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domingo, 5 de noviembre de 2023

“SABEN AQUELL”. VE A VERLA





Ayer vi en el cine “Saben aquell”, que recrea la irrupción del humorista Eugenio en la vida española.

Me pareció estar viendo un trozo de nuestra vida, contado en un tono muy entrañable y con una magnífica interpretación de sus dos protagonistas. Especialmente, el personaje de Conchita, la mujer de Eugenio, que interpreta Carolina Yuste. Su sonrisa, que inunda la pantalla, bien vale ver la película.

Por el momento no se puede ver en la tv.

domingo, 8 de agosto de 2021

DOS LIBROS Y UNA PELÍCULA




Estaba leyendo un interesantísimo libro (Los amnésicos) de la periodista francoalemana (o germanofrancesa) Geraldine Schwarz, en el que analiza el fenómeno de la memoria histórica reciente en varias sociedades europeas. Fundamentalmente, cómo han afrontado la memoria del nazismo Alemania, Austria y Francia. También le dedica espacio, aunque más breve, a la memoria del comunismo en la Alemania del este y del fascismo en Italia, así como a la deriva autoritaria que experimentan actualmente Polonia y Hungría, relacionándola con procesos de memoria histórica.

Su exposición parte del conocimiento de un hecho ocurrido en su familia. Su abuelo paterno alemán compró durante el nazismo una empresa de un judío, que se vio obligado a malvenderla, como muchos otros en aquel momento, ante el acoso de la política racista del régimen nazi. El propietario finalmente murió víctima del Holocausto, aunque el abuelo de la autora tuvo que enfrentarse a una reclamación de uno de sus parientes, formulada en 1948 desde Chicago, donde había conseguido huir de una muerte segura.

Al referir el conocido episodio de las violaciones que sufrieron más de un millón de mujeres alemanas a manos de soldados del ejército rojo, en su marcha triunfante a través de Prusia oriental hasta Berlín, en los últimos meses de la guerra y primeros de la posguerra, menciona la autora de pasada un libro escalofriante, de autora anónima: Una mujer en Berlín.

En cuanto me hice con él, suspendí la lectura de Los amnésicos y me sumergí en la lectura hipnótica del libro recién hallado. Se trata de un diario de los meses de abril a junio de 1945, en el que su autora narra, con una frialdad, rayana a veces en un humor que habría que calificar de negro, la vida extrema de los habitantes de un edificio berlinés. La búsqueda implacable de comida y bebida para subsistir (la autora emplea en varias ocasiones la expresión homo lupus homini), los constantes bombardeos que les obligaban a pasar largas estancias en un refugio subterráneo y, sobre todo, las agresiones y abusos sexuales sufridos por las mujeres. Muchos de ellos empujadas por vecinos y familiares, con el fin de obtener protección para otras posibles agresiones o para obtener comida a cambio.

La propia autora fue violada varías veces, antes de buscar la protección de un militar de cierto rango, un cultivado comandante con el que llegó a trabar una relación que cuesta calificar de consentida.

La primera publicación del libro en Alemania causó una fuerte impresión, más bien negativa, en unos momentos en los que pocas mujeres reconocían haber sido agredidas. En ese contexto, el estilo frío, franco y directo empleado para contar una experiencia tan desgarradora y humillante para tantas mujeres se consideró obsceno y no fue aceptado en un primer momento.

Hoy día se considera una obra imprescindible para conocer la terrible vida cotidiana de los vencidos en la II Guerra Mundial en aquellos momentos y, en especial de las mujeres.

En el año 2008 se estrenó la primera adaptación cinematográfica de este libro, con el título Anonyma, dirigida por Max Färberböck y protagonizada por la actriz alemana Nina Hoss. Es bastante fiel al libro, según he comprobado, aunque la película no la puedes encontrar en ninguna de las plataformas de streaming.

