jueves, 9 de agosto de 2018

VICENTE, ARTESANO DE FIBRAS VEGETALES

En la oficina del Catastro ya nadie recordaba los cometidos de Vicente cuando acudía a diario a trabajar, a pesar de que aún no se habían jubilado algunos funcionarios que coincidieron con él en aquella época. Vicente era auxiliar de agrimensura de segunda, un residuo de unos tiempos en los que los peritos agrimensores del Catastro desplazaban pesados utensilios para sus mediciones de fincas y solares. Enormes trípodes metálicos, teodolitos, telescopios, brújulas y escuadras requerían el auxilio de subalternos que cargaran con la impedimenta.
El Reglamento del Personal del Catastro describía someramente el catálogo formal de las funciones que correspondían a las distintas y variopintas categorías. Los auxiliares de agrimensura debían asistir a los peritos agrimensores en todo aquello que requiriera el ejercicio de su función facultativa y que no fuera adecuado al rango y condición de éstos, como el transporte de utillaje, el desbroce de matojos, el acarreo de leña para encender candelas con las que calentarse en las frías mañanas invernales en el campo, y demás funciones análogas y propias de su función subalterna. La categoría de auxiliar de agrimensura se dividía en las subcategorías de auxiliar de primera y auxiliar de segunda, correspondiéndole a la primera la dirección de los equipos de auxiliares de segunda donde existieren y el auxilio a los peritos en tareas sencillas que no exigieren conocimientos específicos de cualquier oficio o profesión de los mencionados en el propio reglamento. A los auxiliares de segunda les quedaban, pues, las más bajas funciones del escalafón.
Vicente había conseguido el trabajo merced a su condición de huérfano de guerra. Empleos patrióticos, se llamaban entonces, emparentando con otras rancias instituciones, como los aprobados patrióticos de los exámenes de Estado y otras graduaciones, las concesiones patrióticas de establecimientos de venta de productos estancados y otras sinecuras, de las que disfrutaban las personas cuyo infortunio merecía la vitola de patriótico.
En sus primeros días en el Catastro enrolaron a Vicente en equipos que salían al campo a hacer mediciones y otros trabajos. Su complexión enclenque y su abulia para todo aquello que comportara un esfuerzo físico excesivo y, en general, para cualquier actividad que no estuviera comprendida en el exiguo catálogo de sus caprichos e inclinaciones, dieron al traste con una prometedora carrera de auxiliar de agrimensura de segunda.
Su completa falta de actitud y, probablemente también, de aptitud, para el trabajo lo fueron desplazando poco a poco en la oficina, hasta que acabó arrumbado en un oscuro rincón, bajo una escalera, uno de los pocos lugares exentos del Catastro, que no estaba colmado de carpetas y legajos amarillentos, llenos de polvo e insectos xilófagos, que devoraban sin descanso los lomos de madera de los libros de registro y matriculación de fincas.
Allí encontró cobijo los últimos años que acudió al trabajo (es un decir), allí creó su covachuela, a la que acudía a diario y en la que desarrolló, con la amplitud que le brindaba la incuria del Catastro, su actividad de artesano de fibras vegetales.



Vicente era un tipo no del todo desmañado. Su madre lo había llevado, cuando tenía doce años, a aprender un oficio a uno de los pequeños y artesanales talleres de muebles de la calle Feria. Recelaba de los perfiles cortantes de sierras y serruchos y de los filos acerados de formones, gubias y garlopas, herramientas imprescindibles todas ellas para trabajar los duros y leñosos troncos y tablones de la mueblería. De modo que, tras varias semanas en las que su única actividad fue puramente contemplativa, más allá de arrimar aquí o allí cualquier herramienta, pieza o enser que le demandaran los operarios del establecimiento, empezó a interesarse por las labores que se realizaban con toda clase de fibras vegetales. En aquella mueblería no sólo se hacían muebles, en el estricto sentido de la palabra, sino también, cestos, serones, persianas, esteras, y, aún en algunos muebles, como sillas, sillones y mecedoras, se empleaban las fibras vegetales por las que tempranamente se interesó Vicente. De modo que la materia prima del taller, no sólo era la madera, sino los juncos para la enea, el esparto, la fibra de palmito, la yuca y el mimbre.
Pronto pudo el aprendiz ejercer sus habilidades manuales y ser éstas apreciadas por el dueño del taller, que cada vez le confiaba manufacturas más complejas, llegando a ser, con el tiempo, el principal especialista en la materia, no sólo del taller, sino de toda la calle Feria.
Cuando empezó a trabajar en el Catastro, Vicente tenía mujer y tres hijos de edades muy seguidas. El nuevo empleo fijo logró apenas hilvanar un vínculo que se hallaba completamente descosido, merced al abandono y la indolencia de Vicente. Desde que cerró el taller en el que trabajaba, las cosas habían ido de mal en peor. Sus intentos de establecerse por su cuenta como artesano de fibras vegetales, como a él le gustaba llamarse, chocaron con su mente atolondrada, su indisciplina y, a qué negarlo, su falta absoluta de recursos, consistentes, apenas, en unos pocos útiles que había logrado rescatar de la ruina del taller. Se había hecho imprimir unas tarjetas con su nombre y, debajo, su profesión y domicilio. Cuando recogió el paquete de la imprenta dedicó una tarde a meter las tarjetas en los buzones. Decidió empezar por un barrio muy alejado de su casa, de modo que, tras dos días de intenso buzoneo, terminó con las tarjetas, sin que ninguna persona que residiera a menos de una hora a pié de su casa tuviera noticia de su existencia.
Las pocas personas que se presentaban en su casa demandando sus servicios eran enviadas por el dueño del bar en el que tomaba café cuando trabajaba en el taller y debían volver varias veces, ya que Vicente nunca estaba.
De este modo, la familia malvivía con los escasos recursos que allegaba la actividad de Vicente, apenas redondeados por los esporádicos trabajos de servicio doméstico de su mujer, interrumpidos en aquellos años, cada cierto tiempo, para el alumbramiento y crianza de su reiterada e inoportuna prole. Ella tenía decidido abandonarle a su suerte cuando el empleo patriótico detuvo temporalmente sus planes de huida, que Vicente ignoraba por completo, como ignoraba todas las circunstancias usuales y cotidianas de la familia, como las edades de sus hijos y aún, a veces, su propia mismidad, la necesidad de pagar trimestralmente la luz y el agua y tantas otras cosas sin las que resulta inconcebible la mera existencia.




