La figura del psiquiatra, cordobés de adopción, Carlos Castilla del Pino, apareció bien tempranamente en mi vida, con los rasgos diabólicos que le atribuía la sociedad mesocrática y ultracatólica en la que yo vivía a un personaje de una clase social más que acomodada, pero con vitola de “rojo”, de comunista.

No he leído apenas nada de la producción científica o divulgativa de Castilla del Pino, hasta que publicó sus interesantísimas memorias. De modo que mi conocimiento de él, previo a sus memorias, se limita a las opiniones que ha ido vertiendo con el tiempo en entrevistas en periódicos, en la radio o la televisión y a la imagen pública que transmitía.
Siempre he pensado de él y así lo veo en la hora de su muerte, que es un representante genuino de una España abierta, ilustrada, librepensadora, laica y comprometida con los ideales de la igualdad y de la justicia social. Y que, por su edad, ha constituido, junto con otros, de los que recuerdo muy vivamente al también fallecido Eduardo Haro Tecglen, el nexo de unión entre la Segunda República y el período de libertades que disfrutamos desde 1977.
Como ciudadano que creo en los valores que representaba, me entristece la muerte de Carlos Castilla y creo que mantener vivo su recuerdo es una buena manera de que tales valores se mantengan siempre vivos.


Es verdad que sus últimas canciones ya no tenían la misma fuerza expresiva. Probablemente su decadencia física ha ido pareja de su declive artístico. Descanse en paz, Antonio Vega. Mientras tengamos su música, seguirá entre nosotros.








El periódico de ayer sábado me ha llenado de emoción. El resumen de las grandes líneas del primer presupuesto federal de la era Obama me produce la satisfacción intelectual de ver plasmada una línea política que comparto plenamente. Entre las medidas más importantes que propone el nuevo Presidente de los EE.UU. están algunas de las ideas que vengo defendiendo en este blog: 