Tanto los dos libros como la película que he comentado me parecen muy recomendables.


lunes, 28 de enero de 2013

El lado bueno de las cosas


Como no soy muy cinéfilo, no conocía de nada a la actriz Jennifer Lawrence. Ayer la vi en la película recién estrenada, El lado bueno de las cosas. Es una comedia que, aunque romántica, solo se almibara algo al final. Cumple con los cánones del género: chico conoce a chica repentinamente y ambos avanzan inexorablemente hacia la implosión del esperado y apasionado romance. Pero no es una comedia al uso, del estilo de las de Meg Ryan, Sandra Bullock o Jennifer Anniston, sino que tiene cierta miga, algo más que azúcar y miel.
Robert de Niro tiene un papel no protagonista (los protagonistas son ellos), aunque relevante, que borda, como suele y esta vez sin sobreactuaciones, algo de lo que podemos alegrarnos, porque parece estar convirtiéndose en norma.
Pero, el gran descubrimiento para mí fue Jennifer Lawrence. No solo es que sea un cañón, que lo es, sino que es una actriz de una pieza. Capaz de transmitir con verosimilitud, sólo con una mirada, toda clase de emociones y estados de ánimo de su personaje. En ocasiones, su figura y estampa en pantalla, sus miradas, sus gestos y movimientos llegan a resultar inquietantes. En las escenas que comparte con su co-protagonista, su presencia domina la escena y la pantalla, convirtiéndose en la clara ganadora del 'combate' entre ambos. A pesar de que el chico (Bradley Cooper) también tiene una interpretación notable.
El final de la película desmerece del tono general, pero no impide que te la recomiende y no solo por el goce de la vista.

domingo, 31 de enero de 2010

"Invictus"

Desde luego, no es el mejor Clint Eastwood. Es probable que describir la personalidad de Mandela y su estrategia política de superación del apartheid sin que el justificado rencor negro provocara una matanza de blancos es una tarea demasiado ambiciosa para dos horas de cine. No obstante, podría haber conseguido algo más si no hubiera perdido tanto el tiempo con escenas de partidos de rugby. Morgan Freeman, huelga decirlo, está soberbio, por encima de que, por supuesto, le favorece el parecido físico con Mandela. El personaje de Matt Damon queda, en cambio, un tanto desdibujado, no está logrado. Su papel de líder del equipo de rugby, al servicio de la estrategia política de Mandela no es elocuente. A pesar de eso, la película, por supuesto, merece la pena. Emociona y conmueve, como todas las de su autor.

sábado, 21 de febrero de 2009

ASIENTO VACÍO (The Reader)