En el Catastro, Vicente ideó la confección de unas octavillas para darse a conocer a las personas que acudían a aquella oficina a realizar toda clase de gestiones. Con ayuda de la máquina multicopista y de un ordenanza, la única persona que le prestaba algo de atención, aprovechó una solitaria tarde para imprimir más de mil octavillas en las que ofrecía sus servicios. El impreso era una abigarrada enumeración de las prestaciones ofrecidas y terminaba indicando las señas de contacto: “calle Lepanto, 23 (era la sede del Catastro), 3ª planta. Preguntar por Vicente.” Durante unos días, por la mañana, se colocó en la puerta del Catastro y entregó a todos los visitantes una octavilla, recitándoles su contenido e instándoles a leer atentamente el catálogo de servicios.
De vez en cuando se acercaba algún cliente a la covacha de Vicente para hacerle encargos o llevarle toda clase muebles y enseres para reparar. Vicente trabajaba en su casa y en aquel cubículo al que había sido confinado. La actividad que desarrollaba no era en sí molesta ni interfería el mostrenco discurrir de las funciones del Catastro. Su labor de trenzado y anudado de los materiales con los que trabajaba era callada y el polvo y los residuos que generaba su industria, lejos de desentonar en el ambiente general de aquella oficina calamitosa, se integraban perfectamente en ella.
Un buen día, Vicente cayó enfermo de unas extrañas fiebres que le hicieron delirar durante varios días. Su mujer asistió a aquel proceso con el fastidio que le producía tener que atender a cuatro seres inermes, en lugar de a los tres a los que estaba acostumbrada.
Sin atención ni medicación alguna, Vicente superó aquellas insidiosas fiebres que produjeron en él una transformación, sólo percibida por su mujer después de algún tiempo. Salía de casa todas las mañanas con el mismo horario anárquico de antes de la enfermedad, pero, en lugar de ir al Catastro, vagabundeaba día tras día por la ciudad sin rumbo fijo ni objetivo conocido y volvía a casa a comer, como si tal cosa. Su aspecto hosco y desaliñado empeoró algunos grados, pero, por lo demás, nada parecía haber cambiado. A fin de mes, su mujer le reclamó la parte correspondiente de su salario y él, encogiéndose de hombros, le dio unas pocas monedas que sacó del fondo del bolsillo del pantalón. La penuria de la familia degradó aún más la precaria estabilidad de sus integrantes, encarnando de modo ejemplar el adagio del perro flaco y las pulgas.
En el Catastro echaban en falta a Vicente, lo que no quiere decir que le echaran de menos. Nadie se extrañó verdaderamente de la ausencia de un individuo tan raro, pero sí causó sorpresa que no acudiera a fin de mes a recoger el sobre de la paga, ni enviara a nadie en su lugar. Esta circunstancia desencadenó una serie de reacciones que terminarían por ser fatales para el futuro de Vicente. La pesada maquinaria del Catastro no estaba preparada para digerir el extraño suceso de un sobre incobrado. Nadie sabía qué hacer con aquel sobre, que al cajero, a su superior, al superior de su superior y al jefe de la oficina les quemaba en las manos. La ausencia del interfecto en su puesto de trabajo pasaba a un segundo plano, suponiendo que alguna vez hubiera estado en alguno, cediendo en importancia a la enjundiosa cuestión del sobre declinado. Se formuló consulta al Ministerio, que impartió precisas instrucciones para proceder sobre los haberes rehusados y el renuente empleado. Transcurridos tres meses de inasistencia reiterada al puesto de trabajo, se dará de baja en la plantilla y en la nómina al remiso funcionario, sin más trámite, reintegrándose los haberes no cobrados al Tesoro, decía el oficio del Ministerio. Y así se hizo.
Su familia, compelida por necesidades más perentorias que las que animan el funcionamiento administrativo, no pudo esperar los tres meses reglamentarios. Dos semanas después de que Vicente le diera a su mujer unas monedas, en lugar de la paga, una mañana, ella cogió a los tres niños, los pocos enseres que valía la pena conservar y, con ayuda de un familiar, se marchó de aquella casa que no era suya, sin decir nada y para siempre.
Cuando, a la hora de comer, Vicente llegó a casa, incluso una mente distraída como la suya pudo percibir que se encontraba completamente vacía. Pero su cerebro apenas cedió espacio a las señales inequívocas de que su mujer se había ido para siempre y se había llevado a sus hijos. En cambio, le invadió un ligero fastidio cuando comprendió que no tenía nada que comer, ni modo de procurárselo por medios normales. Se sentó en la única silla que había quedado, una vieja silla de enea, cuyo dueño no la había ido a recoger, después de repararla, y se quedó mirando bobamente el paisaje desnudo que le rodeaba. Salió a la calle y vagó sin rumbo durante unas horas. Al caer la tarde, el hambre, el frío y la sed espolearon su espíritu. Con un hilo de esperanza decidió dirigirse hacia el viejo barrio de su infancia. Pasó por el portón abandonado del taller en el que cultivó las escasas dotes que le había otorgado la vida y, sin mucha conciencia de su itinerario, se encontró llamando al desportillado timbre de la Reme, una vieja prostituta de la Alameda que conocía desde sus tiempos de aprendiz. La Reme fue su iniciadora en el arte de amar, si puede llamarse así a los urgentes y sórdidos encuentros iniciáticos que tuvo con ella en su adolescencia, incitado por los obreros de la mueblería. La mujer le cogió cariño a ese chaval atolondrado que apenas hablaba y la trataba de usted y Vicente veía entonces en esa mujer de edad madura a la única persona en el mundo que le daba afecto, de modo que fue creándose entre ellos un vínculo que había durado hasta entonces. Durante toda su vida, Vicente la visitó de cuando en cuando, a veces, sólo para pasar un rato sentado a su lado, sin hablar necesariamente de nada, buscando sólo un calor que no tenía en ningún otro sitio. La Reme le ponía una cerveza fría y él se lo agradecía con una sonrisa o, eventualmente, reparándole algún desperfecto de la casa que estuviera dentro de sus cortas capacidades.
Cuando la Reme abrió la puerta él sólo le dijo que tenía hambre, necesidad que ella le satisfizo, no sin extrañeza, sin preguntarle nada.
A los pocos días de quedarse solo, cortaron la luz y el agua en su casa, lo que agudizó, si aún más cabía, el ambiente inhóspito de la estancia. Vagaba todo el día por la ciudad, acompañado de un cesto de mimbre que llevaba bajo el brazo, en el que parecía ocultar algo bajo un sucio trapo de cuadros que, en realidad, no ocultaba nada. Se movía con modales extravagantes que, aunque inofensivos, generaban inquietud en los viandantes. Pronto fue conocido en toda la ciudad y la gente murmuraba en voz baja al verlo: ahí va el aventado de Vicente. Entre sus chocantes ademanes repetía frecuentemente uno que le hizo famoso. Daba en acercarse peligrosamente a los vehículos que se encontraban en tránsito y, con un gesto incongruente, como de mirar a lo lejos, con la palma de la mano extendida sobre la frente, como un apache, caminaba junto a los coches que circulaban, observando tras los cristales a sus ocupantes, tal si buscara identificar entre ellos a un conocido. Se corrió por toda la ciudad la estúpida leyenda de que a su mujer la había atropellado un coche y que el pobre y perturbado Vicente buscaba desconsolado entre los automovilistas al homicida.
Al caer la noche, solía aparecer por casa de la Reme en busca de sustento, que ella le procuraba sin entusiasmo, pero sin queja. Los días de lluvia y muchos otros se quedaba a dormir en una sucia colchoneta de gomaespuma que la Reme le preparaba junto a su cama.


