colaboradores. No obstante, sus opiniones suelen huir del sectarismo, de modo que un demócrata las puede leer con gusto, las comparta o no. Pero no siempre consigue eludir la perplejidad en la que a cualquiera le sumen algunos fenómenos sociales contemporáneos. Y, cuando esto ocurre, el autor corre a refugiarse en la tribu, al calor de las verdades compartidas, de la seguridad frente a la tribu enemiga.
Algo así podemos ver en su columna de hoy. A propósito de la crisis de Ceuta, navega sin riesgo a lo largo de la pieza enunciando principios y verdades descomprometidas, extraídas de un manual de humanismo más o menos naif, hasta que toca describir las distintas posiciones que se están manifestando en la realidad política española, hasta que se da de bruces con la realidad, podríamos decir. Porque algo habrá que hacer con los miles de inmigrantes ilegales que deambulan por las calles de Ceuta, ¿no?
Y es aquí, cuando tiene que coger el toro por los cuernos, cuando nuestro autor se descompone y enuncia la cuestión así:
“Serán los españoles los que tendrán que decidir si se apuntan a un lado o al otro de este mundo convulso, profundamente injusto e insolidario. Decidir definitivamente si los derechos humanos pueden convivir con la garantía de seguridad o es mejor renunciar a todo el papeleo y montar un ICE que acabe incluso, como el norteamericano, disparando a bocajarro a aquellos ciudadanos opuestos a la deriva fascista de su propio país.”
De modo que esos son los términos del problema: hacer compatibles los derechos humanos de los asaltantes de la frontera con la seguridad de los ceutíes (postura 1); o, meter a todos los asaltantes en un campo de concentración, disparando a quienes se opongan a la medida (postura 2).
Dejemos de lado por un momento lo absurdo de la disyuntiva: es evidente que la seguridad de los ceutíes (postura 1) puede llegar a exigir (yo creo que ya ha llegado ese momento) el confinamiento temporal de los asaltantes (postura 2), sin merma de sus derechos (postura 1) y sin necesidad de disparar a nadie. Esto de los disparos es una truculencia que introduce Trueba, para deshumanizar aún más a una de las posturas que describe, sin advertir quizás que así deteriora un poco más la sobriedad y seriedad de su planteamiento.
Pero, volvamos al meollo de la disyuntiva: hacer compatibles los derechos humanos y la seguridad. ¿Conoce Trueba a alguna persona, partido político u otro tipo de entidad, en España, que se niegue a aceptar ese principio, como inspirador de las soluciones que debieran adoptarse? Solo con algo de mala fe se puede afirmar, como aparentemente hace Trueba, que en España algunas personas, partidos u otras entidades estén sosteniendo que la solución de Ceuta pasa por meter en un campo de concentración a todos los inmigrantes ilegales y disparar a quienes se opongan a ello. Y mucho menos, que esa sea la postura de, poco más o menos, la mitad de la opinión política nacional.
Con todo, lo peor del artículo que estamos comentando es su pura inanidad. No es solo que haya caído estrepitosamente en la doctrina de las dos orillas, solo una de las cuales se encontraría en el lado correcto de la historia. Lo peor es que nada de lo que dice sirve para otra cosa que para ahondar en el enfrentamiento y la polarización, para elevar algunos centímetros más el muro que levantó Sánchez en su discurso inaugural de la presente legislatura.
Es evidente que la clave de bóveda del problema de Ceuta es hacer compatible la seguridad de los ceutíes con los derechos humanos de los asaltantes de la frontera (me gusta más enunciarlo en ese orden). La cuestión es cómo. Y, sobre eso, nada nos alumbra el autor, porque nada sabe. Porque nada sabemos.

Inanidad... es lo que lo define con exactitud
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