Uno de los problemas políticos
más serios y de más difícil solución que tiene España es el perfil de la
mayoría de los militantes del PSOE. No sabría muy bien cómo definirlo. Se
supone que podemos conocer cómo son políticamente los militantes de un partido
por los líderes que eligen, especialmente, cuando lo hacen a través de
elecciones primarias. También por los programas que aprueban en sus congresos.
Aunque tengo la sensación de que esto último es menos representativo del
verdadero perfil del conjunto de la militancia, pues los programas están más
mediatizados por los líderes que la propia elección del equipo de dirección del
partido.
En este sentido, la deriva del
Partido Socialista en los últimos 25 o 30 años, que lo ha conducido al estado
en el que hoy lo percibimos, es indisociable de la elección por la militancia
de sus dos últimos líderes: Zapatero y Sánchez. Es cierto que no lo tuvieron
fácil los militantes. En la primera tesitura, si mal no recuerdo, las
alternativas a Zapatero fueron José Bono (entonces no se conocían sus trapacerías dominicanas), Matilde Fernández y Rosa Díez. Y, en el
caso de Sánchez, la primera vez se enfrentó a Eduardo Madina y a José Antonio
Pérez Tapias y, en la segunda, a Susana Díaz y Pachi López.
Es cierto que ninguno de los
rivales de uno y otro tenía una categoría política y personal claramente
superior a los elegidos. Pero no es menos cierto que Zapatero era lo que mi
padre habría llamado un chisgarabís. Lo era entonces y lo es ahora, con más de
65 años. Lo único que ha crecido en él con los años es su fatuidad. Además de
su codicia, pero ese es otro cantar.
No obstante, lo más importante, a
los efectos de lo que quiero razonar, fue su política, consistente en un
fomento exacerbado de los derechos de todas las minorías que hay en el mundo,
como leit motiv casi exclusivo de su gobierno. Olvidando el objetivo
tradicional de los grandes partidos socialdemócratas tradicionales: las clases
medias y trabajadoras. Y, al mismo tiempo, sentando las bases para la ruptura
de los consensos básicos de la Transición que Sánchez, finalmente, ha
dinamitado.
Y qué decir de Sánchez. Su
conducta política, más que la de un radical o un extremista es la de una
persona carente de principios. Hoy dice el catedrático Javier Redondo en El
Mundo sobre Sánchez que “Su principio rector es ¿Dónde dice que no se puede
hacer?; y si lo pone en algún sitio, busca el atajo –el intento de reforma del
CGPJ mediante enmiendas transaccionales de otras leyes–, el engaño y el fraude
–cierra una legislatura sin Presupuestos, Ley de Amnistía, de Nietos o
aprobación de decretos en la Diputación Permanente del Congreso, que no refleja
la mayoría parlamentaria...”
La definición de gobierno Frankenstein
con que Rubalcaba tildó al de Sánchez fue completamente ajustada. Se trata de
un monstruo. Una coalición con una extrema izquierda con la que hasta el día
anterior no podría ni dormir tranquilo y con una serie de grupos regionales
reaccionarios (sí, ERC, Bildu y el BNGa también son grupos reaccionarios) cuyo objetivo político fundamental y casi único es la destrucción
de España.
No diré que en los debates de las
elecciones primarias del Partido Socialista fuera patente la deriva que los dos
líderes elegidos tomarían cuando se hicieran cargo del gobierno. Y no podemos
recurrir a la ucronía de imaginar cómo habrían sido las cosas, si la dirección
del partido la hubieran asumido José Bono o Rosa Díez; o Eduardo Madina o
Susana Díaz. Quizá me esté dejando llevar por un sesgo de confirmación, pero
estoy convencido de que, tanto Zapatero como Sánchez, cuando se presentaron a
las primarias, eran lo que podríamos llamar unos candidatos pregonaos.
Vamos, que los militantes sabían perfectamente a quiénes estaban eligiendo y
por qué lo estaban haciendo.
Viene todo esto a cuento de la
reciente elección de Raphaël Glucksmann, en las primarias convocadas por el
Partido Socialista francés, para seleccionar al candidato a la presidencia de
la República. Para empezar, el candidato elegido no es ni siquiera militante
del partido, sino de un partido minoritario, coaligado con el PS, llamado Place
Publique. Pero, lo importante es su política. Y lo que defiende Glucksmann
es una posición netamente socialdemócrata, opuesta, no solo, desde luego, a la
extrema derecha que representa Le Pen, sino a la extrema izquierda de
Mélenchon. En fin, nada amigo de Lepenchon (Arcadi Espada dixit).
Y bien distinto a lo que parece ser la pulsión mayoritaria de los militantes
del PSOE. No de ahora, sino desde hace casi 30 años, cuando manifestaron el
último rasgo de sensatez, eligiendo a Josep Borrell candidato a la presidencia
del gobierno.

No hay comentarios:
Publicar un comentario