Uno de los días en que durmió en su propia casa lo despertaron a una hora desusada para él unos fuertes golpes en la puerta. Medio amodorrado, abrió la puerta y se encontró a tres personas, encabezadas por una de ellas que llevaba la voz cantante y escoltadas por una pareja de guardias armados. Quien parecía gobernar aquella operación se dirigió a Vicente por su nombre y le hizo saber, en una jerga ininteligible para él, que su casa había sido embargada por el recaudador, por impago contumaz de los impuestos municipales y del suministro de agua y electricidad de la vivienda. Comoquiera que la cara de Vicente denotaba que no había entendido nada de la jerigonza burocrática del agente recaudador, este decidió traducírselo a román paladino y le dijo que había perdido su casa por no pagar al Ayuntamiento la contribución, la luz y el agua, que se encontraban allí para lanzarlo de la vivienda y que tenía cinco minutos para recoger los enseres que quisiera conservar. Vicente comprendió el trance en que se encontraba con una rapidez inusitada, a lo que, sin duda, contribuyó la presencia de los dos guardias armados. Con un gesto de asentimiento entró de nuevo en la casa y salió a los pocos instantes, encontrando al grupo reunido a pocos metros de la puerta. Caminaba cabizbajo con ademán de derrota y abandono y, al pasar cerca del grupo se aproximó ladinamente al recaudador y, blandiendo una enorme gubia de veinte centímetros de hoja, que llevaba oculta en el cuerpo, se la hundió en el esternón con todas sus fuerzas.

miércoles, 27 de septiembre de 2017

EL AUTO DEL TSJC ES UN ERROR

El Auto cuyo enlace he puesto en una entrada anterior de este muro tiene toda la pinta de ser producto de un ataque de celos/soberbia de la instructora, que ha decidido convertirse en la ministra del Interior, de cara al 1-O. No entiendo lo que está pasando y no barrunto nada bueno. Lo que hace falta para encarar los peliagudos problemas de orden público que se avecinan de aquí al 1-O es una acción ejecutiva del dispositivo de seguridad y orden público del Estado en su conjunto, coordinado por la autoridad central, como ya prevé la Ley. Ni siquiera la fiscalía está concebida hoy en España para actuar como ha pretendido hacerlo el Fiscal Jefe de Cataluña.

¿Se imaginan ustedes una revuelta universitaria o laboral de alto voltaje, en la que el mantenimiento del orden público lo asuma un juez, con la excusa de que la revuelta está relacionada con un asunto que se ventila en su juzgado? Esto es un disparate y no va a acabar bien. Supongo que a la instructora le habrán encargado un casco, un chaleco antibalas y demás archiperres para estos días. O ¿qué pretende, parar el golpe desde su despacho y descansando el fin de semana? Cuando el domingo a primerísima hora las fuerzas de orden público se vean imposibilitadas de desalojar ciertos locales sin el empleo de la máxima violencia, ¿va a ser esta juez la que diga lo que hay que hacer?

jueves, 14 de noviembre de 2013

Los costes de la no España

Unión Progreso y Democracia ha promovido un documento elaborado por expertos del propio partido e independientes, con el objetivo común de analizar con rigor, coherencia y serenidad todas las contradicciones y falacias que se encuentran tras la estrategia secesionista, así como valorar los costes directos e indirectos (económicos, sociales, políticos, etc...) que este proceso tendría para todos los españoles, incluidos los propios ciudadanos catalanes y vascos.
El documento tiene una presentación de Fernando Sabater y un Epílogo de Mario Vargas Llosa.

El primero dice, entre otras cosas, que "La actual situación social y política ha adquirido en España una vocación suicida de la que muchos parecen desentenderse y otros, aún peor, alegrarse. Tras el franquismo, había en España un lógico deseo de diversidad, pero la oferta descentralizadora más ambiciosa de nuestra historia ha tenido el efecto contrario al buscado: todo lo local se ha visto glorificado mientras que cuanto se compartía con el resto del país se ha llegado a minimizar como una subordinación vergonzosa. Décadas de desidia han fragmentado la conciencia ciudadana, reforzando cualquier diferencia del vecino como legítima y deslegitimando en cambio cualquier reivindicación unitaria como reaccionaria. Se ha reinventado un nuevo avatar del clásico caciquismo hispano: un
bipartidismo “de facto” que se apoya en nacionalistas regionales a cambio de dejarles manos más o menos libres en su territorio. Así se explica la resignación ante prácticas neofranquistas como la inmersión lingüística que arrincona y proscribe la lengua común, o las concesiones en temarios escolares aberrantes de historia, geografía, etc… (...)



El derecho a decidir que reclaman los nacionalistas es en realidad el derecho a exigir que los demás no intervengan en las decisiones sobre lo que consideran territorio exclusivamente propio.
Este Informe que presentamos no se dirige a catalanes, vascos, gallegos o andaluces en exclusividad, sino a ellos y a todos los demás: es decir, no a los nativos sino a los ciudadanos españoles. Su objetivo es informar de quiénes somos políticamente, de lo que está en juego en los retos separatistas y de lo que podemos perder por desidia o indiferencia, pérdidas que van ciertamente más allá de los indudables perjuicios económicos. Queremos despertar una respuesta política al separatismo no sólo entre ciudadanos afincados en tal o cual región sino en todos los del país porque, aunque nadie puede decir con razón que España le roba, sí que tenemos buenas razones para alarmarnos de que quieren robarnos España."