Fui solo al cine. No importa ahora por qué. Quería ver El lector. Leí la novela hace años y fue de esos libros que me dejaron huella. La sutileza de los sentimientos que la llenan, la hondura de los problemas que plantea. En apenas doscientas páginas se condensa un tratado de la culpa, el amor, la memoria, el olvido…
Tiene El lector un canto menudo en la biblioteca, que siempre me llama cuando mi vista pasa de soslayo por la estantería. Sabes que está ahí, como un compañero que un día te ofreció lo mejor que ofrecen los libros. El placer de disfrutarlos mientras los lees, el deseo de exprimirlos, el desencanto que te va invadiendo cuando ves que se terminan y piensas que nada podrá relevarlos, que nada logrará suscitar en tu alma el encanto y la seducción a los que sucumbiste leyéndolos.
Entré en el cine varios minutos antes de la hora y ya estaba la sala casi llena. Tuve que hacer levantar a una pareja para colocarme en mi asiento. Él estaba a mi lado y salió de la sala instantes después de yo sentarme. Irá a por agua o palomitas, pensé. Pero empezaron los anuncios, terminaron los trailers y empezó la película, y el tipo no volvía. Yo la miraba a ella por el rabillo del ojo y no parecía inquieta. No miraba hacia la puerta, ni hacia ningún otro lado que no fuera la pantalla. Nada había en su conducta que denotara impaciencia o contrariedad.
Me sumergí en la película, aunque reparaba de vez en cuando en el asiento vacío que había a mi lado.
Me encantó la película. Kate Winslet está magnífica. Qué madurez profesional más espléndida se ha decantado en aquella chica mona de Titanic. Hace poco le vi otra interpretación regia en Revolutionary Road. En cambio, Ralph Fiennes está bastante soso. Más me gustó el actor joven que interpreta el personaje adolescente que hace Fiennes de adulto. Es quizá la fase más lograda de la película, la que narra las relaciones del chico con la protagonista. Son intensos y cautivadores momentos. Quizá debería decir que Ralph Fiennes se redime en parte en una de las escenas finales, cuando visita a la superviviente del campo de Auschwitz en Nueva York. Es una escena de cierre de la película, en la que se condensan las grandes cuestiones que la recorren.
Al terminar la película casi me había olvidado de mi compañera de fila abandonada. Me quedé viendo los títulos de crédito, disfrutando de la música de fondo y sin demasiado interés por volver a un mundo real del que había huido para sumergirme en este mundo de ficción y de ilusiones. Cuando terminó la música y me levanté ella se había ido.
En el parking del centro comercial, cuando me aproximaba a mi coche, una mujer estaba sentada en el capó de un auto que creí el mío. Miré la matrícula y comprobé que se trataba de un modelo idéntico, que estaba aparcado junto al mío. Pulsé el botón del mando a distancia y las luces de ambos coches parpadearon al unísono. La mujer se sobresaltó ligeramente, se bajó del capó de un salto y, abriendo la puerta del coche, se me quedó mirando, lo que me permitió confirmar algo que ya me había parecido entrever. Era mi vecina del cine.
Manteniendo la puerta de su coche abierta me pidió que volviera a pulsar el mando a distancia y las luces volvieron a parpadear.
- Vuelva a abrirlo, me dijo. Y yo lo hice, con el mismo resultado.
- A veces pasan estas cosas, dije yo. Una confusión en las frecuencias de los mandos en la fábrica, que provoca esa duplicidad. Lo portentoso es la coincidencia.
- Verdaderamente, dijo ella. Mi marido se ha llevado el mando a distancia y estaba aquí esperando a que me lo traiga. Por suerte no será necesario, porque tengo una copia de la llave de contacto dentro del coche.
Al instante llamó a su marido por el teléfono móvil para decirle que ya no hacía falta que viniera, enzarzándose ambos en una confusa diatriba, acerca del procedimiento mediante el que se había abierto la puerta, que ella zanjó en tono autoritario.
Mientras ella hablaba por el teléfono móvil vi el libro de El lector en su bandeja trasera.
Cuando terminó su llamada inició un gesto, como de agradecimiento o quizá de despedida, que yo interrumpí preguntándole:
-¿Le gusta Bernhard Schlink?
- ¿Porqué me lo pregunta?
- He visto el libro en la bandeja trasera.
- He leído toda su obra publicada en castellano y acabo de releer El lector. Siempre que puedo lo hago antes de ver una película que esté basada en una novela.
Empezamos una conversación, con ribetes algo tópicos, acerca de la fidelidad de las películas para con las obras literarias en las que se basan, que continuó con un intercambio de impresiones sobre la película que acabábamos de ver “juntos” y sobre algunos cuentos de Bernhard Schlink.
Al cabo de un rato ella se sentó en el asiento de su coche, con un ademán que no denotaba intención de dar por terminada nuestra charla, sino, meramente, de asegurarse de que, efectivamente, tenía una copia de la llave guardada en el coche. La encontró rápidamente, la puso en el contacto y la giró ligeramente, sin arrancar, como para comprobar que se trataba de la llave correcta. Al instante comenzó a sonar a alto volumen en el equipo de sonido el disco de Duffy, Rockferry. Me sorprendió oír esa música que yo había descubierto hacía pocos días y de la que nadie me había hablado hasta entonces, pero sólo acerté a preguntarle si le gustaba oír la música alta mientras conducía.
Apagó el contacto, se bajó del coche y me dijo que sólo le gustaba oír música si era a alto volumen.
Continuamos un rato más charlando en el parking. Ya no recuerdo quién de los dos sugirió ir a tomar una copa. Cerramos su coche con mi mando a distancia y ella se subió en el mío. Al poner el contacto comenzó a sonar la canción Stepping Stone, la pista número 4 del disco de Duffy. Los dos nos miramos y sonreímos en silencio.
Yo no le pregunté porqué se había marchado su marido de la sala, ni ella me preguntó porqué había ido solo al cine. Aquella noche fue larga, muy larga. Tan larga, que ya no volví a casa, ni ella tampoco.

