lunes, 12 de octubre de 2026

UN PROBLEMA NACIONAL

 

Uno de los problemas políticos más serios y de más difícil solución que tiene España es el perfil de la mayoría de los militantes del PSOE. No sabría muy bien cómo definirlo. Se supone que podemos conocer cómo son políticamente los militantes de un partido por los líderes que eligen, especialmente, cuando lo hacen a través de elecciones primarias. También por los programas que aprueban en sus congresos. Aunque tengo la sensación de que esto último es menos representativo del verdadero perfil del conjunto de la militancia, pues los programas están más mediatizados por los líderes que la propia elección del equipo de dirección del partido.

En este sentido, la deriva del Partido Socialista en los últimos 25 o 30 años, que lo ha conducido al estado en el que hoy lo percibimos, es indisociable de la elección por la militancia de sus dos últimos líderes: Zapatero y Sánchez. Es cierto que no lo tuvieron fácil los militantes. En la primera tesitura, si mal no recuerdo, las alternativas a Zapatero fueron José Bono (entonces no se conocían sus trapacerías dominicanas), Matilde Fernández y Rosa Díez. Y, en el caso de Sánchez, la primera vez se enfrentó a Eduardo Madina y a José Antonio Pérez Tapias y, en la segunda, a Susana Díaz y Pachi López.

Es cierto que ninguno de los rivales de uno y otro tenía una categoría política y personal claramente superior a los elegidos. Pero no es menos cierto que Zapatero era lo que mi padre habría llamado un chisgarabís. Lo era entonces y lo es ahora, con más de 65 años. Lo único que ha crecido en él con los años es su fatuidad. Además de su codicia, pero ese es otro cantar.

No obstante, lo más importante, a los efectos de lo que quiero razonar, fue su política, consistente en un fomento exacerbado de los derechos de todas las minorías que hay en el mundo, como leit motiv casi exclusivo de su gobierno. Olvidando el objetivo tradicional de los grandes partidos socialdemócratas tradicionales: las clases medias y trabajadoras. Y, al mismo tiempo, sentando las bases para la ruptura de los consensos básicos de la Transición que Sánchez, finalmente, ha dinamitado.

Y qué decir de Sánchez. Su conducta política, más que la de un radical o un extremista es la de una persona carente de principios. Hoy dice el catedrático Javier Redondo en El Mundo sobre Sánchez que “Su principio rector es ¿Dónde dice que no se puede hacer?; y si lo pone en algún sitio, busca el atajo –el intento de reforma del CGPJ mediante enmiendas transaccionales de otras leyes–, el engaño y el fraude –cierra una legislatura sin Presupuestos, Ley de Amnistía, de Nietos o aprobación de decretos en la Diputación Permanente del Congreso, que no refleja la mayoría parlamentaria...”

La definición de gobierno Frankenstein con que Rubalcaba tildó al de Sánchez fue completamente ajustada. Se trata de un monstruo. Una coalición con una extrema izquierda con la que hasta el día anterior no podría ni dormir tranquilo y con una serie de grupos regionales reaccionarios (sí, ERC, Bildu y el BNGa también son grupos reaccionarios) cuyo objetivo político fundamental y casi único es la destrucción de España.

No diré que en los debates de las elecciones primarias del Partido Socialista fuera patente la deriva que los dos líderes elegidos tomarían cuando se hicieran cargo del gobierno. Y no podemos recurrir a la ucronía de imaginar cómo habrían sido las cosas, si la dirección del partido la hubieran asumido José Bono o Rosa Díez; o Eduardo Madina o Susana Díaz. Quizá me esté dejando llevar por un sesgo de confirmación, pero estoy convencido de que, tanto Zapatero como Sánchez, cuando se presentaron a las primarias, eran lo que podríamos llamar unos candidatos pregonaos. Vamos, que los militantes sabían perfectamente a quiénes estaban eligiendo y por qué lo estaban haciendo.

Viene todo esto a cuento de la reciente elección de Raphaël Glucksmann, en las primarias convocadas por el Partido Socialista francés, para seleccionar al candidato a la presidencia de la República. Para empezar, el candidato elegido no es ni siquiera militante del partido, sino de un partido minoritario, coaligado con el PS, llamado Place Publique. Pero, lo importante es su política. Y lo que defiende Glucksmann es una posición netamente socialdemócrata, opuesta, no solo, desde luego, a la extrema derecha que representa Le Pen, sino a la extrema izquierda de Mélenchon. En fin, nada amigo de Lepenchon (Arcadi Espada dixit). Y bien distinto a lo que parece ser la pulsión mayoritaria de los militantes del PSOE. No de ahora, sino desde hace casi 30 años, cuando manifestaron el último rasgo de sensatez, eligiendo a Josep Borrell candidato a la presidencia del gobierno.


El eurodiputado Raphaël Glucksmann gana las primarias socialistas en Francia | Internacional | EL PAÍS



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