Y Vargas Llosa termina su Epílogo diciendo que "El nacionalismo, los nacionalismos, si continúan creciendo en su seno como lo han hecho en los últimos años, destruirán una vez más en su historia el porvenir de España y la regresarán al subdesarrollo y al oscurantismo. Por eso, hay que combatirlos sin complejos y en nombre de la libertad."

El resumen ejecutivo del documento lo puedes descargar aquí y el vídeo de presentación lo puedes ver aquí.



jueves, 24 de octubre de 2013

Antes que catalanes, pobres

Así termina el artículo de Andrés Trapiello hoy en El País:

"Un día la visión se desvanecerá y muchos se preguntarán: ¿qué vimos? Y otros: ¿estábamos ciegos? Tal vez ese día alguien recuerde que, en efecto, antes de la independencia los catalanes pagaban más (como los madrileños, por cierto) no porque fuesen catalanes, sino porque eran más ricos; y que estos, los ricos, no se sabe cómo sugestionaron a tantas gentes haciéndoles creer durante un tiempo, hasta que llegó la independencia, que antes que pobres eran catalanes. Lo probable es que después de la independencia estos mismos vuelvan a ser lo que siempre fueron: antes que catalanes, pobres."




jueves, 22 de agosto de 2013

Un árabe crítico


Este vídeo es una parte de una entrevista con el historiador saudí Hani Naqshbandi, en la que sostiene una interesante posición acerca de la presencia árabe en España en la Edad Media. A continuación te transcribo la parte de la entrevista que aparece en el vídeo, tal y como resulta de los subtítulos.

- Entrevistador: Ha provocado usted un incendio con sus comentarios acerca de España, al decir que los árabes deberían disculparse por lo que usted describe como una 'ocupación'. Esto no ha sido bien recibido por mucha gente. ¿No cree haber exagerado?
Naqshbandi: Yo creo que nosotros mismos, los que nos oponemos a la ocupación, practicamos la misma clase de ocupación. Nosotros luchamos contra la ocupación francesa en el norte de África y contra las ocupaciones francesa y británica de Oriente Medio, pero practicamos el mismo tipo de ocupación en España.
- E: Sí, pero el Islam se propagó allí durante los tiempos obscuros de la Alta Edad Media en Europa.
- N: Todo lo escrito en nuestros libros de historia debería ser reexaminado. Presentamos a Europa como sumida en la obscuridad y en la ignorancia, hasta que aparecimos nosotros para iluminarlos. Mi querido amigo, en Arabia Saudí todavía hay poblaciones sin luz eléctrica. Adonde quiera que vas en el mundo árabe, en Egipto, en Marruecos, encuentras pueblos en los que la gente vive todavía como el hombre de las cavernas. En vista de eso, ¿Se puede decir que nosotros llevamos a Europa la civilización?
- E: ¿Y qué me dice de Córdoba?
N: Mire usted, yo he vivido en España. Bueno, realmente, no he vivido, pero he viajado allí muchas veces y he ido a sus museos y bibliotecas. ¿Qué clase de civilización dejaron los árabes en Andalucía? Usted ha mencionado Córdoba. Es una ciudad española. ¿Qué cosas nuevas dejaron los árabes allí? Incluso la mezquita omeya era una iglesia que ellos convirtieron en mezquita, justo como la mezquita omeya de Damasco, que aun hoy mantiene la apariencia de una iglesia.
- E: ¿De modo que enseñamos una historia equivocada en nuestras escuelas?
- N: Por supuesto.
- E: ¿Quién creó la imagen de Andalucía que tenemos en nuestra mente?
- N: Hay gente que me ataca porque su imagen de Andalucía es una Andalucía de canciones y mujeres bailando, o la Andalucía que ven en las telenovelas, con fuentes de agua, árboles y mujeres hermosas. Esto no es Andalucía. Andalucía fue una tragedia política real. No es verdad que los árabes difundieran el Islam allí. ¿Es España un país musulmán? Pero si es el cenit del catolicismo en el mundo.

jueves, 13 de junio de 2013

Monago pirómano


El Presidente de Extremadura, Sr. Monago anuncia la prodigiosa hazaña de la bajada del IRPF en su región. El Sr. Monago baja el IRPF presumiendo de unas finanzas públicas saneadas. Y omite que sus finanzas están saneadas, gracias a una sentencia que le ha reportado una financiación adicional de 300 millones de euros, un auténtico tesoro para la Hacienda Pública extremeña. En lugar de destinar el dinero a reducir endeudamiento, fomentar el crecimiento económico o reducir los recortes en los servicios públicos, ha decidido la simpática 'aznarada' de la reducción de impuestos.
Esta medida, además de otras muchas contraindicaciones, tiene la de darle combustible a los secesionistas catalanes que dirán, una vez más y ésta con razón, que sus impuestos sirven para que se los ahorren los extremeños.
El Sr. Monago es un pirómano irresponsable y los extremeños no deberían volver a votarlo

La TV pública griega desmantelada.

Si he entendido bien las informaciones, el Gobierno griego no se propone eliminar de plano y para siempre la televisión pública. Cuando empezó la crisis griega pudimos enterarnos de que las estaciones del metro de Atenas tenían aire acondicionado, el salario medio de sus trabajadores era de 60 mil euros/año y los controles de acceso a los viajeros brillaban por su ausencia. Si la televisión pública griega está (des)-organizada con similares criterios, y parece que sí, lo que ha hecho el Gobierno es lo único posible. Es decir, si se quiere acabar con un tinglado resistente, antes de que el tinglado acabe con uno, no hay otra manera de hacerlo y yo no puedo sino alabar la valentía política del gobierno griego.


Es más, creo que la inmensa mayoría de los ciudadanos, no sólo agradecen, sino que admiran esos gestos. Como admiré en su momento la decisión de Reagan de despedir al 85% de los controladores aéreos norteamericanos que se negaron a deponer su actitud huelguista salvaje y aprobar una ley que impedía su recolocación como controladores. Por cierto, se trata de una convicción o un sentimiento o las dos cosas, perfectamente compatible con mi convencional anti-reaganismo, del que con el tiempo y las lecturas de Paul Krugman estoy cada vez más convencido.
Un coraje como ese nunca lo vimos por estos pagos. Antes al contrario. Arias Salgado o Cascos, ya no lo recuerdo (quizá los dos), hicieron literalmente multimillonarios a los controladores aéreos y Blanco apenas les dio un pequeño ‘pellizco de monja’.
En fin, una vez desmantelado el monstruo insaciable es el momento de poner en marcha un adecuado canal de televisión pública. Eso es lo que, al parecer, se propone hacer el gobierno griego.
¿Cuántos momios como este hay en España, pendientes de un gobierno resuelto?