sábado, 10 de noviembre de 2007

Bienvenido, Carlos Boyero

El crítico de cine Carlos Boyero ha empezado a escribir en El País hace pocos días. Un buen fichaje, ¡sí señor! Boyero es un tipo insobornable, libre. Siempre me gustó oirle y leerle. Realmente, no sé qué hacía en El Mundo.
Este trasiego de "cerebros" (Herman Tersch de El País al ABC, Boyero de El Mundo a El País y muchos otros) me resulta refrescante. Pone de manifiesto que la sociedad española está viva y que para saber lo que somos debemos tener una mirada transversal de la realidad. Los clichés y las etiquetas pierden valor progresivamente.
Carlos Boyero nos animaba ayer, en su crítica de "La película de la semana", a ver la última de Robert Redford, como director e intérprete: "Leones por corderos".
Resalto este párrafo de su reseña:

"No existen pruebas fehacientes de que el cine haya detenido ninguna guerra, pero es tan necesariocomo agradecible que éste tome nota, plantee dudas y remueva conciencias sobre atrocidades que están ocurriendo aquí y ahora. Éste es el propósito del auténticamente liberal Robert Redford (no confundir con el bastardeo de las esencias de ese respetable concepto ideológico tan de moda, el simulacro, tan utilizado como sofisticado disfraz del facherío ilustrado) al hablar en Leones por corderos de las guerras contra los bárbaros que se ha inventado últimamente el arrogante y enfermo imperio."

Por cierto, muy certera la pulla a esos que se llaman a sí mismos liberales y que no son otra cosa que radicales ultraderechistas de la peor especie. Y Boyero debe saber de qué habla, porque donde estaba hasta hace poco había una buena cosecha.

miércoles, 7 de marzo de 2007

"La vida de los otros"

"La vida de los otros", que ha obtenido el Oscar a la mejor película extranjera, es una muy buena película.
Cuando en días como estos que vivimos amplios sectores sociales parecen flaquear en sus convicciones democráticas, resulta oportuno que esta película nos haga ver tan crudamente lo que es una dictadura, un régimen sin libertades ni garantías jurídicas, un sistema que genera una sociedad de insidias y delaciones.
Ve a verla y admira su magnífico desenlace sin concesiones.

martes, 7 de noviembre de 2006

"Una verdad incómoda"

El otro día fui a ver la película/documental "An Inconvenient Truth" (en España se ha traducido como "Una verdad incómoda"), que promueve y, en cierto modo, protagoniza el ex Vicepresidente de los Estados Unidos Al Gore.
Dice Al Gore, irónicamente, al inicio de la cinta: "yo fui el próximo Presidente de los EE.UU."
La película es una exposición detallada del galopante proceso de calentamiento global al que se ve sometido nuestro planeta, fundamentalmente por las emisiones de CO2 a la atmósfera.
Al Gore explica las razones del calentamiento y sus consecuencias, aunque, probablemente, el mayor énfasis lo pone cuando sale al paso de quienes ponen en duda las evidencias científicas del fenómeno y para criticar la política del actual gobierno de su pais sobre este asunto.
La película presenta un panorama del futuro inmediato de nuestro planeta que, calificarlo de preocupante, es, probablemente, demasiado benévolo.
Al Gore dice en la película que la reacción de las personas en relación con el fenómeno del calentamiento global, a menudo, pasa de la indiferencia o la incredulidad a la parálisis. Parálisis provocada por una especie de impotencia ante el enorme reto de frenar este fenómeno destructivo que tenemos delante los habitantes del planeta.
La película termina animando a los espectadores a adoptar conductas individuales determinadas que favorezcan la inversión de la tendencia al calentamiento global. Son muchas las cosas que pueden hacerse, pero yo quisiera destacar una que considero particularmente relevante. En los países democráticos, como el nuestro, debemos hacer uso de nuestro derecho al voto para elegir a representantes políticos que se comprometan decididamente a adoptar medidas contra el calentamiento global.
En fin, yo os animo a todos a que vayáis a ver la película y a que animéis a que lo hagan vuestros amigos, familiares y compañeros de trabajo. Yo llevé a mis hijos a que la vieran. Aunque tuve que emplear el venial chantaje de que era el día de mi cumpleaños, les interesó la película y espero que se hayan convencido de la seriedad del problema.
Puedes leer una entrevista con Al Gore y la crítica de la película en los enlaces.