Una visión desde Europa



The Law of the European Union: An Introduction

Jun 10th 2013


Acabo de empezar un curso 'online' de la Universidad de Leiden (Holanda), una de las universidades más prestigiosas de Europa y casi del mundo. El curso es una introducción al Derecho de la Unión Europea y, el libro de texto que sirve de apoyo, hablando de la ampliación de la Comunidad Europea que se produjo entre 1981 y 1986, de Grecia, España y Portugal, se expresa así:

"1.4.1.2 Second expansion
The second expansion actually consists of two smaller expansions spread over five years, when Greece joined in 1981 and, after protracted periods of negotiation, Spain and Portugal entered in 1986. None of these three countries was economically in a strong position in relation to the existing member states, and in view of this all were regarded by some as unfit for membership. Politically, however, their acceptance into the Communities was regarded as crucial to support the recently emerged democracies in all of these countries after varying periods of authoritar- ian or dictatorial right-wing rule, and further, to act as a counter force to any possible violent reaction to the left and possible establishment of governments sympathetic to Moscow. The Cold War still featured prominently in this period of history; hence entry was facilitated sooner than economic conditions might have permitted."

Que viene a significar, más o menos, esto:

"La segunda ampliación consistió realmente en dos pequeñas ampliaciones distribuidas a lo largo de cinco años, cuando Grecia se integró en 1981 y, tras un prolongado periodo de negociación, entraron España y Portugal. Ninguno de estos tres países se encontraba en una robusta posición económica en relación con los estados miembros existentes y, en vista de ello, algunos consideraron que ninguno de ellos era apto para la integración. Políticamente, sin embargo, su aceptación en las Comunidades fue considerada como crucial, en apoyo de las recién estrenadas democracias en todos estos países, después de distintos períodos de dictaduras o gobiernos autoritarios de derechas y, además, para contrarrestar cualquier posible reacción violenta hacia la izquierda y el posible establecimiento de gobiernos con simpatías hacia Moscú. La Guerra Fría todavía estaba muy presente en este período de la historia; por ello, se facilitó la entrada antes de lo que las condiciones económicas hubieran permitido."


El libro en el que figura este párrafo fue editado en julio de 2012 por Oxford University Press, la editorial de la Universidad de Oxford. Es decir, se trata de una obra reciente y no es, a priori, un panfleto contra la Europa del Sur, sino un libro de Derecho.
Esto es lo que piensan, más o menos, los europeos de cómo éramos nosotros en 1986. De algún modo nos hicieron el favor de admitirnos en su club, pero casi, para que no cayéramos en manos soviéticas.
¿Tú crees que ha cambiado mucho su opinión sobre España, sobre todo en vista del desastre de paro, depresión económica y corrupción en el que estamos postrados?
Yo creo francamente que no. Por eso, la idea que tienen algunos, y el Gobierno de modo prominente, de que Europa no permitirá la secesión de Cataluña, me parece un profundo error. Si llega el caso, Europa preferirá mil veces a un socio más pequeño, rico, dinámico y más cercano geográficamente, que a un gigante menesteroso y pedigüeño, en el que se alancean toros todos los veranos en un espectáculo de sangre y moscas, cosa que, por cierto, ya casi no ocurre en Cataluña.

jueves, 23 de mayo de 2013

¡Váyase señor Rajoy!


Esta es la columna de Arcadi Espada en El Mundo de hoy. Elocuente y oportuna, 'as usual'. Más que en el detestable rencor de Aznar, me he fijado en la certera descripción de la situación del país que le sirve de contexto, de música de fondo. Esa es nuestra situación y haríamos mal si lo olvidamos.


miércoles, 24 de abril de 2013

'Last Night' (James Salter)

Antonio Muñoz Molina nos contaba hace unos días, en su habitual columna del cuadernillo cultural "Babelia", que hace dos semanas no había leído nada del escritor norteamericano James Salter, ni recordaba siquiera haber oído o leído su nombre y que hoy estaba intoxicado por su literatura.




Tengo en los estantes de mi estudio la novela 'Juego y Distracción' (A Sport And A Pastime) de James Salter y compruebo, con un cierto orgullo tonto, que la compré en Madrid el 7 de mayo de 2002. Dice Muñoz Molina sobre esta novela: "En A Sport And A Pastime Salter logra lo que parece imposible, y de hecho casi siempre lo es: la dulzura explícita del sexo limpia de grosería, la sugestión de lo secreto y lo sagrado que ocurre entre dos amantes en el interior de una habitación, lo que es indecible y también irresistible, la mutua entrega y la desvergüenza amparadas tras la veladura del pudor."
Pero, lo que más parece haber impresionado a Muñoz Molina ha sido el relato 'La Última Noche', incluido en un volumen de narraciones breves del mismo nombre. Dice Muñoz Molina sobre este relato: "Un amigo me escribió para recomendarme su libro de cuentos Last Night, y para alertarme sobre el último, el titulado así. Tiene unas pocas páginas y se lee en menos de diez minutos. Corta el aliento desde el principio y en la última página depara una descarga eléctrica. Terminé de leerlo y volví al principio, a las primeras líneas de transparencia engañosa. En esas pocas páginas, en una trama simple que se desliza hacia lo vergonzoso y lo atroz, Salter trata de frente la muerte, el deseo y la traición. ‘Last Night’ es ese cuento que uno da a leer de inmediato a la persona querida, urgiéndole a dejar de lado cualquier otra tarea; el cuento que si uno lo lee estando a solas quiere leer por teléfono a alguien, o tiene la tentación de contar en voz alta, como contaba de niño en el patio de la escuela una película a la mañana siguiente de verla."




Te ofrezco, a continuación, una traducción personal de la versión de este relato, extraída de la revista cultural norteamericana 'The New Yorker' donde se publicó por primera vez. Te advierto que no he sido capaz de averiguar el sentido y significado de un par de expresiones, pero creo que su traducción, si no es correcta, no altera el sentido general del relato.


LA ÚLTIMA NOCHE
James Salter


Walter Such era traductor. Le gustaba escribir con una pluma verde que tenía la costumbre de levantar en el aire después de cada frase, casi como si su mano fuera un dispositivo mecánico. Podía recitar versos de Blok en ruso y luego ofrecer la traducción de Rilke al alemán, remarcando su belleza. Era un hombre sociable pero también picajoso, a veces. Tartamudeaba un poco al empezar a hablar y disfrutaba de la vida que llevaba con su esposa. Pero Marit, su esposa, estaba enferma.
Estaba sentado junto a Susanna, una amiga de la familia, cuando escucharon a Marit por las escaleras. Finalmente, entró en la habitación. Llevaba un vestido de seda rojo que siempre le había dado un aire seductor, con sus pechos sueltos y el pelo liso y oscuro. En las cestas blancas de metal de su armario se apilaban sus vestidos doblados, la ropa interior, las cosas de deporte y los camisones, mientras los zapatos estaban desordenados en el suelo. Cosas que no necesitaría nunca más. También joyas, pulseras y collares y una caja lacada con todos sus anillos. Contempló con detalle la caja y cogió varios. No quería que sus dedos huesudos estuvieran ahora desnudos.
— Tienes un aspecto magnífico, le dijo su marido.
— Me siento como si fuera mi primera cita o algo parecido. ¿Estáis tomando algo?
— Sí.
— Creo que tomaré algo yo también. Con mucho hielo.
Y se sentó.
— No tengo fuerzas, dijo. Esto es lo más difícil. Se han ido y ya no volverán. Me cuesta levantarme y caminar, incluso.
— Debe de ser muy difícil, dijo Susanna.
— No te lo puedes ni imaginar.
Walter regresó con la bebida y se la dio a su esposa.
— Bueno, días felices, dijo. Luego, como si de repente recordara algo, les sonrió. Era una sonrisa aterradora, que parecía significar todo lo contrario.
Esa fue la noche que habían escogido. En la nevera, sobre un pequeño plato, estaba la jeringa. Su médico le había proporcionado el contenido. Pero, si ella pudiera, celebrarían antes una cena de despedida. No debe ser sólo para ellos dos, había dicho Marit. O había sido su instinto. Se lo había pedido a Susanna, en vez de a alguien más cercano y doliente, como la hermana de Marit, por ejemplo, con quien, de todos modos, no se llevaba muy bien, o amigos de más edad. Susanna era más joven. Tenía la cara ancha y la frente alta y pura. Parecía la hija de un profesor o de un banquero, ligeramente inestable. 'Dirty girl', había comentado sobre ella uno de sus amigos, con un cierto grado de admiración.
Susanna llevaba una falda corta y estaba ya un poco nerviosa. Resultaba difícil pretender que aquello fuera simplemente una cena normal. Sería difícil mostrarse espontanea y ser ella misma a la vez. Había llegado al caer la tarde. La casa, con sus ventanas iluminadas — todas las habitaciones parecían estar encendidas —, destacaba entre todas las demás como un lugar en el que algo festivo estaba sucediendo.
Marit miraba los objetos de la habitación, las fotografías con sus marcos de plata, las lámparas, los grandes libros sobre surrealismo, diseño de paisajes, o casas, con los que tantas veces se había sentado a leer, las sillas, incluso la alfombra con su hermoso color desvaído. Lo miraba todo como si le prestara atención, cuando, en realidad, ya no significaba nada para ella. El pelo largo y la frescura de Susanna sí tenían un significado, aunque no estaba segura de cuál.
Pensó que quería llevarse consigo ciertos recuerdos, recuerdos de antes de Walter, de cuando ella era una niña. Un hogar, pero no éste, sino el original, con su cama de la infancia, la ventana en el rellano desde la que había contemplado las turbulentas tormentas de los inviernos de hace mucho tiempo, su padre agachándose para decirle buenas noches, la luz de la lámpara bajo la que su madre se sostenía la muñeca, tratando de ponerse una pulsera.
Ese hogar. El resto era menos denso. El resto era una larga novela, como si fuera su vida; pasabas por ella sin darte cuenta y entonces una mañana terminó: había manchas de sangre.
— He tomado muchas, reflexiona Marit.
— ¿Copas?, preguntó Susanna.
— Sí.
— Durante años, quieres decir.
— Sí, durante años. ¿Qué hora será?
— Las ocho menos cuarto, dijo su marido.
— ¿Vamos?
— Cuando quieras, dijo. No tenemos prisa.
— No quiero prisas.
De hecho, ella tenía pocas ganas de ir. Era dar un paso más, ir acercándose.
— ¿A qué hora has reservado?, preguntó ella.
— Podemos ir cuando queramos.
— Vamos, entonces.
Fue en el útero y había viajado desde allí a los pulmones. Al final, ella lo había aceptado. De la piel pálida del escote cuadrado de su vestido parecía emanar la oscuridad. Ella dejó de parecerse a sí misma. Lo que ella había sido desapareció; se había desprendido de ella. El cambio daba miedo, especialmente en su rostro. Tenía una cara como para el más allá, para aquellos con los que se reuniría. Era difícil para Walter recordar cómo había sido ella. Ahora era una mujer diferente de aquella a quien le había hecho la promesa solemne de auxiliarla cuando sea llegado el momento.
Susanna se sentó en la parte posterior del coche. Las calles estaban vacías. Iban dejando atrás casas que mostraban una luz cambiante, azulada en la planta baja. Marit iba sentada en silencio. Sintió tristeza y también una cierta confusión. Trataba de imaginar todo mañana, sin su presencia aquí para verlo. No podía imaginarlo. Era difícil pensar que el mundo todavía estaría allí.
En el hotel, esperaron cerca del ruidoso bar. Hombres sin chaquetas, chicas que hablan o ríen ruidosamente, chicas que no saben nada. En las paredes había grandes carteles franceses, antiguas litografías, en marcos oscurecidos.
— No reconozco a nadie, comentó Marit. Por suerte, añadió.
Walter había visto a una pareja muy habladora a la que conocían, los Apthalls.
— No mires, dijo. No nos han visto. Pediré una mesa en el otro salón.
— ¿No nos vieron?, preguntó Marit mientras estaban sentados. No tengo ganas de hablar con nadie.
— Está bien, dijo.
El camarero llevaba un delantal blanco y una corbata de lazo negro. Les dio el menú y una carta de vinos.
— ¿Desean algo de beber?
— Sí, por supuesto, dijo Walter. Estaba mirando la lista de precios que era, más o menos, ascendente. Había un Cheval Blanc por quinientos setenta y cinco dólares. ¿Tienen este Cheval Blanc?
— ¿Cuál, el de 1989? preguntó el camarero.
— Tráiganos una botella.
— ¿Qué es el Cheval Blanc? ¿Es un blanco? preguntó Susanna cuándo se fue el camarero.
— No, es tinto, dijo Walter.
— ¿Sabes? Has sido muy amable acompañándonos esta noche, le dijo Marit a Susanna. Es una noche especial.
— Sí.
— Generalmente no pedimos un vino tan bueno, explicó.
Los dos habían comido a menudo aquí, generalmente cerca del bar, con sus relucientes filas de botellas, pero nunca habían pedido un vino de más de treinta y cinco dólares.
Walter le preguntó que cómo se sentía mientras esperaban. ¿Te sientes bien?
— No sé cómo expresar cómo me siento. Estoy tomando morfina, le dijo Marit a Susanna. Está haciendo su efecto, pero... se detuvo. Hay un montón de cosas que no deberían pasarte, dijo.
La cena fue tranquila. Era difícil hablar con indiferencia. Tomaron dos botellas de vino. Aunque Walter nunca se había sentido tan bien bebiendo, no podía dejar de pensar. Sirvió el final de la segunda botella en la copa de Susanna.
— No, tómalo tú, dijo ella. Realmente es para ti.
— Él ha bebido suficiente, dijo Marit. Era bueno, ¿verdad?
— Fabulosamente bueno.
— Hace que te des cuenta que hay cosas... oh, no sé, cosas diferentes. Sería estupendo tener siempre la posibilidad de beber algo así. Lo dijo de un modo enormemente conmovedor.
Todos se sintieron mejor. Estuvieron sentados durante un rato y finalmente se marcharon, mientas el bar permanecía bullicioso.
Marit miraba por la ventana del coche. Estaba cansada. Iban hacia casa. El viento movía las inquietantes copas de los árboles. En el cielo nocturno había nubes azules que brillaban como si fuera de día.
— Es una noche muy hermosa, ¿verdad?, dijo Marit. Me llama la atención. ¿Estoy equivocada?
— No. Walter carraspeó. Es preciosa.
— ¿Te has dado cuenta? le preguntó a Susanna. Estoy seguro de que sí. ¿Cuántos años tienes? Se me ha olvidado.
— Veintinueve.
— Veintinueve, dijo Marit y se calló por un instante. Nunca tuvimos hijos, dijo. ¿Te gustaría tener hijos?
— Oh, a veces, supongo. No lo he pensado demasiado. Es una de esas cosas que tienes que estar casada para pensarlo de verdad.
— Te casarás.
— Sí, tal vez.
— Podrías casarse en un minuto, dijo Marit.
Al llegar a casa se sintió cansada. Se sentaron juntos en el salón como si vinieran de una gran fiesta, pero no estaban preparados para acostarse todavía. Walter estaba pensando en lo que vendría, en la luz que se enciende en el refrigerador cuando se abre la puerta. La aguja de la jeringa era aguda, la punta de acero inoxidable está cortada en un ángulo, como una navaja de afeitar. Iba a tener que insertarla en su vena. Trató de no obsesionarse. Ya se las arreglaría. Pero se estaba poniendo cada vez más nervioso.
— Me acuerdo de mi madre, dijo Marit. Quería decirme cosas al final, las cosas que habían sucedido cuando yo era joven. Rae Mahin se había acostado con Teddy Hudner. Anne Herring, también. Ambas eran mujeres casadas. Teddy Hudner no estaba casado. Trabajó en publicidad y siempre estaba jugando al golf. Mi madre siguió así, contándome quién se acostó con quién. Eso es lo que quería decirme, por fin. Por supuesto, Rae Mahin era alguien en ese momento.
Entonces dijo Marit: creo que me voy a subir.
Se puso de pie. Estoy bien, le dijo a su marido. No subas todavía. Buenas noches, Susanna.
Cuando se quedaron solos, dijo Susanna: me tengo que ir.
— No, por favor, no te vayas. Quédate aquí.
Ella negó con la cabeza. No puedo, dijo.
— Por favor, tienes que quedarte. Voy a subir dentro de poco, pero cuando baje no puedo estar solo. Por favor.
Se hizo el silencio.
— Susanna.
Se sentaron en silencio.
— Sé que has pensado todo esto, dijo ella.
— Sí, por supuesto.
Después de unos minutos, Walter miró el reloj; empezó a decir algo, pero se calló. Un poco más tarde lo miró de nuevo y entonces salió de la habitación.
La cocina tenía forma de L, era anticuada y no parecía obedecer a un orden previamente planeado. Tenía un fregadero de esmalte blanco y muebles de madera con muchas capas de pintura. Ellos habían hecho conservas aquí en los veranos, cuando vendían cajas de fresas en las escaleras que bajan al andén del tren en la ciudad, inolvidables fresas, cuyo aroma parece perfume. Todavía había algunos frascos. Fue a la nevera y abrió la puerta.
Allí estaba, con esas pequeñas líneas grabadas en el lateral. Había diez cc. Trató de pensar en una manera de no seguir adelante. Si se le cayera la jeringa, se rompería y, de alguna manera, diría que su mano había empezado a temblar. . .
Cogió el plato y lo cubrió con un paño de cocina. Era peor de esa manera. Lo dejó y cogió la jeringa, sosteniéndola de diversas maneras y, por último, casi oculta contra su pierna. Se sentía ligero como una hoja de papel, carente de fuerza.
Marit se había preparado. Se había maquillado los ojos y se había puesto un camisón de satén de color marfil, con la espalda al aire. Será el vestido que llevará en el otro mundo. Había hecho un esfuerzo para creer en el más allá. La travesía sería en barco, algo que los antiguos conocían con certeza. Sobre sus clavículas se posaban las hebras de un collar de plata. Estaba muy cansada. El vino había hecho su efecto, pero no estaba tranquila.
En la puerta, Walter estaba de pie, como pidiendo permiso. Ella lo miró sin decir nada. Lo tenía en la mano, ella lo vio. Su corazón se le salía por el nerviosismo, pero estaba decidida a no demostrarlo.
— Bueno, querido, dijo.
Él trató de responder. Notó el fresco carmín de sus labios; su boca parecía oscura. Había algunas fotografías que ella había dispuesto a su alrededor en la cama.
— Ven.
— No, ahora vuelvo, dijo con apenas un hilo de voz.
Corrió escaleras abajo. Iba a fallar; tenía que tomarse una copa. El salón estaba vacío. Susanna se había ido. Nunca se había sentido tan completamente solo. Entró en la cocina y se sirvió un poco de vodka, inodoro y claro, en un vaso y se lo bebió rápidamente. Subió lentamente las escaleras y se sentó en la cama junto a su esposa. Estaba ebrio por el vodka. Sintió que no era él mismo.
— Walter, dijo ella.
— ¿Sí?
— Es lo correcto.
Ella cogió su mano. De alguna manera, lo asustó, como si le hiciera un ruego de que partiera con ella.
— ¿Sabes?, dijo sin alterar la voz. Te he amado tanto como no he amado a nadie en el mundo. Sueno sensiblera, ya lo sé.
— Ah, Marit! -exclamó-.
— ¿Me amas?
Su estómago se revolvía en la desesperación.
— Sí -dijo-. ¡Sí!
— Cuídate.
— Sí.
Él tenía buena salud, pero le sobraba algo de peso, aunque… Su entendido estómago redondeado estaba cubierto con una capa de suave pelo negro y tenía las manos y las uñas bien cuidadas.
Ella se inclinó hacia delante, lo abrazó y lo besó. Por un instante no sintió miedo. Volvería a vivir, sería de nuevo joven como antes lo había sido. Extendió el brazo. En el interior eran visibles dos venas de color cárdeno. Él comenzó a presionarlas para que se mostraran claramente. Ella giró la cabeza.
— ¿Te acuerdas, le dijo, cuando estaba trabajando en Bates y nos encontramos por primera vez? Lo supe de inmediato.
La aguja se tambaleaba mientras él intentaba colocarla.
— Tuve suerte, dijo. Tuve mucha suerte.
Él apenas respiraba. Esperó, pero ella no dijo nada más. Apenas podía creer lo que estaba haciendo, empujó la aguja -era fácil- e inyectó lentamente su contenido. La oyó suspirar. Sus ojos se cerraron mientras se echaba hacia atrás. Su rostro estaba tranquilo. Ella había embarcado. Dios mío, pensó, Dios mío. La había conocido a sus veinte años, con sus piernas largas y su inocencia. Ahora él la había deslizado bajo el flujo del tiempo, como en un entierro en el mar. Su mano aún estaba caliente. La tomó y se la llevó a los labios. Tiró de la colcha para cubrir sus piernas. La casa estaba increíblemente tranquila. Había caído en el silencio, el silencio de un acto fatal. No se podía oír ni el viento.
Bajó lentamente las escaleras. Una sensación de alivio se apoderó de él, un  alivio enorme y triste. Fuera, monumentales nubes azules llenaban la noche. Estuvo de pie durante unos minutos y entonces vio, sentada en su coche, inmóvil, a Susanna. Ella bajó la ventanilla mientras él se acercaba.
— No te fuiste, dijo.
— No podía quedarme allí.
— Se acabó, dijo. Ven. Voy a tomar una copa.
Estaba de pie en la cocina con él, con los brazos cruzados y una mano en cada codo.
— No fue terrible, dijo. Es sólo que me siento. . . No se.
Bebieron de pie.
— ¿De verdad quiso ella que viniera?, dijo Susanna.
— Querida, ella lo sugirió. No sabía nada.
— Me pregunto.
— Créeme. Nada.
Soltó la copa.
— No, bebe, dijo él. Te ayudará.
— Me siento rara.
— ¿Rara? ¿No te sientes mal?
— No lo sé.
— No estás mal. Ven aquí conmigo. Espera, quiero un poco de agua.
Estaba concentrada respirando acompasadamente.
— Será mejor que te acuestes un rato, dijo él.
— No, estoy bien.
— Ven.
La condujo, con su falda corta y su blusa, a una habitación a un lado de la puerta principal y la hizo sentarse en la cama. Ella respiraba lentamente.
— Susanna.
— Sí.
— Te necesito.
Ella apenas lo escuchaba. Tenía la cabeza echada hacia atrás, como una mujer implorando a Dios.
— No debería haber bebido tanto, murmuró.
Él empezó a desabrocharle la blusa.
— No, dijo ella, tratando de abrochársela.
Le desabrochó el sujetador y surgieron sus espléndidos pechos. No podía apartar los ojos de ellos. Los besó apasionadamente. Ella sintió que se movía hacia un lado mientras él tiraba hacia abajo la cubierta de sábanas blancas. Trató de hablar, pero él puso su mano sobre su boca y la empujó hacia abajo. La devoró, estremeciéndose como si temiera que todo se acabara y la abrazó con fuerza. Cayeron en un profundo sueño.
Por la mañana temprano la luz era clara e intensamente brillante. La casa, enhiesta en el camino, parecía aún más blanca. Destacaba entre sus vecinas, más pura y serena. A su lado, la sombra de un alto olmo se trazaba sobre ella tan finamente como dibujada con un lápiz. Las cortinas pálidas colgaban inmóviles. Nada se movía en su interior. En la parte de atrás estaba el amplio jardín de césped, en el que Susana paseaba distraídamente el día en el que él la había visto por primera vez, alta y bien proporcionada. Era una visión que él no había sido capaz de borrar, aunque el resto había comenzado más tarde, cuando ella vino a rehacer el jardín con Marit.
Se sentaron a la mesa a tomar un café. Eran cómplices y, a pesar de haber compartido la cama hasta hace un instante, no se sentían cerca el uno del otro. Walter la miraba embelesado. Sin maquillaje era aún más atractiva. Su largo cabello no estaba peinado. Parecía muy accesible. Había algunas llamadas que hacer, pero él no estaba pensando en ello. Todavía era demasiado pronto. Estaba pensando más allá de ese día. En las mañanas venideras. Al principio casi no oyó el sonido detrás de él. Fue un paso y luego, lentamente, otro. Susanna se quedó blanca al ver a Marit tambaleándose por las escaleras. El maquillaje en su rostro estaba pasado y su pintura de labios oscura mostraba grietas. Él se la quedó mirando atónito.
— Algo salió mal, dijo.
— ¿Te encuentras bien? -preguntó él estúpidamente.
— No, debes haberlo hecho mal.
— Oh, Dios, murmuró Walter.
Se sentó débilmente en el primer escalón. No pareció darse cuenta de la presencia de Susanna.
— Pensé que ibas a ayudarme, le dijo, y empezó a llorar.
— No lo entiendo, dijo él.
— Todo salió mal, repetía Marit. 
Luego, dirigiéndose a Susanna, ¿Todavía estás aquí?
— Ya me iba, dijo Susanna.
— No lo entiendo, dijo Walter de nuevo.
— Tengo que terminarlo todo yo, sollozó Marit.
— Lo siento, dijo él. Lo siento mucho.
No se le ocurría nada más que decir. Susanna había ido a buscar su ropa y salió por la puerta principal.
Así fue como ella y Walter se separaron, al ser descubiertos por su esposa. Se vieron dos o tres veces más, después, ante su insistencia, pero fue en vano. Lo que mantiene unidas a las personas había desaparecido. Ella le dijo que no podía evitarlo. Esa fue la manera en que ocurrió todo.